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¿Por qué Iraq? (II)

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Oviedo, 20 de diciembre de 2007

Tenía pendiente la continuación a mi anterior post. Ya expliqué cómo surgió la idea del viaje y cómo se fue preparando. Pero me faltaba ahondar en la clave: el por qué.

Hay motivos que resultan obvios para cualquiera que me conozca, y que podrían resumirse en que me va la marcha: “lo emocionante”. Me gusta estar en el meollo de los asuntos, presenciarlos y vivirlos para después compartir la experiencia, en lugar de leer sobre ello en las noticias. Especialmente en lo referente a un lugar como Iraq, sobre el que la cantidad de información es tan grande como la de desinformación.

Resultaba un desafío personal viajar allí para contrastar por mí mismo hasta qué punto esa ventana al mundo que son “los medios” ofrecen una visión distorsionada o directamente manipulada de lo que en realidad estaba sucediendo. Y tomando Iraq como muestra, podían sacarse conclusiones extrapolables a muchos otros asuntos.

Por ejemplo, mientras en los medios se hablaba de que la guerra estaba a punto de empezar, yo pude ver allí el cráter humeante que había creado un reciente bombardeo de un caza estadounidense. O sea, que la guerra de baja intensidad ya estaba en marcha. Y las reyertas particulares entre chiítas y sunitas también tenían sus focos de acción (que la caída de Saddam y el vacío de poder no hicieron más que azuzar después).

Por otro lado, había motivos profesionales. Yo no hice la correspondiente carrera, pero el periodismo se empezaba a perfilar entonces como un trabajo en el que podía tener cierto futuro. Y para aumentar mis posibilidades, necesitaba acumular mientras aún era joven algunos méritos con los que nutrir mi exiguo currículo. Irse a Iraq como freelance con 23 años daba mucho relumbrón - y no menos importante fue todo lo que aprendí allí, trabajando sobre el terreno.

Pero hay un último motivo que me impulsó a hacer ese viaje, bastante más íntimo pero no menos importante y, hasta ahora, menos compartido también con mis conocidos. Y tiene que ver con mi poco apego hacia esa falacia en la que vivimos a la que se llama pomposamente “democracia”.

Siento un absoluto desprecio hacia el sistema de gobierno que rige nuestras vidas. Nunca jamás he votado, porque me parece un acto tan cargado de simbolismo como inútil. Y aunque estas convicciones eran firmes, me causaba cierta sensación de culpabilidad el hablar con mis mayores y escuchar de su boca historias que reflejaban lo mucho que han tenido que luchar para que ahora disfrutemos de una democracia. Sin duda que antes estábamos mucho peor, pero ¿de verdad debemos darnos por satisfechos con el remedo de democracia que existe hoy en día en occidente?

Pensé algo así como que quizá visitar un país que vive bajo una dictadura me permitiría, por el contraste, aprender a apreciar algo más lo que tenemos. Y de entre las opciones disponibles por este castigado planeta, Cuba e Iraq parecían lo que pillaba más a mano. Descartando el país caribeño –demasiado cargado de tentaciones-, y añadiendo a Iraq los incentivos profesionales, la elección estaba clara.

La cuestión es: tras haber visto por dentro cómo es un país sometido a una dictadura, ¿aprendí a valorar la democracia que tenemos?

Me temo que aún hoy, tras haber pasado casi cinco años de aquello, sigo sin poder dar una respuesta clara a esa pregunta. Evidentemente allí las cosas eran mucho peor, y la falta de libertad y la pequeñez de las personas frente al autoritario sistema que les gobernaba resultaba dramática. Pero viendo el rumbo que están tomando las democracias occidentales, con Estados Unidos a la cabeza, las diferencias me parecen cada vez más irrelevantes y las similitudes más preocupantes. Y valga como ejemplo el hecho de que, tras mi visita a Iraq, yo mismo pasé a ser por un tiempo un sujeto sometido a observación por esa entelequia que son “los servicios de inteligencia”. Al menos los de un país - y no descarto que hayan sido los de dos.

Categorías: iraq · prensa · recuerdos · trabajo · usa · viajes

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