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Los chinos y sus nombres ‘occidentales’

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(San Sebastián, 8 de junio de 2011)

El otro día, cuando escribí sobre las supersticiones chinas, olvidé incluir un par de anécdotas que me hicieron mucha gracia. El tema en esta ocasión va de nombres, no de números, aunque ambas cosas confluyen en la traca final.

Como sabréis, los chinos, para facilitarnos la existencia a los demonios extranjeros, suelen ponerse un nombre occidental. Por ejemplo: un tal Xu Fancheng, va y se rebautiza como “James“ para sus colegas occidentales. Se agradece el detalle.

Esta costumbre es especialmente común entre las muchachas, ya que son las que con más frecuencia hablan otros idiomas (en una proporción de 6 a 1, diría yo), las que tienen contacto con extranjeros, están más occidentalizadas… y también son más vanidosas y disfrutan con el jueguecito de cambiarse de nombre como si se cambiaran de pendientes, todo hay que decirlo.

De hecho, alguna chica he conocido que tenía incluso dos nombres occidentales: uno, elegido por ser el más parecido fonéticamente a su nombre chino verdadero, y otro por ser el que más le gustaba. Y un rollete que tuve en mi primer viaje me dejó pasmado al proponerme que yo le eligiera uno: que se llamaba Elisa, pero que ya estaba cansada de ese nombre y aceptaría cualquiera que yo le sugiriese. Como soy un cabrón, a partir de entonces –o al menos, durante los 4 días que siguieron- pasó a llamarse Segismunda.

El tema da para muchas risas. Conocí una vez a dos chinos que salían por ahí juntos y se llamaban, ambos, Borja. Otro, que se había puesto de nombre Snoopy. Abundan las Kelly, Jennifer, Samantha… y últimamente parece que Phoebe es el nombre de moda.

Joao, que vive como un infiltrado en la facultad de idiomas de Guangzhou, es quien atesora las anécdotas más descacharrantes, sobre todo entre quienes estudian la lengua de Cervantes. Vamos con la primera: resulta que conoció a una chica que tiene un nombre típico de nuestra tierra: Olaya. Asombrado, le preguntó a la chica que si había oído hablar de Asturias. Y la susodicha respondió que ni puta idea, que jamás había oído hablar de ese lugar. Pero que lo había elegido porque… ¡era el nombre de la hija de David Villa!

La segunda, es de récord mundial, sin duda. Un WTF como una casa de grande. De nuevo, una estudiante de español: una chica moderna e imaginativa que quiso elegir un nombre en español, pero sin traicionar las raíces de su cultura china, supongo. Esas son mis conjeturas. Ya os he contado que el ocho es el número de la suerte en su cultura, ¿verdad? Pues bien: esta freak se ha rebautizado como Ocha. Así, tal cual, como suena. El número chino de la suerte, el 8, pero en castellano y en femenino. Ocha. No podría sonar peor, especialmente para un asturiano (‘gocha’ es ‘cerda’ en bable).

Por cierto, los chinos son bastante prácticos: dado que los occidentales no abundamos por allí, y en cualquier caso tienen serios problemas para diferenciarnos a unos de otros, para simplificar tienden a llamarnos demonio extranjero, a secas. Creo que se transcribe como gweilo (aunque suena más bien como “kuei-lou”), expresión que, cuando la oigas y reconozcas, conviene responder con un “kuei lou ni ma” (“demonio lo será tu madre”). Es mano de santo: no se suelen mosquear, y muy al contrario, a partir de ese momento te ganarás un mínimo de respeto. Si estabas en una tienda, verás que milagrosamente el precio acaba de bajar un 20 o un 30%.

Me presentaron en Guangzhou a una mexicana, Lisaura, que tenía una empleada de hogar china. En cierta ocasión, cuando la limpiadora acaba de irse, Lisaura se dio cuenta de que había olvidado decirle algo, así que la llamó al móvil. Y el móvil empezó a sonar sobre la mesa del salón: la chica se lo había dejado allí al salir. Cuando mi amiga lo fue a recoger de la mesa, vio que la pantalla decía: “Tiene una llamada perdida de GWEILO”. Resulta que la limpiadora, a pesar de llevar currando para ella más de un año, la tenía guardada en la agenda como “demonio extranjero”. El cachondeo a la hora de devolverle el móvil tuvo que ser mayúsculo.

