San Sebastián, 31 de enero de 2008
Cuando se desarrolla un trabajo de cara a la galería, como escribir artículos, es bastante común que de vez en cuando te feliciten. Supongo que es justo: a otros (tenderos, médicos, repartidores) les dan las gracias, y a los que proporcionamos información y/o entretenimiento nos dan una palmadita en la espalda.
Personalmente, he llegado a establecer varias categorías de felicitaciones:
1) La de cortesía. Es la más habitual. Normalmente viene de la gente que tienes alrededor y que, aunque no le interese el tema del artículo o no lo haya leído siquiera, se ha enterado de que publicaste algo, o se encuentra tu nombre en el periódico y se alegra por ti.
Es una formalidad como dar los buenos días: dependiendo de la simpatía de la persona te puede resultar entrañable o indiferente.
2) La de los compañeros. Una variedad de la anterior. Entre los que sólo publicamos de forma esporádica, es lo habitual alegrarse cuando un compañero “moja”. En mi caso, que tengo muy buenos colegas, suelen ser felicitaciones sinceras. Pero por lo general tienen el problema de que carecen de sentido crítico.
3) La de la parte interesada. Es la inevitable. La inmensa mayoría de las veces que dedicas un artículo a un tema cualesquiera, hay alguien que sacará partido de ello, por recibir publicidad o por haberle dado voz pública a su causa. Incluso si lo que publicas es un articulo crítico, siempre habrá alguien –una empresa de la competencia, un político rival- que saldrá indirectamente beneficiado.
No digo que algunas, o incluso la mayoría de las felicitaciones de este tipo no sean sinceras. Ni mucho menos. Pero si a uno sólo le dicen “qué bien escribes” cuando has escrito algo que les concierne, pues pierde todo su valor. Estas felicitaciones vale más oírlas -por tu propio bien- como quien oye llover.
4) Las que te pillan por sorpresa. Suelen ser, sin lugar a dudas, las más sinceras, o al menos las que más reconfortan. Puede ser alguien que a través de google lee por primera vez algo tuyo y se decide a escribirte unas líneas. O alguien que te lee siempre y nunca te dice ni pío, pero cuando ve algo que realmente le parece bueno agarra y te da un telefonazo. O casos más extremos, como me sucedió una vez –por poner un ejemplo- con alguien con quien he tenido tantas broncas como es Marcelino Sión, quien sin embargo en un par de ocasiones –una de ellas a mí directamente, y otra a un compañero- dejó caer algunas palabras de halago hacia mi trabajo.
De este último tipo he recibido una esta mañana (y muy afectuosa), por parte nada menos que de Luis Rentero, quien se tomó la molestia de averiguar mi teléfono móvil para felicitarme por un artículo que –y esto es lo que le da valor al gesto- no se refería ni a él ni al torneo de Linares. Pero de esto hablaremos en el blog de ajedrez.

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