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Anton Chejov y su dama del perrito

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Oviedo, 9 y 10 de Mayo de 2003

Lo de juntar palabras -sin ninguna brillantez, pero con bastante soltura- se me da bien desde muy jovencito. Sobre todo cuando el tema me interesa o me motiva de alguna forma. Así, muchas veces he acabado ocupándome de hacer trabajos o redacciones para terceras personas. Algunas veces por encargo (puro mercantilismo), y otras porque quien me lo pedía era tal o cual novia, agobiada en época de exámenes, y a la que no me costaba nada echarle una mano (académicamente hablando, se entiende). Todas han sido de letras, y por eso delegaban en mí con confianza: lo que no saben es que en una de éstas les pasaré cuentas por las asignaturas que les he aprobado, y cogiendo una de aquí y otra de allá, quizá me llegue para hacerme yo una licenciatura completa.

Este trabajo en particular lo hice para la que fue mi novia durante dos años, estudiante de filología, que necesitaba entregarlo como parte de sus tareas en la asignatura de Literatura Rusa. Chejov siempre ha sido uno de mis cuentistas preferidos, y tener que hacer un comentario de texto sobre él, sobre su estilo y sus recursos narrativos, fue casi más una cuestión de placer que un trabajo. El cuento completo, por si no lo habéis leído, podéis descargarlo en www.cuentosparaebook.com en los formatos PDF, MOBI y EPUB.

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Anton Chejov:
La dama del perrito, un título nada casual

El escritor y crítico literario Richard Ford sostiene que los cuentos de Chéjov son “impenetrables para los jóvenes corrientes”, debido a que nos muestran “sentimientos maduros” y sutilezas de las que no es fácil apercibirse. Según esta interpretación, apoyada por otros muchos autores, se requiere haber saboreado sensaciones como la soledad, la resignación, o la desesperanza, para identificarlas y poder comprender toda la melancolía encerrada en los relatos de Chéjov, ya que éstos están llenos de “experiencia de la vida” [1].

De acuerdo con los defensores de estas teorías, Chéjov habría acumulado todo este conocimiento sobre la condición humana a través de la práctica de la medicina, que le permitió mantener trato con personas de toda condición: ancianos, campesinos, gente humilde…

Supongo que esto es así, y aunque yo he disfrutado enormemente de su lectura en una etapa reciente de mi juventud, estoy de acuerdo en que la relectura de sus obras a una edad más madura quizá pueda hacerme apreciar otros matices de sus relatos que ahora seguramente habré pasado por alto.

Para desarrollar este trabajo sobre Antón Chéjov, he elegido centrarme en uno de sus cuentos más famosos, La dama del perrito. Aparte de ser posiblemente el más conocido, me parece uno de los cuentos más característicos del autor ruso, tanto por la temática escogida como por su estilo narrativo y, sobre todo, por los recursos técnicos que Chéjov aplica en él.

Hay quien ha definido a Chéjov como “el maestro del cuento que no tiene trama argumental”. Sin ir tan lejos, lo que podemos afirmar es que Chéjov narraba historias que podrían parecer corrientes o insulsas, pero lo hace con tal maestría que consigue que nos maravillemos con su forma de describir situaciones y sensaciones cotidianas.

La dama del perrito es un buen ejemplo de esta característica chejoviana. Es una historia que no contiene ningún acontemiento extraordinario; los personajes, no son ni héroes ni villanos, sino personas con una existencia corriente, incluso diríase aburrida. Los principales elementos argumentales de esta historia de amor podrían ser el sexo, el adulterio, o el desenlace de la historia… y lejos de explotar su dramatismo, lo que hace Chéjov es pasar muy de puntillas sobre estos asuntos, entreteniéndose aparentemente en detalles nimios, que sin embargo acaban conformando la mejor descripción posible de los ambientes en que se mueven los personajes, y de los verdaderos sentimientos de éstos.