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Guangzhou; un recuerdo.

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(Guangzhou, 9 de abril de 2011)

China, Canton, guangzhou, Llada, shamian, shameen, pearl, river

Me gusta esta foto que el amigo Javi me hizo en el último viaje a China. Bueno, el último para mí, y el primero para él, que se quedó tan fascinado con la experiencia que lo primero que hizo al volver a España fue… comprar un nuevo billete para un mes más tarde. Pero esta vez de sólo ida. Y con él, ya es la tercera persona que se va a ese país por mi culpa. Así que debería cortar el rollo, cambiar mi discurso, y en lugar de hablar de lo guay que es aquello, tendría que contaros que en China se caga en cuclillas, y que en ocasiones salen ratas del inodoro. A ver si así cortamos esta sangría de emigraciones y os lo pensáis dos veces.

Estábamos en la isla de Shamian, a orillas del río Perla, donde en el siglo XIX estaban la concesión francesa e inglesa. Y sigue siendo un rincón especial dentro de Guangzhou, donde se respira una tranquilidad que no se puede disfrutar en ningún otro lugar de la ciudad; supongo que se debe a la ausencia casi total de tráfico. Lo que es seguro es que si yo viviese en ese jaula de grillos, iría allí con frecuencia, cada vez que necesitara relajarme y desconectar un poco del bullicio.

Pero no os llaméis a engaño. Puede parecer por la foto que estoy meditando acerca de algo profundo y trascendente, pero en realidad estaba pensando en algo muy habitual y mundano: “esta noche la voy a liar”. Nos habían convocado a la inauguración de un local muy cul donde nos iban a invitar a cocteles by the face. Y nos divertimos un buen rato. Cuando se acabó el bebercio gratuito (bueno, en realidad un par de rondas más tarde), salimos a la calle en busca de más. Joan andaba preguntando a los chinos que por dónde quedaba la Diagonal, pero como no nos sabían indicar, acabamos subiéndonos a dos taxis, en busca de un lugar donde seguir con el cachondeo que llevábamos encima.

Cuando un grupo de impresentables borrachos van en dos taxis por China, y además en uno de ellos va un tío con una cámara de fotos, el discurrir natural de las cosas conduce a que quienes van en el otro vehículo tengan la ocurrencia de hacer un calvo, para pasmo de su conductor. Y así fue. Registrado para la posteridad. Un día, por cierto, que el Chef os explique lo que es para él el obturador, y la abertura del diafragma.

Acabamos en el Loft 345, uno de mis antros preferidos en Guangzhou. Es como un rinconcito del Friedrichshain berlinés underground, pero trasladado a China, y con cierto toque de clandestinidad como el que tenía el Pepe’s londinense. Uno de esos lugares con personajes curiosos, que parecen una dimensión paralela y donde siempre ocurren cosas inesperadas. Y como dijo el sabio Mario Olea: “mira a tu alrededor, y si no identificas quien es el freak del garito… es que el freak eres tú”.

En resumen, un día divertido con los amigos. Uno de ésos que se recuerda cuando se les echa de menos.

China loft 345

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El laberinto callejero de Londres

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(San Sebastián, 2 de junio de 2011)

“Hay que ser consciente de que una ciudad inglesa es una vasta conspiración para desorientar a los extranjeros. Se da un nombre distinto a la calle en cuanto haga la menor curva; pero si la calle curva es tan pronunciada que crea realmente dos calles distintas, se mantiene un mismo nombre. Por otra parte, si, por error, una calle ha sido trazada en línea recta, debe recibir muchos nombres: High Holborn, New Oxford Street, Oxford Street, Bayswater Road, Notting Hill Gate, Holland Park, etcétera. Dado que algunos extranjeros ingeniosos pueden orientarse incluso bajo tales circunstancias, son necesarias algunas precauciones adicionales. Hay que llamar a las calles de muchas maneras: Street, road, place, mews, crescent, avenue, rise, lane, way, grove, park, gardens, alley, arch, path, walk, broadway, promenade, gate, terrace, vale, view, hill, etcétera (…). Y se sitúa un cierto número de calles con exactamente el mismo nombre en diferentes sitios. Si se dispone de una veintena de Princes Squares y Warwick Avenues, puede proclamarse sin inmodestia que el lío será completo.”

