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Experiencias infantiles (II)

3 Comentarios

San Sebastián, 18 de febrero de 2008

[Continúa a partir de AQUÍ]

Un recuerdo que me vino a la cabeza durante esa cena fue que, de no haber sido por mi infantil interés por el funcionamiento del cuerpo humano, probablemente no estaría aquí para escribir estas líneas. Debido a una sucesión de negligencias médicas estuve a punto de diñarla a los 10 años, y es bastante posible que mis propias y rudimentarias nociones de medicina hayan sido una ayuda decisiva para llegar a ver la luz del día siguiente.

El problema empezó por un malestar sin importancia. Me dolía un poco la cabeza, no había comido en todo el día, y mis padres me dieron una aspirina y me mandaron a la cama.

Al día siguiente mi cabeza estaba completamente despejada. Pero en mi primera visita matinal al baño, sentí unas profundas nauseas. Me dieron arcadas y me encontré de repente vomitando sangre, negra y espesa como petróleo.

Mis padres me llevaron a toda prisa al ambulatorio, donde se produjo la primera cagada médica. Mi doctor de cabecera achacó el problema a una muela que por casualidad se me había caído el día anterior. “Habrá tragado sangre durante la noche sin darse cuenta”, zanjó, y me mandó de vuelta a casa quedándose tan ancho.

A la tarde volví a vomitar de nuevo, y con preocupante abundancia. Estaba claro que aquello ya era mucha sangre para una muela. Y un médico amigo de la familia apuntó a lo que yo ya sospechaba: la aspirina que había tomado con el estómago vacío me había causado una úlcera o -más probable por la abundancia del sangrado- una perforación en toda regla.

Me llevaron a toda prisa al hospital, donde ingresé por urgencias. El problema no debería ser tan grave, ni muchísimo menos, como para que mi vida corriese ningún riesgo. Pero aquí llegó la segunda cagada médica: era el dichoso puente de “todos los santos”, y el personal estaba bajo mínimos. Tras tomarme unas muestras me mandaron a una habitación, y ni un solo doctor o ATS se pasó por allí en las siguientes doce horas.

La situación fue yendo a peor durante la noche, con una hemorragia que parecía no detenerse sino ir a más, y sin ningún tipo de atención. Mi madre se fue de mi lado –supongo que para ir a buscar un médico, o simplemente porque no aguantaba más allí-, y me quedé solo. La única persona que se pasaba de tanto en cuando por la habitación era una celadora que venía a limpiar la sangre, y que preocupada por mí me preguntaba cómo estaba y me ofrecía constantemente un vaso de agua.

Cuando uno ha perdido mucha sangre, no os podéis ni imaginar la sed que se siente. La sequedad invade toda la boca y llega hasta la garganta, como si se hubiera estado comiendo tierra. Ni siquiera me era posible pronunciar palabra, pero una y otra vez rechacé con gestos ese vaso de agua. Un arranque de lucidez me había traído a la memoria la recomendación de que a un paciente con una hemorragia interna no se le debe dar de beber bajo ningún concepto, hasta que la hemorragia esté controlada. Y por precaución eso hice.

Resulta difícil afirmarlo con certeza, pero visto que me salvé sólo por los pelos, me parece que haber cedido a la tentación de aquel vaso de agua probablemente me hubiera dado el empujoncito definitivo al otro barrio.

Recuerdo con asombrosa nitidez –dadas las circunstancias- cómo mi cuerpo se fue apagando poco a poco por la pérdida de sangre. Primero las extremidades dejaron de responderme, hasta el punto de no poder mover ni un dedo. Luego, tan de repente como si alguien hubiese apagado la luz, dejé de ver, no sé si porque mi cerebro desconectó esa parte de mi organismo, o simplemente porque se me cerraron los párpados y ya no podía abrirlos. En ese momento asumí con resignación (por pura debilidad, y no por valentía o entereza ni mucho menos) que se acabó lo que se daba, y cuando un ratito después dejé también de oír los sonidos de mi alrededor, recuerdo haberme preguntado infantilmente si aún estaría vivo o ya me habría muerto.

Para cuando por fin un médico se pasó por allí y me descubrió, blanco como un cadáver, yo ya llevaba varias horas inconsciente. Tan pronto como empezaron a tratarme y me hicieron una transfusión mejoré rápidamente, y unos cinco días después me dieron el alta. Había tenido una perforación “del tamaño de una moneda de cinco duros”, pero aparte de la recomendación de evitar cualquier medicamento con ácido acetil salicílico, no me quedó ninguna secuela. Físicas, al menos. Porque una experiencia así a esa edad marca bastante.

Las conclusiones de esta anécdota son tan obvias que no merece la pena extenderse mucho. Dicen que no se sabe lo que se tiene hasta que se pierde, y que no se aprecia la vida en su justa medida hasta que ésta corre algún riesgo serio. Habiendo estado tan cerca de irme a criar malvas con sólo 10 años, siempre he tratado a la muerte con bastante confianza, perfectamente consciente de que la tengo ahí al lado. E imagino que eso ha influido toda mi juventud en la forma desenfrenada en que hago muchas cosas: como si mañana no fuese a estar aquí, porque nadie me garantiza que así vaya a ser.

También, mi terquedad en no aceptar aquél vaso de agua, la tomo como una demostración práctica del tan manido dicho “el saber no ocupa lugar”, ya que nunca se sabe cuándo podremos sacar provecho a conocimientos dispares que, de alguna forma, nuestra cabeza ha conseguido retener.

Categorías: personal · recuerdos

3 respuestas hasta el momento ↓

  • 1 marmolillo // 20.Feb.2008 a las 2:44 pm

    Extraordinaria anécdota, excelentemente narrada.

  • 2 Simpa // 24.Feb.2008 a las 5:31 pm

    Es curioso, yo que viví una situación similar a la tuya cuando tuve la úlcera de duodeno, sería incapaz de hacer una cronología de esos momentos. Simplemente empecé a vomitar sangre, me desmayé y entré en el hospital con 6-3 de tensión. Y nunca me había planteado que pudiera haberme muerto por ello, me acabas de dejar la sensación de que soy un auténtico inconsciente.
    Eso sí, en mi caso el desencadenante no fue un medicamento, sino (supongo) el cumpleaños de Flonchi y una tripada posterior.

    Saludos,
    Simpa

  • 3 David Llada // 24.Feb.2008 a las 8:12 pm

    Hombre, lo mío pasó de úlcera (herida superficial) a una perforación de los tejidos… y aún así no debería haber sido nada demasiado grave de no ser por las circunstancias “especiales” con las que me encontré.

    De todas formas, lo tuyo fue en realidad más peligroso: el cumpleaños de Flonchi! Asistir a eso sí que es de auténticos inconscientes… lo menos que te pudo pasar es haber terminado vomitando sangre ;-)

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