Cambiar la FEDA

[Escrito en Oviedo el 19 de diciembre de 2007; publicado en la revista Jaque nº 617 correspondiente a enero de 2008. Se trata del artículo que inaugura una columna mensual de opinión que esta revista me ha cedido]

Según parece -y por imposición del CSD-, las elecciones a la Federación Española de Ajedrez tendrán que celebrarse durante el primer trimestre del año que estamos estrenando. Así que a falta de una fecha precisa, pero con una creciente sensación de inminencia, resulta prudente despachar este asunto en mi primera columna del año, antes de pasar a tratar el resto de temas a los que espero ir dando salida en este apartado de temática libre que Jaque me ha brindado.

Recientemente, se me pidió en una entrevista que hiciera un balance del panorama ajedrecístico español. Mi valoración era un notable para los numerosos particulares que promueven el ajedrez en nuestro país, pero un rotundo suspenso para la gestión de la FEDA durante sus últimos ocho años. Y es que creo que lo menos que se puede pedir es que aquellos que cobran un sueldo trabajen más y mejor que quienes lo hacen por simple amor al ajedrez.

Voy a matizar mis palabras e intentar explicar mi postura. Nuestro actual presidente es un buen diplomático, domina eso que llaman saber estar, y siempre tiene una palabra amable, incluso para aquellos que, como este columnista, son críticos con él. Ése es su principal punto a favor: sabe cultivar las relaciones personales – especialmente con aquellos de quienes espera obtener el voto llegado el momento necesario. También tenemos una gran deuda con él por la ingrata tarea que tuvo que desempeñar en su momento, derrocando al emperador Torán del puesto en el que se había atrincherado, y poniendo orden en una institución que, más que un motor para el ajedrez, se había convertido en un lastre.

Sin embargo, desde mi punto de vista, Javier Ochoa no supo dar los pasos adecuados para pasar a una siguiente fase. Tal parece que su gran meta, su misión, hubiese sido acabar con la tiranía de Torán, empeño en el que se consumió toda su energía e inventiva. Pero una vez llegado a donde quería estar, no ha sabido a dónde dirigirse después.

El problema es para que muchos, que rondamos la treintena, Torán no es más que un recuerdo de infancia. A los jóvenes, la fuerza viva del ajedrez, nos preocupa el presente y el futuro, y no las batallitas del pasado. Tenemos ganas, tenemos ilusiones y tenemos ideas para el ajedrez, pero toda esa energía desaprovechada choca con la pasividad federativa.

Javier Ochoa parece haber tirado la toalla en lo que respecta a conseguir grandes cosas para el ajedrez, y está claramente acomodado. Se palpa la falta de frescura y, sobre todo, de entusiasmo; reinan el conformismo y la endogamia. En los últimos años no se han generado recursos de ningún tipo, no se han captado más patrocinios que los desviados a fines privados (tipo Educared), y los únicos fondos existentes (que provienen de subvenciones, licencias, y torneos que siguen el “modelo Formigal”) se consumen en “gastos administrativos”, un peligroso eufemismo tras el que se ocultan el compadreo y la consolidación de los votos para el día de mañana.

Insisto: esto es especialmente frustrante para quienes venimos por detrás y aún mantenemos intactas las ilusiones. Por supuesto, podemos desarrollar nuestras iniciativas por cuenta propia al margen de la Federación: yo escribo y divulgo el ajedrez por todas las vías que me es posible; tengo amigos de mi edad que organizan torneos, dirigen clubes, o dan clases. Pero todas estas iniciativas particulares carecen de coordinación; nos falta un director de orquesta. La FEDA no tiene fuerza para impulsar ni apoyar nada, y en muchos casos, su inoperancia actúa como tapón. Pero aún peor: los que somos demasiado inquietos hemos sido vistos muchas veces como una amenaza, como unos intrusos en los cotos privados del actual establishment.

Lo único que no creo que nadie me discuta es que la FEDA tiene que cambiar radicalmente, con independencia de quien esté al frente. Hay que abrir las ventanas, sacudir las alfombras y dejar que entre aire fresco. Si es suficiente con que Javier Ochoa se vea cuestionado, sienta la presión y empiece a trabajar duro -que por otro lado, ya sería hora-, estupendo. Pero si para dinamizar la principal institución del ajedrez español tenemos que dar un relevo y poner la Federación en manos de un nuevo equipo, no tengamos miedo a hacerlo.

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