Lunes, Marzo 15th, 2004...11:57 pm

David Bronstein: el campeón que tuvo miedo de ganar

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david bronstein

[Escrito en Londres el 13 de febrero de 2004, para conmemorar el 80 cumpleaños de David Bronstein, y originalmente publicado en la revista Jaque-Practica el Ajedrez nº 24, correspondiente a marzo de 2004. Lo repesqué como necrológica el 6 de diciembre de 2006, cuando trascendió su fallecimiento]

Ha fallecido David Ionovich Bronstein, una de las figuras más carismáticas del ajedrez en la segunda mitad del siglo XX. El jaque mate final le alcanzó el martes, 5 de diciembre de 2006, en Minsk (Bielorrusia), donde este errante maestro de los tableros se encontraba en compañía de su esposa Tatjana. El 19 de febrero habría cumplido 83 años.

“No diga que soy un genio, ni cosas por el estilo. Diga simplemente que yo entendía ‘la lógica del ajedrez’, y con eso me habrá definido perfectamente”. Así se despedía David Bronstein del periodista Antonio Gude, tras una serie de largas entrevistas que ambos mantuvieron años atrás, y que fueron publicadas en la revista Jaque (Los suscriptores más fieles pueden consultar el archivo: nº 443, febrero de 1997).

Supongo que debería hacer extensible a este artículo la petición que David le transmitió a mi compañero. Sin embargo, me resisto a comenzar a escribir acerca de Bronstein sin resaltar en primer lugar su desbordante imaginación ante el tablero y la originalidad de sus ideas, características que le han llevado a crear algunas de las partidas más espectaculares de su tiempo, y que le valen el calificativo -lo quiera él o no- de genio del ajedrez.

La historia de Bronstein es está especialmente marcada por los duros trances de su juventud, y es necesario detenerse en ellos para comprender algunos de los momentos cruciales de su carrera ajedrecística. Nacer judío en Kiev en 1924 no resulta desde luego afortunado. En primer lugar, porque esa generación resultó prácticamente sacrificada: solamente un 3% de los nacidos en la Unión Soviética ese año lograron sobrevivir a la Segunda Guerra Mundial. Y en segundo lugar, porque ser judío, según sus propias palabras, “significa no ser ucraniano, ni tampoco ruso… sino algo distinto”, que en muchas ocasiones, se revela como una fuente de problemas y de marginación. Para empezar, porque porque ser judío y ucraniano eran dos factores que despertaban los recelos inmediatos del Partido, y no ayudaban a recibir favores dentro politizado mundo soviético.

Fue su abuelo quien enseñó al pequeño Devik (diminutivo de David) a jugar al ajedrez cuando éste tenía 6 años. Sin embargo, la afición tardaría aún bastante tiempo en arraigar en él, y no participaría en ninguna prueba infantil ni escolar hasta cumplidos ya los 12 años. Paradójicamente, el impulso definitivo llegaría en 1937 (con 13 años de edad) a raíz de un hecho realmente penoso: el encarcelamiento de su padre, Iohonon Boruch Bronstein, bajo la acusación de “disidente”, por haber participado en unas protestas en la fábrica en la que trabajaba. El propio David presenció la detención de su padre, la medianoche del día de fin de año.

Bronstein concede en sus referidas conversaciones con Gude una importancia fundamental a este hecho: “Hay una razón principal [por la que me dediqué al ajedrez], aunque haya otras secundarias, como el hecho evidente de que me gustase. La razón que voy a darle le parecerá ingenua e inverosímil, pero es la verdad. Cuando era adolescente había leído en el periódico que un joven músico famoso había intercedido ante Stalin por su padre, un preso político. Y que la cosa había funcionado. Bueno, yo no creía que pudiese llegar a ser lo que se dice famoso en ajedrez, pero quizá si llegaba a conseguir cierto nombre, podría interceder por mi padre ante el Gobierno…”.

Una de las primeras consecuencias de la detención de su padre es que David vio truncadas sus intenciones de acceder a la Universidad para estudiar matemáticas, tal como era su vocación. Pero no quedaría ahí la cosa, ya que, aunque su padre fue liberado en 1944 (con la condición de mantenerse alejado de Moscú y Kiev), sus “antecedentes familiares” se convertirían en un estigma que Bronstein arrastró durante toda su vida. “El ser hijo de un ‘enemigo del pueblo’ se consideraba una mancha imborrable en su archivo personal. Un historial así decidía el destino de todos los hombres en la Unión Soviética”, explica Tatiana Boleslavskaya, hija de Isaac Boleslavski, y esposa de Bronstein desde 1984.

