Cuando comuniqué la noticia de que iba a ser padre, empecé a recibir todo tipo de consejos y advertencias. Olvídate de dormir. Ya verás cómo ahora no viajas tanto. Vas aprender lo que es la responsabilidad. Te sentirás esclavo por el resto de tus días. No tendrás tiempo para nada.
Sin embargo, la paternidad me ha traído un regalo inesperado, algo de lo que nadie me había advertido ni mencionado siquiera. Desconozco si es algo común, o lo mío resulta un caso particular, pero merece la pena ser mencionado.
Comenzó aproximadamente al mes de conocer que Cindy estaba embarazada. Tras superar el torbellino inicial de emociones –nervios, alegría desbocada, incredulidad-, mi mente empezó a sosegarse, y continuamente me venía a la cabeza el mismo pensamiento: “Hay que ver lo rápido que pasa la vida”.
Por ejemplo, me asaltaban recuerdos de mi primer día de colegio. “Parece que fue ayer, y antes de darme cuenta seré yo quien esté llevando a mi hija al colegio”, era el tipo de reflexión recurrente.
Sin embargo, estas regresiones comenzaron a ser cada vez más frecuentes. Ya no eran pensamientos aislados, sino prácticamente un nuevo estado mental, una nueva fase. Recuerdos de todo tipo afloraban constantemente. Es como si me hubieran dado una poderosísima píldora de la memoria. Cosas que recordaba, ahora puedo revivirlas de forma muchísimo más intensa, con detalles nuevos en los que nunca me había detenido. Y otros recuerdos han aparecido de la nada, fluyendo desde lo más profundo de la memoria, donde estaban completamente enterrados. Mi reciente visita a Asturias, hace una semana, se convirtió en un bombardeo de estímulos memorísticos, casi hasta el punto de saturarme.
Es increíble la fuerza de la mente humana; la cantidad de información residual que queda registrada en nuestro cerebro, en carpetas olvidadas, que de repente se abren y nos muestran su contenido. Pero habiendo tenido lo que se podría decir una infancia feliz, la sensación general es muy hermosa.

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