Sábado, Enero 19th, 2008...9:00 am

Necrológica: Bobby Fischer, el más grande de todos los tiempos

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[Escrito en San Sebastián, la triste mañana de un 18 de enero; publicado en el diario El Mundo el 19 de enero de 2008, junto con columnas de apoyo de Paco Vallejo, Quique Setién, y una necrológica a cargo de Orfeo Suárez]

Para todos aquellos ajenos al mundo del ajedrez, Bobby Fischer quedará en el recuerdo como el arquetipo del genio loco, un ser humano dotado de un coeficiente intelectual superior al de Albert Einstein –alrededor de 180- volcado en exclusiva a su gran monomanía: el ajedrez. En su época de gloria, sus excentricidades y sus desplantes ocuparon los titulares de diarios de todo el mundo. Y en sus últimos años, su vida errante, su acentuada paranoia y el cruel acoso sufrido por las autoridades norteamericanas acabaron por convertirle en un personaje caído en desgracia: un espécimen único en el zoo de las rarezas humanas.

Sin embargo, limitarse a tan superficiales impresiones sería cometer una gran injusticia con el que fue, sin duda, uno de los mayores talentos en la historia del ajedrez. Bobby Fischer alcanzó en el tablero la categoría de leyenda, y por su fulgurante trayectoria, merecerá figurar en cualquier antología de grandes campeones del deporte del siglo XX como una de sus figuras más destacadas.

Paradójicamente, Bobby Fischer nunca fue, si hablamos con propiedad, un niño prodigio. Aprendió a jugar al ajedrez relativamente tarde: a los seis años, una edad a la que su compatriota Reshevsky ya ofrecía exhibiciones enfrentándose simultáneamente a grupos de veinte adultos. Por el contrario Fischer no fue más que un jugador de club avezado, pero mediocre, hasta aproximadamente los 12 o los 13 años de edad, cuando el nivel de su juego dio un espectacular salto: algunos de los encuentros que disputó en esa época fueron calificados como “las mejores partidas del siglo” por diversas revistas especializadas. Casi de la noche a la mañana, Fischer se había convertido en un jugador fortísimo, capaz de ejecutar movimientos magistrales, y su espigada figura empezaba a atraer a la prensa de su país como nunca antes lo había hecho un ajedrecista. A los 14 años Bobby ya era Campeón absoluto de los Estados Unidos, a los 15 obtenía el título de Gran Maestro, y a los 16 se había convertido en el más joven aspirante al título mundial de toda la historia.

Es muy posible que su personalidad obsesiva sea la explicación para este explosivo progreso. Fischer, hijo de una pareja divorciada, tuvo una infancia difícil y muy solitaria, y el tablero probablemente se convirtió en su único refugio: a él consagraba horas y horas de infatigable estudio. “Fischer tenía una enorme voluntad de ganar, una ética de trabajo incansable y una maestría técnica incomparable”, resume Kasparov. Algo que añade mérito a su logros deportivos es el hecho de que, al contrario que sus rivales soviéticos, el genio de Brooklyn normalmente se preparaba en solitario, sin analistas ni entrenadores.

Una de sus primeras y más sonadas polémicas vino precisamente a causa del “juego en equipo” del que hicieron gala los representantes soviéticos durante la fase de clasificación para el Campeonato del Mundo de 1963: Fischer les acusó de pactar los resultados, acordando el empate cuando jugaban entre sí, para concentrar sus energías en batir a los aspirantes occidentales. Y anunció su negativa a tomar parte en ese sistema viciado. Algo de razón tendría, ya que algún tiempo después la Federación Internacional modificó el reglamento, sustituyendo el formato liga por el de eliminatorias individuales. “Fischer siempre me impresionó de una manera especial por la integridad de su carácter. Tanto en el ajedrez como en la vida. No aceptaba pactos”, recuerda Boris Spassky, su gran rival y también su más fiel amigo.

A partir de ese incidente, Fischer pareció arrojar temporalmente la toalla en lo que respectaba a la lucha por el Campeonato Mundial, y alternó brillantes victorias en los torneos internacionales con esporádicas desapariciones. Por ejemplo, durante todo el año de 1964 no disputó nada más que un torneo: el campeonato de los Estados Unidos. Pero en éste obtuvo una apabullante victoria, ganando sus 11 partidas y no cediendo ni unas solas tablas, ni tan siquiera cuando el título ya estaba decidido.

A principios de los años setenta Fischer tuvo la oportunidad de reengancharse al ciclo de clasificación para el Campeonato del Mundo, y en esta ocasión, no la dejó pasar. Primero arrasó en la fase de clasificación, celebrada en Palma de Mallorca en diciembre 1970. Después, masacró a su primer rival en la lucha por el título, el soviético Mark Taimanov, por un apabullante 6-0 (6 victorias, 0 empates y cero derrotas), un marcador nunca antes visto en un choque de este nivel, donde las tablas son el resultado más común, pero que repetiría meses después frente al danés Bent Larsen. A estas alturas Fischer llevaba acumuladas 18 victorias consecutivas frente a rivales del máximo nivel, si conceder ni un sólo empate, y todo el mundo se preguntaba si alguien podría detener a la apisonadora norteamericana. Tras deshacerse en al final de candidatos del correoso Tigran Petrosian, Fischer tuvo por fin el camino despejado para enfrentarse a la gran final a Boris Spassky, a quien nunca hasta entonces había logrado derrotar.

Durante los meses previos al gran duelo, toda la comunidad ajedrecística soviética trabajo al unísono, como una máquina, para ayudar a Spassky en su preparación. Había que detener a Fischer al precio que fuera. Pero la determinación de Bobby y su inconmesurable talento acabaron por imponerse. Su victoria final, en plena guerra fría, supuso un duro golpe para la propaganda soviética, que tuvo que encajar el triunfo de un norteamericano individualista que, además, encarnaba con su personalidad todo aquello que las autoridades soviéticas encontraban reprobable.

Esta sonada victoria fue el fin de la carrera deportiva de Bobby Fischer, y el comienzo de la parte más oscura de su leyenda. Un periodo lleno de misterios que probablemente ahora, tras su fallecimiento, no vean nunca la luz.

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