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Trasnochar

2 Comentarios

Sé que va a sonar muy infantil, pero tengo que admitir que una de las cosas cotidianas que menos me gustan es tener que irme a la cama: la fatídica hora de acostarse que nos anunciaban nuestros padres cuando éramos pequeños.

Irse a dormir supone dejar de hacer cosas, lo que para mí equivale a resignarse a una pequeña muerte, un paréntesis desagradable durante el que dejamos de vivir. Así, me resisto a ello con todas mis fuerzas, y a lo largo de mi vida siempre he sido un trasnochador impenitente. Tampoco ayuda el hecho de que varias de mis aficiones –leer, ver películas, el ajedrez…- se disfruten mucho mejor en el silencio y la soledad de la noche.

Supongo que es por esto que las últimas horas del día son para mí los momentos de más actividad. Cuando la jornada llega a su fin para la mayoría de la gente –después de la cena-, a mí me entra una especie de arrebato frenético por querer hacer todo lo que no he encontrado momento de hacer durante el día, como si me sintiera culpable por no haberle sacado el debido provecho a éste. Ver esa película que tengo por ahí, ponerme a repasar los apuntes para un artículo, empezar por fin ese libro al que tenía tantas ganas de meterle mano… Cualquier cosa me vale con tal de sacarle un poco más de jugo a la vida antes de –finalmente- aceptar lo inevitable, cerrar los ojos y darle descanso al cuerpo. Escribir en este blog es por ejemplo una de las cosas que suelo hacer en esos últimos momentos de la noche, cuando ya no estoy lo suficientemente lúcido como para hacer ninguna otra cosa de provecho (dicho lo cual sabréis disculparme por cualquier insensatez que pueda soltar por aquí de tanto en cuando).
Quizás sea hiperactivo, quizás sufra de ansiedad. No lo sé. Pero sólo puedo irme a dormir tranquilo cuando estoy verdaderamente agotado, cuando las baterías están bajo mínimos y mi cerebro apenas funciona a la mitad de su rendimiento.

Por culpa de todo esto, mi ritmo de sueño siempre ha sido de chiste. Tengo tendencia a “estirar” los días y normalmente, cuando se me deja a mi libre albedrío y no hay una razón específica que me imponga otros horarios, a 19 horas de vigilia le siguen 7 horas de sueño. Ese ciclo suma 26 horas, pero el día sólo tiene 24. ¿Qué quiere decir esto? Pues que tengo tendencia a acostarme cada día un par de horas más tarde que el anterior –y lo mismo al levantarme al día siguiente. Mi ritmo biológico no se ajusta al ciclo que nos imponen el día y la noche.

La situación llega a su límite cuando me encuentro yendo a la cama a las 7 de la mañana y levantándome pasado el mediodía. Llegado a ese punto de desbarajuse, trato de enmendar las cosas: tomo un desayuno fuerte, un par de cafés, y me decido a no acostarme ese día hasta, al menos, las 8 o las 9 de la tarde (y una vez logrado esto, vuelta a empezar). Ése es mi “día de tránsito”, o de reajuste: al igual que las mujeres tienen la regla una vez al mes, yo tengo –o solía tener, antes más a menudo- mi día de tránsito, en el que estoy irritable y cuelgo el cartel de “no molesten”.

Son las 4:25 de la madrugada, así que ya lo veo venir: en un par de días me toca.

Categorías: chorradas · personal

2 respuestas hasta el momento ↓

  • 1 :-) // 28.Mar.2008 a las 5:16 pm

    Tú eres joven y tus fuerzas permiten ese conflicto de la noche por el día. Existen aún las cuestiones biológicas, donde todo ser humano tiene un horario en que él es más produtivo, el tuyo me parece que es en el periodo nocturno.

  • 2 Wiktorek // 29.Mar.2008 a las 6:19 am

    No podría estar más de acuerdo. Yo me aciuesto siempe después de medianoche y ningún día me lavanto más tarde de las 6:30, incluso durante los fines de semana. En cuanto me despierto –y no necesito muchas horas de sueño — me levanto porque necesito hacer cosas, mis días tienen 25 horas, dicen algunos aquí. Para mí es algo meramente práctico, me gusta vivir así.

    Wiktorek

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