
Yo soy de un pueblo pequeño de Asturias, y dentro de ese pueblo pequeño, me crié en una pequeña barriada apartada, de apenas doscientos vecinos. Es un lugar donde aun hoy los niños –los pocos que quedan- juegan en la calle sin supervisión, la gente se llama pegando una voz frente a la ventana en vez de por teléfono, y los vecinos, que se conocen todos entre ellos, se juntan a charlar en los bancos cuando cae la tarde.
En una infancia con dos canales de televisión, sin internet ni playstations, pasar los días enteros en la calle, con un balón de fútbol, un bocadillo de mortadela a media tarde, y total libertad para campar a nuestras anchas, era lo más habitual del mundo.
Eran muy pocas las cosas que rompían la monotonía en un ambiente así. De vez en cuando, como mucho, hacíamos una incursión furtiva a algún prao vecino, explorando territorios algo más alejados. Y cuando llegaba el verano teníamos ocasión de hacer alguna cosa más “intrépida”, como jugar al escondite entre los campos de maizales, o ir por las noches a trepar a los cerezos de algún pueblo vecino, volviendo a casa con una sabrosísimo botín: apenas he vuelto a comer cerezas en mi vida, porque ningunas me saben igual que ésas que robábamos al oscurecer.
Como digo, eran muy pocas las cosas que rompían esa apacible monotonía; una de ellas, era la esporádica aparición de un extrañísimo personaje que, siempre a dos ruedas, visitaba el lugar un par de veces al año: el afilador.
Supongo que habrá quien lea esto siendo de ciudad, y quizá no haya visto un afilador en su vida, ni sepa de qué le hablo. Y es que el de afilador es un oficio de origen rural. Un trabajo solitario de gallegos errantes –la mayoría, orensanos-, a los que el campo no les daba para vivir, y se echaban a los caminos con una bicicleta o una moto a la que habían acoplado un esmeril, con una piedra de afilar. Goya incuso les dedicó un cuadro, pero no está en El Prado, sino en Budapest, y no es muy conocido.
Habituales de las ferias y los mercados de pueblo, los afiladores ofrecían sus servicios a carniceros, peluqueros, barberos, y también a particulares. Algunos habían diversificado su línea de negocio, y también arreglaban paraguas. Solían anunciar su llegada a los pueblos haciendo sonar una flautita de tres agujeros, el chifle (¿de ahí vendrá lo de “mercachifle”?), con un soniquete muy característico, de más grave a más agudo, y luego al revés. Ese simple hecho era suficiente de por sí para hacerlos parecer ante mis ojos como personajes sumamente estrafalarios. Pero además, siempre solían irse de mi barrio con las manos vacías, sin haber conseguido un solo cliente: dignamente, con una paciencia de otros tiempos, daban media vuelta con su bici y se iban por donde habían venido, quién sabe en dirección a dónde. ¿Realmente era posible que se ganaran así la vida?
Si les faltaba algo para ser aún más enigmáticos, hablaban un gallego incomprensible, un idioma particular llamado barallete, que tenía como base la jerga de Orense, y del que hay algunos ejemplos en esta web. Probablemente sólo se entendieran entre ellos, aunque, por otro lado, ¿alguien ha visto coincidir alguna vez a dos afiladores?
Y para colmo, les rodeaban mil supersticiones: la principal era la de que traían con ellos la lluvia, supongo que por venir de Galicia. Eso, quizá en la meseta les hacía ser bien acogidos, pero recuerdo que en mi pueblo el sonido de su flauta era recibido con maldiciones, como si con ella estuvieran invocando directamente al mismísimo nuberu.
Cuando me vine a vivir a San Sebastián, después de unos años haciendo el hippy por tierras bárbaras, me llamó muchísimo la atención escuchar una mañana el sonido peculiar de su flauta, y no me podía creer que estos personajes todavía estén dando vueltas por el mundo. Recuerdo que tenía a Andresín de visita en casa, y le hice una observación que ahora, repensada, me parece la mejor definición –y la más literaria- posible: son lo más parecido a un personaje del realismo mágico que me he cruzado en la vida.
