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Gibraltar

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(Londres, 17 de junio de 2011)

Gibraltar, The Rock, El Peñón, peñón, roca, monos, niebla

Anduve la semana pasada por Gibraltar, donde nunca antes había estado. Quien vaya buscando atractivos turísticos probablemente volvería decepcionado, pero como yo iba a otro rollo y no esperaba gran cosa, la verdad es que la impresión que me llevé del Peñón fue bastante buena.

Llegar hasta allí desde la lejana costa del norte donde vivo es un poco tortuoso. Digamos que España ha sido poco diplomática en sus relaciones con Gibraltar y, a resultas de esto, la colonia no tenía vuelos directos con ningún otro lugar de la península. Estas comunicaciones por aire no se establecieron hasta principios de 2007, y se cancelaron poco después: hay que tener en cuenta que con sólo 30.000 habitantes, Gibraltar difícilmente puede mantener una conexión rentable con Madrid o Barcelona; mayormente su aeropuerto sirve de puerta de entrada a los ingleses para, desde ahí, visitar Jerez, Sevilla o Málaga.

En mi caso, la ruta fue el Vueling Bilbao-Sevilla, luego bus de Linesur hasta Algeciras (unas dos horas y media), y por último taxi desde allí hasta Gibraltar (24 euros, 15 minutitos). Para irme, lo hice vía Londres, aunque me topé con un problema: por lo visto, el efecto embudo del estrecho, unido a las particularidades de la bahía de Algeciras y del propio Peñón, provocan que éste tenga un microclima particular, y nieblas como las de la foto son bastante frecuentes. Como el aeropuerto de Gibraltar ha sido construido en terreno ganado al mar, y la pista es bastante justita… a la menor falta de visibilidad se suspenden los aterrizajes y se desvían a Málaga. En mi caso, salí de la roca con cuatro horas de retraso. “El continente está aislado”, que dirían los británicos…

En la tarde que tuve libre, me animé a subir a ver a los famosos monos. Malos bichos. Como yo iba de manos vacías no me hicieron ni caso, pero a más de uno le hicieron pasar un mal rato. Basta con que cargues una mochila para que ellos sospechen que tienes comida, y se decidan a molestarte.

Me causó una impresión muy agradable la gente con la que me encontré en mi breve estancia. Como siempre, los estereotipos son inexactos pero suponen una buena aproximación, así que voy a soltar uno: los llanitos me han parecido gente maja. Tienen una agradable mezcla entre la educación inglesa y la calidez andaluza.

Al principio uno va perdido y no sabe si dirigirse a ellos en inglés o en español, pero luego ves que se manejan en un desconcertante spanglish en el que todo vale. Apenas pude reprimir la risa cuando alguien se tropezó conmigo y va y me dice “zorry”, lo cual uno no sabe si interpretar como un insulto o como una disculpa.

Además, hay que tener en cuenta que en esta pequeña ciudad, como territorio fronterizo que es, hay de todo: Obviamente, marroquíes. También súbditos de todos los rincones del imperio, como la India. Y en Gibraltar hay bancos, y ya se sabe que donde hay bancos, hay judíos ortodoxos. “El Peñón de Babel”, vamos. La multiculturalidad siempre trae escenas sorprendentes, incluso cuando uno ha vivido en Londres y ya ha visto de todo.

A pesar de heterogeneidad de las gentes que componen esta pequeña ciudad, los llanitos tienen una identidad propia y muy arraigada. No quieren ni oír hablar de las pretensiones soberanistas españolas, obviamente. Y están bastante preocupados por sacudirse la imagen de “piratas y contrabandistas” que, como puerto franco, han tenido inevitablemente asociada. Tuve ocasión de charlar brevemente con un ex ministro del Peñón, y me llamó la atención la sensibilidad que demostró sobre este tema, explicándome que Gibraltar, pese a su condición de offshore, evita desarrollar políticas que puedan parecer demasiado agresivas a su entorno; no sólo de cara a España, sino al resto de Europa. Aunque ello implique renunciar a las ventajas de su particular fiscalidad.

