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Viktor Korchnoi, “el Terrible”

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(Londres, 14 de diciembre de 2010)

viktor korchnoi

Hoy he pasado media tarde contemplando admirado a una leyenda viva, Viktor Korchnoi. Con 79 años, le noté algo más decrépito que la última vez que lo había visto, en la Olimpiada de Dresden 2008. Pero su  energía sigue siendo asombrosa: Viktor estaba presente en Londres nada menos que para ofrecer una exhibición de simultáneas, enfrentándose a 26 oponentes. Tal es su vitalidad que, aunque el comienzo de la exhibición estaba programada para las cinco de la tarde, Korchnoi llegó 10 minutos antes y, ansioso por meterse en faena, empezó a recorrer las mesas una por una antes sin esperar a que los organizadores dieran el pistoletazo de salida. Casi cuatro horas más tarde seguía dando vueltas como un león enjaulado dentro del círculo de mesas, con 20 oponentes aún plantándole cara. Un espectáculo.

El capítulo que le dedico en mi biografía sobre Karpov es uno de los que  disfruté más escribiendo; quizá sea también el que mejor ha quedado. Así que, aunque ya está en el apartado correspondiente al ajedrez, me apetecía rescatarlo también aquí, y releerlo por primera vez desde que lo escribí, hace ya cuatro años.

San Sebastián, 20 de agosto de 2006

Conjurada la amenaza de Bobby Fischer, a finales de los años setenta un nuevo enemigo puso en jaque a todo el ajedrez soviético. Un enemigo si cabe mucho más odiado, pues había surgido en su propio seno y era considerado un traidor: Viktor Luovich Korchnoi.

Korchnoi había nacido en Leningrado el 23 de julio de 1931, siendo el único vástago de un matrimonio de diferencias extremas. Su padre provenía de una acaudalada familia polaca, de orígenes aristocráticos y religión católica, mientras que la madre en cambio era una profesora de piano mucho más humilde, criada en una localidad judía de Kiev. Tras la ruptura de la pareja, cuando Korchnoi no era más que un niño muy pequeño, ambos acordaron que la tutela correspondiese al padre. “Mi madre me dijo en decenas de ocasiones que la gran tragedia de su vida había sido el verse obligada a abandonarme por no tener nada que darme de comer. Su extrema pobreza siempre me impresionó. En su casa no había más que una cama, una silla, y un trozo de espejo. Su piano había sido alquilado durante toda su vida”.

Viktor crece por tanto al lado de su padre –y del hermano de éste-, cuya buena posición económica le permitía dedicarse a ejercer su vocación como profesor de literatura rusa. “Yo recuerdo vagamente viejos muebles, libros antiguos y conversaciones sobre temas diferentes a ‘qué podremos comer en los próximos meses’”, cuenta Korchnoi en sus memorias. Viktor fue bautizado en la religión católica, y gozó de privilegios como tener un profesor particular de alemán, mientras que su tío se ocupaba de inculcarle el amor por el idioma original de su familia: “si no aprendes polaco, no jugaré más contigo al ajedrez”, le amenazaba en broma cuando el niño empezaba a dar sus primeros pasos en el tablero.

Esta privilegiada situación de la que disfrutaban cambiaría drásticamente al poco de la llegada de Stalin al poder, ya que uno de los primeros planes quinquenales establecidos entonces por el régimen arrastraría a la familia a la ruina, y el padre se vería forzado a subsistir como mecánico. Pero esto no sería nada comparado con lo que vendría cuando, en 1941, el ejército alemán invadió Rusia. Viktor había sido evacuado fuera de la ciudad con sus compañeros de colegio, pero la madre, presa del pánico tras haber oído decir que algunos trenes escolares habían sido bombardeados, corre a rescatarlo e inconscientemente lo devuelve al infierno de Leningrado: una ciudad que inmediatamente después se vería convertida en una trampa mortal, sitiada por las divisiones nazis. Tanto su padre como su tío murieron en el frente, y Korchnoi se ve obligado a enterrar también, con sus propias manos, a su abuela y a la hermana de ésta. Con sólo 10 años, Viktor tiene que ingeniárselas para subsistir a este terrible periodo robando cartillas de racionamiento de alimentos entre los cadáveres, y derritiendo la nieve que cubría el río Neva para obtener agua potable. Si fueron muy pocos los niños que consiguieron sobrevivir al temible sitio de Leningrado, resultan menos aún los que lo lograron estando desamparados y completamente solos en el mundo.

A la vista de las circunstancias, decir que Korchnoi tuvo una infancia difícil, que su amor por el régimen soviético no era demasiado, o que la durísima lucha por la supervivencia en su infancia desataría en él ciertas conductas que rozan la paranoia, supone, en el mejor de los casos, quedarse bastante corto.

La continuación del texto puede leerse aquí. En este otro enlace, también puedes adquirir el libro completo. También os aconsejo permanecer atentos a la Editorial Chessy, que pronto editará la traducción al castellano de “Chess is my life”, la autobiografía de Viktor Kochnoi. Y espero que sea una versión actualizada, porque desde que salió la primera edición hasta ahora, Korchnoi ha vivido casi otra vida entera!

Categorías: ajedrez · libros · londres · personajes

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