La cita es del libro How to be Brit, un cásico de George Mikes. Yo lo conocí en su día por las referencias que se le hacían en el delicioso (aunque breve) libro Historias de Londres, por el corresponsal de El País Enric González, que hace poco releí y que os recomiendo muy vivamente. De hecho, os recomiendo absolutamente todo lo que escriba ese hombre. Y ya puestos, un día debería dedicarle un post completo. Para haceros una idea, podéis visitar este artículo.

Enric añade unas observaciones muy interesantes acerca del urbanismo londinense, formado, según él, por pura entropía. Una ciudad llena de energía que ha ido creciendo y creciendo de forma entrincada, y que nunca ha tenido gobernantes que hayan querido trazar en ella un Eixample, o unas grandes avenidas a lo parisino. “La decoración es algo importado, o sea, francés”, remata González. Por eso, en la extensa lista de sinónimos que aparecen en la cita de George Mikes, encontramos curiosamente a faltar el galicismo “boulevard”, que sí se hizo común en muchas otras ciudades de todo el mundo.

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Plan-E: Un cartel de más de 2000 euros para anunciar el cambio de 3 farolas

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(San Sebastian, 31 de mayo de 2011)

Plan E despilfarro

El otro día, vía twitter, alcancé a ver la imagen que encabeza estas líneas. Es el típico cartel de obra en el que casi nunca nos fijamos. Pero leámoslo detenidamente:

Ayuntamiento: Estepa de San Juan (Soria)
Proyecto: Cambio de tres farolas
Presupuesto: 973€
Tiempo de ejecución: Tres meses

Parece que este faraónico proyecto fue financiado por el llamado “Plan-E”, de economía sostenible. E imagino que el susodicho plan incluye, entre sus condiciones, que se dé esta publicidad a todo lo que subvenciona, porque estos carteles han proliferado por nuestros pueblos como setas en el bosque, y en ellos el nombre del “Plan E” aparece con un tipo de letra diez veces más grande que la información sobre la obra en sí.

No sé cuánto cuestan las farolas, así que no entro a juzgar el presupuesto. Tres meses, a mes por cada una, sí que me parece un poco excesivo. Pero lo que no es ni “económico”, ni “sostenible”, es plantar semejante pedazo de cartel para anunciar el cambio de tres putas farolas.

Y añado, como curiosidad, que Estepa de San Juan tiene sólo 10 habitantes. ¿De verdad hacía falta esto?

Da la casualidad de que un amigo conoce a una persona que trabaja “en una empresa líder del sector de carteles y señalizaciones para administraciones públicas, etc.”. Y me dice que este tipo de estructuras vienen a salir por unos 1.400€ los materiales, más otros 1.400€ de mano de obra (ya que hay que esperar 24 por el fraguado para seguir colocando la estructura).

En resumen: alrededor de 2.800€, para anunciar que se han cambiado tres farolas en el pueblo, con un coste de 973€.

Y parece no es un caso aislado, sino todo lo contrario: algo muy común. Vía twitter también, otro amigo me pasa la siguiente imagen:

Plan E despilfarro

Ayuntamiento: Momblona (también en Soria)
Proyecto: Suministro de ordenador portátil e impresora multifunción
Presupuesto: 3.459€
Tiempo de ejecución: Un mes

Me gustaría ver la factura para qué portátil se ha comprado el señor alcalde, porque el precio me parece un poquito excesivo. Más aún para gobernar en un pueblito de 28 habitantes. Pero bueno, vamos a dejarlo. Lo cojonudo, de nuevo, es el tema del cartel, que en este caso he podido concretar que mide 12 m².

Googleando un poco en este caso sí he conseguido encontrar la fuente de esta foto, que es de un tal J. L. P. y fue originalmente publicada en el blog La Fuente Debajo de la Cama. Dicho queda, porque parece que se la han estado fusilando por ahí sin mencionarles siquiera. Apareció recogida en El Confidencial, donde indican que la valla costó 1.500 €, número redondo, aunque me parece que se lo deben haber inventado, porque consulté a una segunda fuente que me confirma que estos cartelacos cuestan “de 2.300 para arriba”. Y añaden el interesante detalle de que los vecinos se han quejado por el cartel, que es mucho cartel para tan poco pueblito, pero desde el Ayuntamiento les han indicado que no disponen de presupuesto para retirarlo.

