Roma, 21 de mayo de 2008
Aquí va una foto de recuerdo de Roma. Y cuando tenga tiempo, escribiré.
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Hoy toca intentar dar un empujoncito a los colegas con iniciativas interesantes:
De vez en cuando algún amigo o lector me pide consejo o recomendaciones antes de emprender un viaje a tal o cual lugar que he visitado. Aquí va uno para todos los interesados en conocer mi tierra, Asturias. Un amigo de la infancia (y de los años más salvajes de nuestra crapulenta adolescencia), el Tato, ha invertido buena parte de su tiempo durante los últimos dos o tres años en reformar una vieja casa en el pueblo, y aunque no he tenido ocasión de visitarla aún, por las fotos de su web queda claro que ha trabajado duro. La próxima vez que me anime a embarcarme en la tarea de escribir un libro, o que simplemente quiera desconectar del mundanal ruido, ya tengo decidido que ése será mi refugio, con naturaleza en los alrededores y jakuzzi en los interiores. Pero sobre todo, os la recomiendo a vosotros por el anfitrión con el que contaréis: el Tato es un chaval sanote, simpático y gamberro con el que tenéis garantizado que lo pasaréis de puta madre.
Sigo con las recomendaciones y con los favores a los colegas, y toca hablar ahora de Javier Otero, una de esas amistades impagables que hice durante el tiempo que viví en Londres. Javi es de las personas con más talento que conozco tanto para la música como para la imagen, y ya le aludí indirectamente por aquí cuando mencioné al grupo The Technoillogical Miopía. Hace poco me enteré por la prensa de que estaba triunfando en Inglaterra como compositor de sintonías para TV, y ahora me dice que está participando en un concurso que consiste en versionar canciones de Radiohead. Como este último se decide mediante las votaciones del público, le he dicho que le pondría por aquí un enlace. Os animo a escucharlo, así como a curiosear sobre sus otros trabajos en la web de su empresa, Echo Sound Design.
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Se nos ha muerto el conejo de una forma un poco sorprendente, casi de la noche a la mañana.
Me desperté un día bastante temprano y salí al jardín a echar un cigarro y de paso abrirle la puerta de la casetita donde lo recogíamos por las noches (para resguardarlo de los gatos del barrio, que lo tomaban por una presa). Normalmente tras la reclusión nocturna salía entusiasmado a dar brincos por el jardín para estirar las patas, así que me extrañó que esta vez simplemente me estuvo lamiendo la mano un rato pero se quedó dentro. Yo tenía sueño y frío, y supuse que el animalillo también, así que no le di importancia. Apenas una hora después –lo que tardé en desayunar- me asomé de nuevo al jardín y me encontré con que ya estaba tieso.
Esto va a sonar muy cursi, pero tal parece como si hubiera aguantado hasta despedirse de mí antes de estirar la pata (en este caso, en singular). Y es que nunca dejará de sorprenderme lo humano que resulta el comportamiento de los animales en algunas ocasiones.
Por ejemplo, me ha hecho gracia constatar que el conejo tenía un “amigo”, un precioso cocker spaniel de uno de mis vecinos. Cuando el perro descubrió que en mi jardín había un conejo, se volvió loco: todos los días se tiraba un buen rato corriendo adelante y atrás por el enrejado que separa mi jardín del callejón que hay detrás. Yo pensé que el conejo iba a cagarse de miedo, pero ni mucho menos: sabiéndose protegido, se ponía todo pavo, yendo a su encuentro y plantándose a un palmo del chucho a vacilarle. Con el paso de las semanas, se acostumbraron el uno al otro, y yo me quedé flipado la primera vez que descubrí al perro dándole lametones a través de la rejilla y meneando el rabo de emoción, mientras el conejo se dejaba hacer con toda confianza. ¿Dónde habían quedado los instintos? Ahora, desde que el conejo no está, el perro se viene a olfatear buscándole frenéticamente, y cuando me ve me mira con ojos lastimeros como si yo le hubiera requisado su juguete.
A algunos de mis amigos les sorprendía que tuviésemos un conejo como mascota; la verdad, era el animal que mejor se adaptaba a nuestra casa y nuestra forma de vida. Yo daría lo que fuera por tener un perro, pero con mis viajes y mis incertidumbres laborales no sería buena opción. En cuanto a un gato, el problema es que toda la casa está decorada con papel pintado, y la respuesta de mi casero ya me la puedo imaginar: habría demasiado riesgo de destrozos. El conejo en cambio tenía todo el jardín para él, no entraba a la casa –salvo que estuviese bajo vigilancia-, no me despertaba con ladridos o maullidos, y necesitaba pocos cuidados. O eso pensaba yo, porque aún no tengo muy claro de qué se habrá muerto. He descubierto que las alpargatas que suelo usar cuando me pongo en plan granjero en el jardín estaban todas roídas, así que supongo que la culpa ha sido de un atracón de goma.
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Biarritz, 15 de abril de 2008
Los españoles nos sentíamos los más cachondos del mundo por haber elegido al “Chikichiki” como nuestro representante en Eurovisión. “Qué graciosos somos, lo que nos vamos a reír cuando el resto de europeos vean a quién hemos votado y se les quede la cara de pasmo. Va a ser el descojone”.
Y entonces van los italianos -gente sin complejos- y en la misma línea, nos lanzan un mensaje claro, rotundo: “pa’ sentido del humor el nuestro. Hemos reelegido a Berlusconi“.
Supongo que buscaban una revancha por la derrota de su selección de fútbol, o algo así. Pero lo que está claro es que en este caso la victoria, inapelable, es suya: van a hacer un ridículo totalmente insuperable. Nada comparado con lo de la cancioncita; se han pasao cuatro pueblos.
Por desgracia éste es un sentido del humor que yo no comparto.
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Roma, 15 de julio de 2006
Me voy dentro de unos días a Roma, en misión comercial. Una buena amiga, de ésas que siempre se desviven por ayudar al prójimo, me ha conseguido un contacto allí que puede ser muy valioso de cara a uno de los negocios en los que estoy involucrado. Así que en cuanto se concrete la fecha me voy para allá, y me llevo a la Pili conmigo, para que me abra puertas y me haga de traduttrice, pero –sobre todo- para colmarla de atenciones durante unos días en su ciudad favorita y compensarla por el favorazo que me ha hecho.
Me hacía buena falta un viajecito, para sacudirme las preocupaciones que se me vienen encima y no perder las viejas costumbres nómadas, y esta ocasión me ha venido que ni pintada. Y por otro lado, si me vuelvo con un acuerdo cerrado, puedo adjudicarme una comisión bastante maja, así que estoy impaciente por ir cuanto antes.
Ya estoy bastante acostumbrado a andar de acá para allá asistiendo a reuniones, proponiendo ideas y negociando historias de todo tipo, pero la verdad es que éste es mi primer viaje enfundado en un traje de comercial, mi estreno real como ‘vendedor’ con un producto definido y que busca captar un cliente.
Siempre he pensado que eso se me daría bien y ahora tengo ocasión de demostrarlo, así que me apunto al bombardeo sin ningún miedo. En el peor de los casos, añadiré una profesión más a mi bizarro historial de trabajos desempeñados. El día que me toque volver a escribir un currículo voy a flipar – aunque no tanto como quien se lo lea.
[La foto es de mi anterior -y primera- visita a Roma, hace dos veranos]
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