San Sebastián, 30 de abril de 2008
Se nos ha muerto el conejo de una forma un poco sorprendente, casi de la noche a la mañana.
Me desperté un día bastante temprano y salí al jardín a echar un cigarro y de paso abrirle la puerta de la casetita donde lo recogíamos por las noches (para resguardarlo de los gatos del barrio, que lo tomaban por una presa). Normalmente tras la reclusión nocturna salía entusiasmado a dar brincos por el jardín para estirar las patas, así que me extrañó que esta vez simplemente me estuvo lamiendo la mano un rato pero se quedó dentro. Yo tenía sueño y frío, y supuse que el animalillo también, así que no le di importancia. Apenas una hora después –lo que tardé en desayunar- me asomé de nuevo al jardín y me encontré con que ya estaba tieso.
Esto va a sonar muy cursi, pero tal parece como si hubiera aguantado hasta despedirse de mí antes de estirar la pata (en este caso, en singular). Y es que nunca dejará de sorprenderme lo humano que resulta el comportamiento de los animales en algunas ocasiones.
Por ejemplo, me ha hecho gracia constatar que el conejo tenía un “amigo”, un precioso cocker spaniel de uno de mis vecinos. Cuando el perro descubrió que en mi jardín había un conejo, se volvió loco: todos los días se tiraba un buen rato corriendo adelante y atrás por el enrejado que separa mi jardín del callejón que hay detrás. Yo pensé que el conejo iba a cagarse de miedo, pero ni mucho menos: sabiéndose protegido, se ponía todo pavo, yendo a su encuentro y plantándose a un palmo del chucho a vacilarle. Con el paso de las semanas, se acostumbraron el uno al otro, y yo me quedé flipado la primera vez que descubrí al perro dándole lametones a través de la rejilla y meneando el rabo de emoción, mientras el conejo se dejaba hacer con toda confianza. ¿Dónde habían quedado los instintos? Ahora, desde que el conejo no está, el perro se viene a olfatear buscándole frenéticamente, y cuando me ve me mira con ojos lastimeros como si yo le hubiera requisado su juguete.
A algunos de mis amigos les sorprendía que tuviésemos un conejo como mascota; la verdad, era el animal que mejor se adaptaba a nuestra casa y nuestra forma de vida. Yo daría lo que fuera por tener un perro, pero con mis viajes y mis incertidumbres laborales no sería buena opción. En cuanto a un gato, el problema es que toda la casa está decorada con papel pintado, y la respuesta de mi casero ya me la puedo imaginar: habría demasiado riesgo de destrozos. El conejo en cambio tenía todo el jardín para él, no entraba a la casa –salvo que estuviese bajo vigilancia-, no me despertaba con ladridos o maullidos, y necesitaba pocos cuidados. O eso pensaba yo, porque aún no tengo muy claro de qué se habrá muerto. He descubierto que las alpargatas que suelo usar cuando me pongo en plan granjero en el jardín estaban todas roídas, así que supongo que la culpa ha sido de un atracón de goma.


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