Todo esto, insisto, enmarcado dentro de un plan de desarrollo económico y sostenible, que debería de potenciar la competitividad y eficiencia que necesitamos, y evitar los despilfarros.

Ahora decidme si esto no es como para irse a Sol, o Plaza de Catalunya, y montar una barricadas como dios manda…

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Numerología y supersticiones chinas

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(Guangzhou, 9 de abril de 2011)

China 888 supersticion numero

Una de las supersticiones chinas más arraigadas la descubrí por casualidad, cuando por primera vez quise hacerme con un teléfono local. Opté por el terminal más barato –sólo iba a usarlo un par de semanas-, y luego, cuando conseguimos hacer entender que también necesitaba una tarjeta SIM, se me puso delante un largo listado de posibles números.

Me pareció estupendo que me dieran a elegir mi propio número, y me puse a echarles un vistazo. Cabría esperar que siendo todos de la misma compañía (China Mobile) tuvieran el mismo precio, al menos aproximadamente, pero me sorprendió ver que el valor de las tarjetas SIM cambiaba muchísimo de un número a otro. En concreto, me llamó la atención uno que terminaba en 4444, que me parecía fácil de recordar y era de largo el más barato.

La dependienta parecía consternada cuando le indiqué que quería ése. Intentó convencerme de que comprase cualquier otro. Y entonces fue cuando mi acompañante me explicó que el 4 es el número de la mala suerte para los chinos. Al parecer, su pronunciación, algo así como “suh” es casi idéntica a la de la palabra “muerte”.

Posteriormente fui descubriendo hasta qué punto los orientales (también los japoneses, por ejemplo) dan importancia a esta superstición. En el código de los vuelos, se evita utilizar el 4, y también en las filas de los asientos. En los hoteles, la numeración de las habitaciones se salta el cuatro. Y en una ciudad china incluso han suprimido este número de las matrículas de los coches. También se considera un mal augurio dar un regalo compuesto de cuatro piezas o partes.

Un efecto curioso de todo esto es que en los edificios, el cuarto piso, o el número 44 de una urbanización, es muy habitual que esté ocupado por occidentales. Es el resultado natural de la interacción entre extranjeros inmunes a esta superstición, que simplemente lo eligen porque es más barato que el apartamento inmediatamente adyacente, y chinos que se sienten más aliviados si alquilan un piso maldito a un demonio extranjero en lugar de a uno de los suyos.

Dos de mis amigos en Guangzhou vivían en el cuarto piso de, si no me equivoco, el portal número 44. Y tuvieron la mala suerte de que se les quemó la casa por completo (gracias que vivieron para contarlo). Estaban acojonaditos pensando en cómo se iba a tomar su casera la noticia. Fui testigo de ello, y lo que más me llamó la atención fue la impasibilidad con la que la mujer aceptó el destrozo: “No se podía esperar otra cosa, era un piso maldito”, parecía decir su cara.

Por supuesto, el cuatro también tiene su opuesto: en este caso el ocho, que es el número de la buena suerte. Y los motivos son parecidos: su pronunciación, algo así como “pai”, suena muy similar a la de “avenimiento”, que se utiliza para formar expresiones como “enriquecerse” o “prosperidad”.

Los números con abundancia de ochos llegan a subastarse por altísimas sumas, y en muchos de los flamantes rascacielos que brotan en China como las setas (en la foto, uno de los muchos de Guangzhou), se exhiben en enormes caracteres. Una aerolínea compró hace varios años el 8888 8888 por más de 250.000 euros. Y las Olimpiadas de Beijing dieron comienzo el 08/08/08 exactamente a las 08/08/08 pm.

Personalmente, lo que me sorprende –y hasta cierto punto, decepciona- es que una cultura tan rica como la China tenga unas supersticiones tan cutres, que ni siquiera están basadas en una simbología interesante, sino en algo tan aburrido y alejado de toda mística como es la simple fonética.

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