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Vivir en hoteles (I)

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(Gibraltar, 15 de junio de 2011)

old fashion hotel key

Sería tarea imposible calcularlo con exactitud, pero a ojo, si lo pusiéramos todo junto, yo diría que he pasado aproximadamente un mínimo de tres años enteros de mi vida pernoctando en hoteles. Y probablemente me quedo corto.

Hablamos de más de doscientos de hoteles de 37 países distintos, desde Baghdad a Praga, de Montreal a Hong Kong, y de Dakar a México. Establecimientos familiares, o de grandes cadenas que ya me han expedido la preceptiva tarjeta de cliente habitual. En muchos me alojé sólo por una noche, y en otro llegué a pasar siete semanas del tirón.

Y dados los altibajos que ha habido en mi vida, he tenido la oportunidad de catar alojamientos de todos los estilos y categorías: Pensiones de juveniles encuentros furtivos. Suites en enormes y lujosos rascacielos. Bulliciosos albergues de mochileros. Asépticos hoteles de negocios o de aeropuerto. Típicos moteles de road movie americana. Paradores exclusivos. Cabañas construidas sobre las rocas del mar de Bengala…

Más aún, y para rematar el asunto: incluso trabajé en un hotel como recepcionista de noche. Fue en Londres, durante 8 o 9 meses en 2004. Así que creo que nadie me llevará la contraria si digo que, sobre hoteles, hablo con sobrado conocimiento de causa.

Cuando era más joven y mi vida empezaba a tomar estos derroteros, en mi trabajo de entonces solía coincidir con compañeros de mucha más edad y experiencia; gente que había llevado este estilo de vida durante décadas enteras. Y me llamaba mucho la atención que fuesen precisamente los más veteranos los que más manías mostraban respecto al alojamiento. Pequeñas cosas, como por ejemplo, llevar consigo una foto de familia para ponerla sobre la mesilla de noche nada más llegar. O como cargar con media docena de libros, más que suficientes como para leer durante varios meses. Alguno llevaba un par de botellas de su marca de leche preferida y pedía a los recepcionistas que se la guardaran. Y otro incluso cargaba con su propia almohada de casa.

Me sorprendía todo esto, que yo interpretaba, entonces, como una falta de adaptación. En parte hasta me enorgullecía que yo, pese a ser el más jovencito de aquella tribu, podía prescindir absolutamente de todo y plantarme en cualquier sitio con lo puesto, sin necesitar de nada ni de nadie.

Años más tarde, y ya siendo yo mismo un veterano de los hoteles, comprendí que cuando uno vive a salto de mata, acaba sintiendo con fuerza la necesidad de crearse ciertas rutinas. Pequeños rituales, como rodearse de objetos familiares que te permitan crear una mínima zona de confort a tu alrededor. Aunque no lo parezca, el desarraigo absoluto, si es que existe, no puede perdurar mucho. Es demasiado insoportable.

Obviamente, escribo esto desde un hotel. Concretamente, desde la habitación 119 del Bristol Hotel en Gibraltar. De estilo inglés bastante parecido a aquél en el que yo trabajé.


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Los chinos y sus nombres ‘occidentales’

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(San Sebastián, 8 de junio de 2011)

El otro día, cuando escribí sobre las supersticiones chinas, olvidé incluir un par de anécdotas que me hicieron mucha gracia. El tema en esta ocasión va de nombres, no de números, aunque ambas cosas confluyen en la traca final.

Como sabréis, los chinos, para facilitarnos la existencia a los demonios extranjeros, suelen ponerse un nombre occidental. Por ejemplo: un tal Xu Fancheng, va y se rebautiza como “James“ para sus colegas occidentales. Se agradece el detalle.

Esta costumbre es especialmente común entre las muchachas, ya que son las que con más frecuencia hablan otros idiomas (en una proporción de 6 a 1, diría yo), las que tienen contacto con extranjeros, están más occidentalizadas… y también son más vanidosas y disfrutan con el jueguecito de cambiarse de nombre como si se cambiaran de pendientes, todo hay que decirlo.

De hecho, alguna chica he conocido que tenía incluso dos nombres occidentales: uno, elegido por ser el más parecido fonéticamente a su nombre chino verdadero, y otro por ser el que más le gustaba. Y un rollete que tuve en mi primer viaje me dejó pasmado al proponerme que yo le eligiera uno: que se llamaba Elisa, pero que ya estaba cansada de ese nombre y aceptaría cualquiera que yo le sugiriese. Como soy un cabrón, a partir de entonces –o al menos, durante los 4 días que siguieron- pasó a llamarse Segismunda.