A pesar de todas las contrariedades, Bronstein empieza a lograr sus primeros triunfos en el ámbito de los torneos juveniles ucranianos, y en 1938 consigue el ascenso a la primera categoría. Un año después, alcanzaría ya el séptimo puesto en el Campeonato Absoluto de Ucrania que ganó Issac Bolelavski, jugador que se convertiría a partir de ese momento en uno de sus mejores amigos. En 1940 Boleslavski repetiría triunfo, pero en esta ocasión ya con Devik en segunda posición, pisándole los talones.

En 1941, durante las primeras semanas de la guerra, David tuvo que abandonar Kiev a pie. “A menudo ha comentado con amargura que, desde aquel momento, fue su destino vivir como un vagabundo. Pero reconoce que la suerte se convirtió en su gran aliada, ya que lo normal hubiera sido haber muerto durante la contienda, al igual que la inmensa mayoría de los jóvenes de su generación”, cuenta Tatiana.

Bronstein se libró de ser reclutado gracias a su miopía, pero durante mucho tiempo se lamentó de su “buena suerte” por el sentimiento de culpabilidad que eso le causó: “Pensar que tantos jóvenes de mi edad morían en el frente o volvían lisiados me impedía disfrutar de mi propia vida”. Y añade: “Siempre me he sentido culpable. Primero por mi padre, luego por haberme divorciado de mi primera esposa (la ajedrecista Olga Majailova Ignatieva, con quien Bronstein se casó a los 24 años), luego por haberme separado de mi hijo…”.

En 1944, y tras cuatro años prácticamente apartado del tablero (la actividad ajedrecística durante la guerra era casi inexistente), sucedieron dos grandes acontecimientos en la vida Bronstein. En primer lugar, su padre fue puesto en libertad. Y en segundo lugar, se le invitó a participar en la Semifinal del Campeonato de la URSS, una prueba decisiva en la que logró su clasificación para la final.

En su primera participación en este fortísimo Campeonato, que fue ganado por Botvinnik, David tuvo que conformarse con el 15º puesto, lo que no está nada mal si tenemos en cuenta que era sólo un joven de 20 que debutaba a ese nivel. Pero lo más destacable de su actuación fueron sus impresionantes victorias ante jugadores de la talla de Lilienthal, Tolush, Ragozin, y el mismísimo Botvínnik, además de tablas frente a Smyslov y Boleslavski, exhibiendo ya el estilo innovador que le haría famoso.

En los dos años siguientes, 1945 y 46, Bronstein asaltaría ya los puestos de honor del Campeonato de la URSS, consagrándose como una gran figura al más alto nivel. A pesar de ello, y en un primer signo de marginación, la Federación Soviética no lo seleccionó para participar en el primer Torneo Interzonal de la FIDE, y si Bronstein consiguió tomar parte en él, fue gracias al voto de las federaciones extranjeras. El primer puesto alcanzado en esta prueba le valió la clasificación para el torneo de Candidatos, además del título de Gran Maestro Internacional (el más joven del momento) que la FIDE entregaba por primera vez en su congreso de París, poco tiempo después.

El torneo de Candidatos, celebrado en Budapest en 1950, no comenzó con buen pie para David, que perdió dos partidas a su comienzo. Sin embargo, se recuperó y empezó a luchar con mucha energía, y gracias a una agónica victoria en el último momento sobre Paul Keres logró empatar en el primer puesto con su viejo rival y amigo Isaac Boleslavsky. En el match de desempate entre ambos, disputado en Moscú, Bronstein se impuso por muy estrecho margen (+3 -2 =9). Superado este último obstáculo, nada separaba ya a Bronstein de su rival por el Campeonato Mundial: Mikhail Botvinnik.

El match con Botvinnik

El encuentro entre Bronstein y Botvinnik es uno de los matches sobre los que más páginas se han escrito -y más controversia ha desatado- en la historia del ajedrez. Finalizado con un empate (+5 -5 =14) que permitía a Botvínnik mantener su título de Campeón del Mundo, se ha especulado mucho con que si a Bronstein se le obligó a perder la partida decisiva, para no hacer sombra a la imagen de “héroe soviético” que se había cointruido alrededor de Botvinnik. Son numerosos los artículos que ahondan en las teorías “conspirativas”, pero yo prefiero limitarme a reproducir las palabras al respecto del propio Bronstein y de su esposa:

“Me han preguntado muchas, muchísimas veces, si fui obligado a dejarme perder en la 23ª partida de mi match con Botvínnik y que si había una conspiración en mi contra para impedir que le arrebatase el título a Botvínnik. Se han escrito un montón de tonterías acerca de esto. La única cosa que estoy dispuesto a decir acerca de esto es que yo estaba sometido a una presión psicológica -desde varias frentes- tan grande que dependía totalmente de mí dejarme vencer o no por esa presión. Dejémoslo así”, cuenta David en el libro “Aprendiz de Brujo” (Ed. Paidotribo).

