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Honor, libros y venganzas

1 Comentario

(San Sebastián, 10 de mayo de 2013)

papillon tuareg cazador de barcos libro

Cuando era muy niño, devoraba libros. Creo que leía más y más rápido de lo que lo hago ahora (que no es poco), y pronto mis padres no daban abasto para alimentar esta afición. Me compraban un libro, cualquiera de los títulos habituales de literatura infantil/juvenil, y no lo soltaba hasta terminarlo en dos o tres días. Eran otros tiempos, sin las distracciones de internet o los videojuegos.

Para tenerme entretenido más tiempo alguien tuvo la ocurrencia de comprarme el ladrillo más grueso que se encontraran en la librería. Me suena vagamente que fue mi abuela quien, cuando yo tenía unos seis o siete años, apareció por casa con El Conde de Montecristo. 1140 páginas entre tapa y tapa.

Creo que casi todo el mundo conocerá lo más básico de la historia: un joven encarcelado injustamente, Edmundo Dantés, al que un compañero de cautiverio, moribundo y medio enloquecido, le confiesa la localización de un tesoro. Tras 14 años encarcelado, Edmundo logra escaparse y comprueba que esa fortuna realmente existe. Se hace con ella y la dedica, íntegramente, a vengarse de quienes provocaron su condena bajo falsas acusaciones para quitarle de enmedio.

Una vez terminado este libro, y como si fuera un yonki de las páginas, asalté la habitación de mis padres en busca de nuevas lecturas. Allí me encontré por casualidad con otro gran clásico de la literatura carcelaria: Papillón. Esta es la historia, en gran parte autobiográfica, de Henri Charriere, alias ‘Papillón’, condenado (según él, también de forma injusta) por asesinato. Papillón es enviado a cumplir condena a las prisiones de ultramar, en la Guayana Francesa, y al igual que Edmundo, su cautiverio dura 14 años en los que protagoniza multitud de intentos de fuga. Algunos, exitosos, le reportan pequeños periodos de libertad clandestina, y otros, fracasados, dan con él en una celda de aislamiento. Pero en todo momento hay un pensamiento fijo que le hace mantener la entereza: salir de allí, regresar a París, y vengarse de quienes le delataron. Es una fascinante novela de aventuras, con la amistad como tema principal.

El siguiente libro que cayó en mis manos fue Tuareg, de Alberto Vázquez Figueroa. Es una historia ambientada en Argelia, y cuyo personaje principal es Gacel Sayah, ‘El Cazador’. Un día aparecen en su campamento dos fugitivos, casi muertos de hambre y sed. Como mandan las leyes del desierto, Gacel les ofrece hospitalidad y protección, pero esa misma noche aparecen unos soldados que matan a uno de los hombres y se llevan al otro. Y para los tuareg la hospitalidad es algo sagrado. Sus códigos de honor obligan a ‘El Cazador’ a hacer justicia por sus huéspedes, lanzándose en una misión casi suicida para rescatar al que quedó con vida y vengar la muerte del otro. Probablemente ésta es la mejor novela de Vázquez Figueroa, como él mismo opina.

El tercer título para adultos que leí se titula El cazador de barcos, de Justin Scott, y acabo de descubrir, escribiendo estas líneas, que sobre este libro publicado en 1978, se está rodando ahora mismo una película. El resumen del argumento: el protagonista, Peter Hardin, disfruta de unos días a bordo de un pequeño velero en alta mar con su mujer, cuando son arrollados por el mayor superpetrolero del mundo, el Leviathan. Ella muere en el accidente, y él -¿lo adivináis?- jura vengarse hundiendo ese petrolero aunque sea lo último que haga. Así, igual que Acab perseguía a la enorme ballena blanca, Peter Hardin se lanza en una implacable persecución por los mares del mundo tras el Leviathan. Esta es probablemente la novela de temática marítima más leída en el mundo tras “Moby Dick”, y dejó en mí un interés bastante grande por la navegación.

Supongo que queda claro el patrón. Luego vinieron otros muchos libros, pero estos cuatro, leídos consecutivamente cuando yo aún no tenia ni diez años, marcaron carácter. Todos estos personajes tienen en común un inquebrantable código de honor. Y el honor -una virtud-, suele traer asociado,  como contrapartida, un defecto: la venganza resulta una obligación.

Estos libros de mi infancia están ahora mismo frente a mi, en una de las estanterías de la casa donde vivo en la actualidad, ya adulto. Conseguí reunirlos y ahora los conservo, creo que un poco a modo de recordatorio, porque de ellos adquirí muchos de los valores bajo los que conduzco mi vida. Y me hacen pensar que pobre de aquél hijodeputa que me la juegue, porque tiene motivos para no volver a dormir igual de tranquilo de ahí en adelante. Porque sé que podré esperar cinco, diez, o quince años, pero no dejaré deuda sin cobrarme.

Categorías: escritores · libros · personal · recuerdos

1 respuesta hasta el momento ↓

  • 1 marmolillo // 15.May.2013 a las 11:42 am

    ¿Si pudieras hacer una llamada telefónica de 30 segundos a tu yo de hace cinco años, qué le dirías?
    La mayoría de las mujeres responden negativamente, cosas que no deben hacer (¡No salgas con Pepe!) y los hombres con actos de venganza (Putea a Pepe).

    La venganza es tan poderosa que se aplicaría hasta retroactivamente, si fuera posible.

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