El tema da para muchas risas. Conocí una vez a dos chinos que salían por ahí juntos y se llamaban, ambos, Borja. Otro, que se había puesto de nombre Snoopy. Abundan las Kelly, Jennifer, Samantha… y últimamente parece que Phoebe es el nombre de moda.

Joao, que vive como un infiltrado en la facultad de idiomas de Guangzhou, es quien atesora las anécdotas más descacharrantes, sobre todo entre quienes estudian la lengua de Cervantes. Vamos con la primera: resulta que conoció a una chica que tiene un nombre típico de nuestra tierra: Olaya. Asombrado, le preguntó a la chica que si había oído hablar de Asturias. Y la susodicha respondió que ni puta idea, que jamás había oído hablar de ese lugar. Pero que lo había elegido porque… ¡era el nombre de la hija de David Villa!

La segunda, es de récord mundial, sin duda. Un WTF como una casa de grande. De nuevo, una estudiante de español: una chica moderna e imaginativa que quiso elegir un nombre en español, pero sin traicionar las raíces de su cultura china, supongo. Esas son mis conjeturas. Ya os he contado que el ocho es el número de la suerte en su cultura, ¿verdad? Pues bien: esta freak se ha rebautizado como Ocha. Así, tal cual, como suena. El número chino de la suerte, el 8, pero en castellano y en femenino. Ocha. No podría sonar peor, especialmente para un asturiano (‘gocha’ es ‘cerda’ en bable).

Por cierto, los chinos son bastante prácticos: dado que los occidentales no abundamos por allí, y en cualquier caso tienen serios problemas para diferenciarnos a unos de otros, para simplificar tienden a llamarnos demonio extranjero, a secas. Creo que se transcribe como gweilo (aunque suena más bien como “kuei-lou”), expresión que, cuando la oigas y reconozcas, conviene responder con un “kuei lou ni ma” (“demonio lo será tu madre”). Es mano de santo: no se suelen mosquear, y muy al contrario, a partir de ese momento te ganarás un mínimo de respeto. Si estabas en una tienda, verás que milagrosamente el precio acaba de bajar un 20 o un 30%.

Me presentaron en Guangzhou a una mexicana, Lisaura, que tenía una empleada de hogar china. En cierta ocasión, cuando la limpiadora acaba de irse, Lisaura se dio cuenta de que había olvidado decirle algo, así que la llamó al móvil. Y el móvil empezó a sonar sobre la mesa del salón: la chica se lo había dejado allí al salir. Cuando mi amiga lo fue a recoger de la mesa, vio que la pantalla decía: “Tiene una llamada perdida de GWEILO”. Resulta que la limpiadora, a pesar de llevar currando para ella más de un año, la tenía guardada en la agenda como “demonio extranjero”. El cachondeo a la hora de devolverle el móvil tuvo que ser mayúsculo.

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Guangzhou; un recuerdo.

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(Guangzhou, 9 de abril de 2011)

China, Canton, guangzhou, Llada, shamian, shameen, pearl, river

Me gusta esta foto que el amigo Javi me hizo en el último viaje a China. Bueno, el último para mí, y el primero para él, que se quedó tan fascinado con la experiencia que lo primero que hizo al volver a España fue… comprar un nuevo billete para un mes más tarde. Pero esta vez de sólo ida. Y con él, ya es la tercera persona que se va a ese país por mi culpa. Así que debería cortar el rollo, cambiar mi discurso, y en lugar de hablar de lo guay que es aquello, tendría que contaros que en China se caga en cuclillas, y que en ocasiones salen ratas del inodoro. A ver si así cortamos esta sangría de emigraciones y os lo pensáis dos veces.

Estábamos en la isla de Shamian, a orillas del río Perla, donde en el siglo XIX estaban la concesión francesa e inglesa. Y sigue siendo un rincón especial dentro de Guangzhou, donde se respira una tranquilidad que no se puede disfrutar en ningún otro lugar de la ciudad; supongo que se debe a la ausencia casi total de tráfico. Lo que es seguro es que si yo viviese en ese jaula de grillos, iría allí con frecuencia, cada vez que necesitara relajarme y desconectar un poco del bullicio.