“Si ‘el hijo de un enemigo del pueblo’, judío para más señas, que había escalado subrepticiamente hasta el pináculo de la pirámide del ajedrez, se corona campeón, tal acontecimiento habría sido considerado un fallo del ‘Sistema’, especialmente si el historial familiar del nuevo campeón hubiera llegado a ser de dominio público…”, explica su mujer.

Por otro lado, David comenta que “tenía mis razones para no convertirme en Campeón Mundial, puesto que, en aquellos tiempos, semejante título implicaba encerrarse en un mundo oficial de burocracia ajedrecística, con muchas obligaciones formales, y tal estado de cosas no es comparable con mi carácter. Desde mi infancia siempre traté de ser un hombre libre, y a pesar del país en que crecí, he intentado vivir toda la vida con este espíritu. Por eso, me considero muy afortunado al pensar igual hoy, ahora que puedo disfrutar de mi libertad”.

“Sería muy difícil imaginar a Devik firmando un telegrama lisonjero al líder del partido Comunista o, aún peor, ¡abrazándolo y besándolo!”, añade Tatiana.

Para hacerse una idea de la gran tensión que rodeó a David en este encuentro, basta con mencionar el hecho de que sus padres, pese a tener prohibido acercarse a Moscú, contemplaron el desarrollo del match desde la primera fila de butacas del teatro Tchaikovski, mientras que a escasos metros de ellos se sentaban importantes autoridades del Partido y miembros destacados del KGB. Lo cual no era, desde luego, un ambiente propio para que Bronstein templara sus nervios.

Sin embargo, Bronstein también extrae conclusiones positivas: “Por lo que a mí concierne, el match constituyó una completa victoria de mis ideas ajedrecísticas, puesto que, a partir de entonces Botvínnik, obviamente enriquecido por la experiencia, comenzó a cambiar su estilo y mejoró así sus resultados”. También le resultó reconfortante el reconocimiento que le dispensó el presidente de la FIDE, Max Euwe, en la carta de consolación que le envió y que comenzaba con estas palabras: “querido Gran Maestro y co-campeón del mundo…”.

En cualquier caso, es triste decir que esa final por el Campeonato del Mundo ante Botvinnik fue el momento culminante en la carrera de David, quien no volvió a gozar de una segunda oportunidad. Sus pésimas relaciones con el campeón mundial, y su invariable negativa a integrarse como miembro del Partido Comunista Soviético (algo a lo que generalmente todo el mundo accedía, aunque sólo fuese por ahorrarse problemas) provocó que las autoridades empezaran a concederle cada vez menos invitaciones para viajar al extranjero. Aunque en el otoño de 1954 Bronstein visita Yugoslavia, y su viaje supone una preparación a la visita oficial que realizó Kruschev dos meses más tarde (lo mismo que los jugadores de tenis de mesa estadounidenses prepararon la visita de Nixon a China en 1972), David ya estaba condenado.

La definitiva caída en desgracia se produciría a causa de su amistad con Korchnoi. Tras haberle asistido como analista para preparar su primer duelo con Karpov, Brostein fue además el único GM soviético que se negó a firmar la carta de condena por la “deserción” de Korchnoi, producida tras el torneo de Ámsterdam de 1976. A partir de ahí su presencia en los grandes torneos se hace cada vez más escasa, y su brillante carrera languidece poco a poco. Vive durante estos años gracias a sus colaboraciones con diarios y revistas (siendo columnista en el Izvestia), y de esporádicas conferencias y sesiones de simultáneas.

Su situación no mejoraría apenas hasta llegados los noventa, cuando la nueva política aperturista le permitió comenzar a viajar de nuevo. Y Bronstein no dejó escapar la oportunidad: a pesar de los achaques de la edad (había atravesado una operación de cáncer hace unos años), parecía haberse propuesto recuperar el tiempo perdido, y no paró de trasladarse de un lugar a otro, tomando parte en actividades ajedrecísticas en Holanda, Bélgica, Estados Unidos, Islandia… Incluso residió por un tiempo en Asturias, ligado a la Universidad de Oviedo, ciudad donde dejó varios amigos y muy buenos recuerdos. Una anécdota común que narran todos aquellos que le vieron, en cualquier lugar del mundo, era que cuando Bronstein visitaba un club de ajedrez o un torneo, nunca lo abandonaba sin haber jugado unas partidas rápidas con los aficionados presentes. Era, por encima de todo, una persona de carácter bondadoso y con un amor inmenso por el ajedrez.

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