Zurich, 19 de octubre de 2008
De todas las descripciones que he escuchado sobre Suiza, la definición más original y afinada se la escuché en una entrevista, hace varios años, a Carlos Sainz. “Es el único país del mundo que ya está terminado”, dijo entre risas el ilustre piloto.
Luego pasó a explicar a qué se refería, pero yo, que acababa de regresar de mi primera visita al país de las vaquitas, había entendido a la primera lo que quería decir. Suiza es un país en el que da la impresión de que todo está hecho ya; no le falta ningún retoque ni queda nada pendiente. Allí no hay zanjas, como en Madrid; no porque no haya obras, sino porque ya las han terminado. No hay farolas fundidas, porque alguien ya se ocupó de cambiar esa bombilla. No hay socavones en las carreteras, ni macetero al que le falten sus flores…
Parece como si unos enanitos invisibles trabajasen sin descanso todas las noches en una constante puesta a punto, y el resultado es que Suiza –sobre todo si se sale de los núcleos urbanos- da la impresión de ser un país de juguete, como una de esas maquetas hechas por fanáticos de los ferrocarriles a las que no les falta detalle. Y todo ello sin dejar de lado que tiene -resulta incluso superfluo mencionarlo- algunos de los paisajes naturales más hermosos de todo el continente.
Sin embargo, los lugareños de este país alpino nunca han sido demasiado populares entre sus vecinos, y de hecho conozco más de un chiste que no les deja en muy buen lugar.
Motivos para esta inquina generalizada la verdad es que no faltan, por más que uno trate de ser benevolente con la historia de esta nación. A Suiza se le echa en cara principalmente su famosa neutralidad durante todas las guerras de las muchas que han tenido lugar a su alrededor, actitud que sería loable de haber sido adoptada por principios. Lamentablemente no fue el caso, y por todos es sabido a estas alturas los medios poco éticos e incluso ilegales por los que el país helvético obtuvo su botín a costa de la II Masacre Guerra Mundial.
Similar actitud refleja su peculiar legislación, en la que el fraude fiscal no se considera un delito, y en cambio la violación del secreto bancario sí lo es (y además, bastante grave). Las intenciones detrás de esta regulación resultan inequívocas, y Suiza es, desde tiempos inmemoriales y por elección propia, una especie de cueva del tesoro, no sólo para defraudadores del fisco (inofensivos y simpáticos la mayoría; todos llevamos uno dentro), sino también para bandidos y corsarios de todo pelaje.
Otro tópico que se suele asociar a Suiza es que es un lugar aburrido donde nunca pasa nada. O quizá sea simplemente que la perfección aburre: que se lo digan a su deportista insignia, Roger Federer, quien en cuatro años y medio como dominador absoluto del tenis mundial, no consiguió ni la mitad del carisma y popularidad obtenida en un par de años por Rafa Nadal, un jugador mucho menos completo pero más “humano”.
Probablemente lo resumió Graham Greene en su guión** para El Tercer Hombre, poniendo estas palabras en boca de Harry Lime -el personaje interpretado por Orson Welles- en la famosa escena de la conversación en la noria:
En Italia, en 30 años de dominación de los Borgia hubo guerras, terror, sangre y muerte, pero surgieron Miguel Angel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza hubo amor y fraternidad, 500 años de democracia y paz y ¿qué tenemos? El reloj de cuco.
**(En este caso podría decirse que fue la película antes que el libro, pues el propio autor indica que desde el primer momento se planteó la historia desde el punto de vista cinematográfico).

1 respuesta hasta el momento ↓
1 marmolillo // 11.nov.2008 a las 6:51 pm
Un artículo excelente.
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