Pero no os llaméis a engaño. Puede parecer por la foto que estoy meditando acerca de algo profundo y trascendente, pero en realidad estaba pensando en algo muy habitual y mundano: “esta noche la voy a liar”. Nos habían convocado a la inauguración de un local muy cul donde nos iban a invitar a cocteles by the face. Y nos divertimos un buen rato. Cuando se acabó el bebercio gratuito (bueno, en realidad un par de rondas más tarde), salimos a la calle en busca de más. Joan andaba preguntando a los chinos que por dónde quedaba la Diagonal, pero como no nos sabían indicar, acabamos subiéndonos a dos taxis, en busca de un lugar donde seguir con el cachondeo que llevábamos encima.

Cuando un grupo de impresentables borrachos van en dos taxis por China, y además en uno de ellos va un tío con una cámara de fotos, el discurrir natural de las cosas conduce a que quienes van en el otro vehículo tengan la ocurrencia de hacer un calvo, para pasmo de su conductor. Y así fue. Registrado para la posteridad. Un día, por cierto, que el Chef os explique lo que es para él el obturador, y la abertura del diafragma.

Acabamos en el Loft 345, uno de mis antros preferidos en Guangzhou. Es como un rinconcito del Friedrichshain berlinés underground, pero trasladado a China, y con cierto toque de clandestinidad como el que tenía el Pepe’s londinense. Uno de esos lugares con personajes curiosos, que parecen una dimensión paralela y donde siempre ocurren cosas inesperadas. Y como dijo el sabio Mario Olea: “mira a tu alrededor, y si no identificas quien es el freak del garito… es que el freak eres tú”.

En resumen, un día divertido con los amigos. Uno de ésos que se recuerda cuando se les echa de menos.

China loft 345

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El laberinto callejero de Londres

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(San Sebastián, 2 de junio de 2011)

“Hay que ser consciente de que una ciudad inglesa es una vasta conspiración para desorientar a los extranjeros. Se da un nombre distinto a la calle en cuanto haga la menor curva; pero si la calle curva es tan pronunciada que crea realmente dos calles distintas, se mantiene un mismo nombre. Por otra parte, si, por error, una calle ha sido trazada en línea recta, debe recibir muchos nombres: High Holborn, New Oxford Street, Oxford Street, Bayswater Road, Notting Hill Gate, Holland Park, etcétera. Dado que algunos extranjeros ingeniosos pueden orientarse incluso bajo tales circunstancias, son necesarias algunas precauciones adicionales. Hay que llamar a las calles de muchas maneras: Street, road, place, mews, crescent, avenue, rise, lane, way, grove, park, gardens, alley, arch, path, walk, broadway, promenade, gate, terrace, vale, view, hill, etcétera (…). Y se sitúa un cierto número de calles con exactamente el mismo nombre en diferentes sitios. Si se dispone de una veintena de Princes Squares y Warwick Avenues, puede proclamarse sin inmodestia que el lío será completo.”

La cita es del libro How to be Brit, un cásico de George Mikes. Yo lo conocí en su día por las referencias que se le hacían en el delicioso (aunque breve) libro Historias de Londres, por el corresponsal de El País Enric González, que hace poco releí y que os recomiendo muy vivamente. De hecho, os recomiendo absolutamente todo lo que escriba ese hombre. Y ya puestos, un día debería dedicarle un post completo. Para haceros una idea, podéis visitar este artículo.

Enric añade unas observaciones muy interesantes acerca del urbanismo londinense, formado, según él, por pura entropía. Una ciudad llena de energía que ha ido creciendo y creciendo de forma entrincada, y que nunca ha tenido gobernantes que hayan querido trazar en ella un Eixample, o unas grandes avenidas a lo parisino. “La decoración es algo importado, o sea, francés”, remata González. Por eso, en la extensa lista de sinónimos que aparecen en la cita de George Mikes, encontramos curiosamente a faltar el galicismo “boulevard”, que sí se hizo común en muchas otras ciudades de todo el mundo.

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