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Derritiendome…

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Valencia, madrugada del 6 al 7 de julio de 2008

Se supone que las cejas, ese asomo de hirsutismo que recubre los arcos superciliares, cumplen una función práctica, al evitar que el sudor que brota en nuestra frente alcance a meterse en los ojos. La puta desgracia es que yo sólo puedo dormir medio ladeado, con el ángulo preciso para que las gotitas de transpiración que se me forman en las sienes vayan resbalando directamente hacia la cara, precipitándose finalmente sobre los párpados, y escociéndome horriblemente cuando abro los ojos por el sobresalto.

En duermevela, casi de forma instintiva, me seco compulsivamente el sudor con el dorso de la mano; apenas he acabado de hacerlo y me estoy reacomodando, cuando otra gotita surge de la nada e inicia de nuevo el asalto. Es una auténtica tortura china; ése es el principal descubrimiento que he hecho después de tres noches en Valencia, y el motivo por el que, resignado, he salido a fumar un cigarro al balcón y me he puesto a escribir esto a las tres de la mañana, a pesar de haber madrugado hoy, y a pesar de tener que madrugar mañana.

He perdido la cuenta de los litros de agua que me meto entre pecho y espalda a lo largo del día; pero de cerveza no son menos de dos o tres. De hecho el zumo de cebada está siendo prácticamente mi único alimento, porque estos calores me han quitado hasta el apetito. Quizá los kilos de más que he acumulado durante este invierno tengan parte de la culpa de que lo esté pasando tan mal: no recordaba haber sudado tanto en mi vida. Me paro a pensar que dentro de dos semanas estaré en Bangkok -incluyendo escala en Qatar- y arranco a sudar más todavía; me pregunto si estaré loco, y si no podré cambiar el billete de avión por otro con destino a Reykjavik.

Me doy cuenta de que la inmensa mayoría de los veranos los he pasado pegadito al Cantábrico donde nací, o bien en otras latitudes donde es más habitual sudar por el frío que de calor. En 2006 pasé algunos días de Julio en Roma; en 2003 una ola de calor acompañó mi interrail por Europa; en el 2000 pasé un inolvidable 1 de agosto en Linares; fuera de eso, tengo poca experiencia con estas temperaturas, y en toda mi vida podría decirse que son contadas las noches que he dormido al lado de una ventana abierta. Estoy resignado ya a mi condición de norteño, y tengo tantas ganas de volver a casa que difícilmente puedo explicarlo: no recuerdo haber sentido nunca tanta morriña tras sólo tres días fuera.

Cabe explicar llegado este punto que estoy desde el sábado en viaje comercial, que se prolongará durante 7 días o más. Con Valencia como campamento base, tendré que visitar varias ciudades del Levante español (Elche, Alicante, Castellón, Murcia…), una zona de la península que conozco sólo de pasada. Pero mucho me temo que por las citadas ciudades tampoco hará fresquito precisamente.

De Valencia no he visto mucho; pero evidentemente es una ciudad donde resulta fácil divertirse el fin de semana (las zonas de marcha ya me las conocía), y muy difícil ponerse a trabajar cuando llega el lunes. Estoy instalado al lado de las universidades, un barrio con sobreabundancia de gente joven, y las chavalas (todas, como si fuese un uniforme) visten los pantalones más cortos que había visto en mi vida: con tanto bronceado todas las piernas parecen bonitas. En la playa de la Malvarrosa (que pisé por primera vez el domingo) el topless es la norma incluso entre las más tiernas adolescentes; sólo de acordarme de lo que he visto por allí empiezo a sudar de nuevo. Pero no me extiendo más en detalles para que Cindy no me corra a gorrazos cuando lea esto, por “ojoalegre”, como me llama ella.

Y que Dios bendiga al que inventó las duchas frías, dicho sea de paso.

Dejo para el final un apunte, que es en realidad lo único importante a decir entre toda esta sarta de delirios de insomne: este viaje me ha permitido reencontrarme con un viejo amigo, mi brother el cubano, a quien hace exactamente tres años yo estaba despidiendo en el aeropuerto de Shönnefeld en Berlín. Muchas, muchísimas vueltas ha dado la vida hasta que una carambola nos ha reunido de nuevo en Valencia. Él con algunas canas más, yo con algo de pelo menos… pero de nuevo experimentando esa sensación tan bonita de que por una amistad de verdad no pasan los años, y de que con algunas personas, da igual el tiempo transcurrido, parece que nos hubiésemos visto anteayer.

Una gota gorda de sudor ha caído ahora desde mi frente yendo a estrellarse sobre el teclado del portátil, redonda y rotunda como un punto y final. Así que aquí lo dejo por hoy: voy a engullir el último litro de agua y regresar al catre. Si veis que no vuelvo a escribir, es porque me he muerto de licuefacción, convertido en un charco sobre el jergón.

Categorías: amigos · valencia

1 respuesta hasta el momento ↓

  • 1 jesgar // 8.jul.2008 a las 1:31 pm

    si prefieres venirte a Atenas y sus noches de ventana cerrada y aire acondicionado …

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