Hoy he vuelto a cruzarme con uno, de la que llegaba a casa. A veinte metros frente a mi, echó pie a tierra para acomodar algo en su bicicleta. Estuve muy tentado de aprovechar pararme a hablarle, a preguntarle de dónde viene, a dónde va, qué tal va el oficio. Pero para una de las pocas cosas del mundo actual que aún mantiene algo de misterio, no quise estropearlo. Hay lugares que resulta mejor no visitar, preguntas que vale más que no sean contestadas, y puertas que vale más no abrir, para que lo que hay detrás siga siendo un misterio.
Algo más sobre los afiladores:
La foto utilizada en el artículo es de Sameer Makarius
http://gallegosporelmundo.wordpress.com/2009/04/04/afilador-y-paraguero/
http://blogs.lavozdegalicia.es/globalgalicia/2008/06/03/afilador-en-bicicleta/
http://usuarios.lycos.es/Vacariza/cobacost3.html
http://www.consumer.es/web/es/economia_domestica/trabajo/2008/05/03/176594.php

7 respuestas hasta el momento ↓
1 David Llada // 5.Jul.2009 a las 12:44 am
Añado otro enlace curioso:
http://usuarios.lycos.es/Vacariza/cobacost9.html
Lo curioso, más que nada, es que no sabía que los afiladores habían llegado también a los USA…
2 jesgar // 5.Jul.2009 a las 9:08 am
No sólo pasaban por los pueblos, también por las barriadas de los ciudades porque yo también tengo recuerdos del afilador. Pasaba con más frecuencia que un par de veces al año, en una moto que era la que le hacía funcionar la piedra de afilar mecanizada que llevaba en el transportín y en vez de chifle usaba una armónica o algo parecido que también producía un sonido peculiar, y que además llevaba sujeta a la moto con un palo para poder usarla sin necesitar las dos manos.
3 Magenta // 5.Jul.2009 a las 4:31 pm
Madre mía qué recuerdos me has traído…
Recuerdo perfectamente cómo sonaban ese chiflo, tiruri…riuuuuuu…soñaba con tener uno así!
En el barrio de Vitoria en el que yo viví también pasaba por allí, eso sí parece ser que con mejor clientela porque nunca le faltaba quien le bajaba el cuchillo jamonero o como el día que mi madre (estos encargos siempre se le pedía a los críos) me pidió que bajara las tijeras del pescado a que nos las afilara.
Desde luego que son un oficio en vías de extinción como también lo eran quienes pasaban por el pueblo de mis abuelos comprando colchones de lana o arreglándolos, el que venía con melones de villaconejos, etc…
Y encima si le añades que eran todos gallegos, como bien tu dices lo hace aún más enigmático.
Te prodigas poco escribiendo, pero cuando lo haces, lo bordas.
4 oria // 5.Jul.2009 a las 10:43 pm
Yo los escuché hasta en Manhattan, aunque yo no vivía en Midtown. Ahí me costaría mas imaginármelos. En Soria y en Madrid los he escuchado alguna vez.
5 Roberto Gonzalez // 8.Jul.2009 a las 1:57 pm
Muy agradecido por este artículo y la foto que lo acompaña, yo soy el autor del artículo “afilador en bicicleta” de globalgalicia y te invito a que compartas tambien el blog que he creado y que se llama: gallegosporelmundo en el encontrarás algunas cosas sobre los afiladores y sobre los emigrantes gallegos en general que seguro te interesarán.
Un fuerte abrazo
6 Victor // 12.Jul.2009 a las 5:36 pm
Muy buena entrada, Lladini, a ver cuando cae una sobre ‘Xiris’
7 juan sala // 9.Ago.2009 a las 7:00 am
Gracias por este articulo. Muchos recuerdos de infancia (1980-1987). Pasaba por mi barrio (Santurce, Puerto Rico) el ultimo amolador (como se le conocio al afilador) que existio en Puerto Rico El no usaba bicicleta sino una rueda de madera que empujaba como si fuera una carretilla ,mientras soplaba un pito parecido a la flauta de pan. Gracias
Deja tu comentario