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Andor Lilienthal: el último de los primeros Grandes Maestros

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elmundo

[Escrito en San Sebastian 11 de mayo 2010; originalmente publicado en el diario "El Mundo" el 12 de mayo de 2010]

Nadie podría haber contado tantas historias y anécdotas sobre el mundo del ajedrez como Andor Lilienthal, fallecido el pasado sábado a los pocos días de haber celebrado su 99 cumpleaños. Conoció en persona a todos los campeones del mundo con excepción de uno –Steinitz, el primero-, e incluso acogió bajo su techo durante una temporada al más esquivo de todos ellos, Bobby Fischer. Pero cometió el error de escribir su autobiografía demasiado pronto, a los 58 años, sin sospechar que aún le quedaba media vida por delante.

De origen judío, nació en Moscú, pero su familia se trasladó muy pronto a Budapest, donde el antisemitismo soviético era menos agresivo. Allí aprendió a jugar al ajedrez a una edad bastante tardía, los 16 años, pero recuperó el tiempo perdido a pasos agigantados. Y comenzó a soñar con vivir del ajedrez en la época en la que este juego se practicaba entre grandes personalidades en los legendarios cafés de Europa. En Viena, llegó a jugar por dinero con el célebre compositor Prokofiev, quien por entonces también se ganaba el sustento ante el tablero. Y en el más famoso de esos locales, el café de la Regence de París, derrotó por 3-1 en una serie de partidas rápidas al entonces campeón del mundo Alexander Alekhine; éste, furioso, arrojó las piezas al suelo y exigió una revancha. Sin embargo Lilienthal se la negó: “Discúlpeme, Doctor, pero quiero conservar este resultado por el resto de mi vida”. El orgulloso Alekhine se echó a reír, comprensivo con el talentoso joven.

Probablemente el ajedrez le salvó la vida en, al menos, una ocasión: gracias a una sonada victoria sobre Capablanca, fue invitado al torneo de Moscú de 1935, lo que le libró de estar en Budapest en las fechas en que se produjo la ocupación nazi. Y tras el turbulento periodo que supuso la segunda Guerra Mundial, cuando la Federación Internacional de Ajedrez creó el título oficial de Gran Maestro, Lilienthal fue uno de los primeros 27 elegidos en recibirlo.

En 1992, cuando Bobby Fischer hizo su sonada reaparición en Yugoslavia, Lilienthal, como un admirador más, no quiso perderse el acontecimiento, y viajó hasta Sveti Stefan, sede del duelo con Spassky. Cuando Fischer le vio sentado entre los asistentes a su primera rueda de prensa, le gritó: “e5xf6!”. El guiño hacía referencia a la jugada decisiva de una de las partidas más famosas de Lilienthal, la que le ganó a Capablanca, reproducida en innumerables publicaciones especializadas y que Bobby conocía de memoria. Fue el comienzo de una fiel amistad entre ambos, y cuando Fischer quiso desaparecer de nuevo, buscó refugio en la casa de Lilienthal.

Enviudó dos veces, y a su tercera mujer, 30 años más joven, solía bromearle diciendo que “era demasiado mayor para él”. Alto y fuerte, fue un buen deportista que de joven llegó a jugar al fútbol en el Spartak. Y ya cumplidos los 95, Lilienthal seguía haciendo todo lo que le placía: fumaba, nadaba asiduamente, viajaba con frecuencia y, por supuesto, jugaba al ajedrez. Causó gran asombro su llegada a la Olimpiada de ajedrez celebrada en Turín en 2006, al volante de su propio coche, habiendo conducido todo el camino desde Budapest. A quienes se maravillaban por su longevidad y su buena memoria, siempre les repetía lo mismo: “el ajedrez me ha ayudado a mantener la lucidez”.

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