San Sebastián, 24 de noviembre de 2007

Se nos ha muerto Fernando Fernán Gómez, una persona que me caía bien a pesar del personaje; ese papel de colérico cascarrabias que se había creado como escudo – y que parece que llegó a creerse. Y me caía bien porque en general tengo debilidad por todos aquellos ancianos que llegan a esa edad con la lucidez y agudeza de pensamiento intactas, logrando conjugar el ingenio con la sabiduría. Pero sobre todo, por el respeto que me merecen quienes consiguen mantener –cuando ya han llegado los éxitos, la fama, los premios y homenajes- la coherencia con los principios que han defendido durante toda su vida. Un punto este último que no es tan habitual como debería: la edad y el acomodamiento hacen estragos, y podríamos citar mil ejemplos.
Dejando de lado esta cierta simpatía -que era imposible obviar-, admiro mucho su obra, que es sobresaliente en todas las ramas. Para empezar, como actor: es evidente que para que un tío con esa nariz y esa voz (“él fue toda nuestra posguerra el chico feo y largo con hambre de novia”, decía de él Umbral) llegue protagonizar 200 películas, algo tiene que tener. Y ese algo era el talento con el que Fernando se desenvolvía delante de las cámaras.
Hay una película suya de la que yo no había oído hablar en la puta vida, hasta que me la hizo descubrir un buen amigo el verano pasado: “El Anacoreta”, de un tal Juan Estelrich que parece que dejó el listón tan alto que no se animó a dirigir gran cosa más. Y quiero aprovechar para recomendarla desde aquí, por si queda algún despistado como yo que aún no sepa lo que se pierde. Se trata de una película que roza el surrealismo tanto en su argumento como en sus diálogos, y sorprende que algo tan disparatado e innovador haya podido rodarse en España en 1976. Grosso modo, la película trata de un hombre que ha decidido vivir para el resto de sus días entre las cuatro paredes del baño de su casa: allí come, duerme, se asea (por supuesto) y recibe a sus amigos, con los que departe y juega a las cartas. Su única comunicación con el mundo exterior -aparte de estas visitas- consiste en escribir mensajes, introducirlos en una botella, y lanzarlos por el retrete.
Quizá no sea su mejor actuación; eso es difícil de decir. Pero desde luego tiene que haber sido una de las más difíciles, por lo restringido del espacio en el que transcurre toda la acción. Es decir: toda la dificultad y el desafío de una actuación teatral, pero sin la cercanía que el escenario concede al público. Bajo esas condiciones tan exigentes, Fernando lo borda y lo llena todo con su presencia, cautivando a la cámara y consiguiendo que la película, que fácilmente podría haber sido un tostón de no contar con él, resulte una obra maestra. Esta actuación le valió el Oso de Oro en la berlinale de ese año.
PS: Alguna recomendación más, ya que hemos empezado: En Vitoria mi buen amigo Jesús Boyero, gran cinéfilo, me dio algún punto de vista nuevo sobre otro de las “clásicas” obras de Fernando: Su “Viaje a ninguna parte”. Y eso me animó a verla otra vez, cosa que hice aprovechando los días de reposo que me tomé a la vuelta. Genial, y muchos de los que como yo hayan llevado una existencia errante durante alguna etapa de su vida se sentirán muy identificados.
PS2: “El ascensor de los borrachos” es un libro que he desempolvado para ponerme a leer y que, por el título, también hará sentirse identificadas a ciertas personas que yo me sé. Por si hiciera falta refrescar memorias, daré un par de coordenadas: Manacor 2001, 23º cumpleaños del menda.

1 respuesta hasta el momento ↓
1 Patty // 25.Nov.2007 a las 2:45 pm
Por alusiones…
xDDDDDDDDDDDDDDD
¿Qué quieres? Nunca he sido una gran cinéfila, así que me ha interesado más la reseña bibliográfica…
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