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Las brujas de la noche

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Rufina Gasheva y Natalia Meklin son dos de las Brujas de la Noche, apodo con el que los alemanes bautizaron a este escuadrón formado en la Segunda Guerra Mundial por unas cien muchachas de alrededor de veinte años de edad. Las Nachthexen.

Estas improvisadas pilotos comenzaron a salir en misión de combate tras una formación apresurada de sólo tres meses, 14 horas al día. La mayoría no había visto antes un vehículo a motor en su vida. Y obviamente el ejército les proporcionó su peor y más barato avión: un biplano Polikarpov Po-2, hecho de madera y diseñado en 1928 para uso civil.

Este avioncito sólo podía portar dos bombas colgadas de sus alas, y ello a costa de restringir la carga al máximo. Hasta tal punto que estas valientes ni siquiera llevaban paracaídas, para eliminar cualquier peso “superfluo”; de todas formas, a la baja altura que volaban, no les hubiera servido de mucho…

Sin embargo, sus misiones tuvieron un éxito inesperado e infligieron gravísimos daños al enemigo.

Primero, porque la velocidad máxima que sus aviones podían alcanzar era menor a la velocidad mínima que los aviones alemanes rivales debían mantener para evitar entrar en pérdida. Por lo tanto, resultaba tremendamente difícil derribarlas: solamente podían alcanzarlas en medio de una pasada, y no “persiguiéndolas”. Además, el Polikarpov era muy maniobrable y escurridizo.

En segundo lugar, a pesar de volar a baja altura el motor de este avión hacía muy poco ruido, y además estas valientes solían apagarlo cuando se acercaban a su objetivo. Letales y silenciosas en sus aviones de madera, eso fue lo que les valió su apodo: eran como brujas volando en sus escobas.

El legendario piloto alemán Johannes Steinhoff dijo años más tarde que “aquellas mujeres no le temían a nada”. El ejército nazi decidió otorgar su máximo galardón, la Cruz de Hierro, a cualquier piloto que derribase a una de estas temerarias. Más de treinta de ellas perderían la vida en acto de servicio; la mayoría sobre territorio alemán, donde eran enterradas con honores militares y el máximo respeto. Ni una sola fue apresada: alguna incluso prefirió morir en su avión en llamas antes que caer en manos del enemigo.

La más famosa de ellas fue Lily Litval, La Rosa Blanca de Stalingrado. Era una enamorada de la aviación desde niña, y no dudó en mentir sobre su experiencia para ser admitida en el ejército. Se considera a un piloto un “as” cuando ha conseguido derribar a 5 aviones enemigos: Lily derribó a 16. Cuentan que una de sus víctimas, al ser capturado, pidió que le presentaran al “as” que con tanta pericia le había derribado: cuando llevaron ante él a esta muchacha de sólo 21 años, pensó que le estaban tomando el pelo.

Lily desapareció en 1943. Las normas militares impiden generalmente que un desaparecido reciba condecoraciones, por la sospecha de que pudiera, en realidad, haber desertado. Su mejor amiga, Inna Pasportnikovala (mecánica de su avión) emprendió entonces una búsqueda de casi 25 años, hasta dar con los restos destrozados su avión en una remota aldea en la región de Donetsk, uno de los varios lugares donde se presuponía que podría haber sido derribada. Identificado su cuerpo, el Presidente la URSS Mikhail Gorbachov otorgó finalmente a la teniente Lidia Litviak la Estrella de Oro de Heroína de la Unión Soviética, y se dio su nombre a una calle de Moscú.

Natalya Meklin y Rufina Gasheva sobrevivieron a la guerra. Natalia (a la derecha de la foto), llegó a volar en 840 misiones, con todo tipo de aviones, y recibió todas las condecoraciones existentes en la armada soviética.

El caso  Rufina, y de cómo salvó su vida, da para una novela rusa: no sé hasta qué punto los libros de historia habrán adornado la historia, pero voy a contarla tal como yo la leí. En un vuelo en el que participaba como copiloto/navegadora, junto a la piloto Olga Sanfirova, su avión fue derribado sobre territorio polaco. Salvaron la vida gracias a sus paracaídas, pero tuvieron la mala fortuna de ir a caer sobre un campo de minas. Olga no llegó muy lejos: pisó una y murió en el acto; Rufina, aterrorizada, no se atrevió a dar un paso más. Un soldado soviético que había visto lo que ocurrió, se acerco a ella y, heroicamente, la cogió en brazos y jugándose la vida la cargó hasta terreno seguro.

Fuente: “A Dance With Death: Soviet Airwomen in World War II

Categorías: historia · Rusia

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