Básicamente, La dama del perrito es un pequeño ensayo sobre cómo surge el amor entre dos personas, desde el punto de vista un tanto particular que tenía Chéjov de este sentimiento. Para él, el amor nace a partir de una especie de tristeza o de compasión hacia la persona amada. Por ejemplo, me parece reveladora la enternecida descripción que hace Chéjov de una joven por medio del narrador de su cuento Las Bellezas:

“Esa belleza me producía una sensación un tanto extraña. No era deseo ni éxtasis ni goce lo que Masha despertaba en mí, sino una tristeza dolorosa pero grata. Era una tristeza vaga e indefinida como un sueño. Por alguna razón me compadecía de mí mismo, incluso de la propia muchacha… y tenía la impresión de que todos hubiéramos perdido algo importante y esencial en la vida que nunca volveríamos a encontrar.”

Un sentimiento parecido es el que le inspira Anna Sergéyevna a Dmitri Gúrov, protagonistas del relato que nos ocupa. Por ejemplo, tras su primera conversación con la solitaria dama del perrito, Gúrov piensa en ella al acostarse:

“Recordó su fino y débil cuello, los hermosos ojos grises. ‘De todos modos, hay algo en ella que inspira compasión’, pensaba antes de comenzar a dormirse.”

Como se puede ver, se trata prácticamente de la misma idea en ambas citas. Pese a que Chéjov se suele mostrar más bien escueto en adjetivos cuando realiza una descripción (prefiriendo optar por otros recursos narrativos), en este caso no elude hacernos la observación de que el cuello de Anna es “fino y débil”, acentuando así su imagen de fragilidad.

También contribuye a reforzar esta impresión en el lector la anécdota de la pérdida que sufre la protagonista un día que se acerca por el muelle, hecho relatado con extrema sencillez: “La señora extravió los impertinentes entre la muchedumbre”. Este pequeño detalle hace las delicias de Nabokov en sus comentarios sobre la obra: “eso, dicho así, tan de pasada, sin ninguna influencia directa sobre la historia, sin un simple comentario, de algún modo encaja con ese patetismo desvalido del que ya hemos hecho mención”, dice en su Curso de Literatura Rusa. Todo esto forma en conjunto la imagen de una mujer vulnerable, que inspira esa compasión y esa melancolía por las que Chéjov parecía tener predilección.

Por otro lado, en varias de las reseñas sobre La dama del perrito que he tenido ocasión de leer durante la preparación de este trabajo, creo que se ha exagerado la importancia de que se trate de un amor adúltero. Evidentemente, la infidelidad es un tema destacable dentro del relato, pero ni mucho menos el principal.

En mi opinión, sólo hay un fragmento del cuento que sí se centra en este asunto, e incluso podría recordarnos a la gran novela sobre el adulterio escrita en el siglo XIX, Madame Bovary. Se trata de la escena en que Anna Sergéyevna cae momentáneamente en el arrepentimiento, tras su primer encuentro íntimo con Gúrov, e intenta excusarse ante su propia conciencia por lo que ha hecho. En una especie de monólogo (“A Gúrov le aburría escucharla”, apunta el narrador) dice de sí misma que se casó demasiado joven; que aunque su marido es bueno, es “como un lacayo”; y que después de casada, comenzó a torturarle la curiosidad por todo, el deseo de “otra vida”, hasta convertirse en una sensación abrasadora: Tormentos muy parecidos a los de Emma Bovary en la genial obra de Flaubert.

Todo se comprende mucho mejor si tenemos en cuenta el poco crédito que daba Chéjov al matrimonio como institución. Él mismo no se casó hasta cumplidos ya los 41 años, algo muy inusual en su época, y si lo hizo (con Olga Knipper, una joven actriz) fue posiblemente porque ya veía próximo el fin de sus días: moriría escasamente tres años después. También, en una carta a un amigo, Chéjov emitió algo así como una declaración de principios de su mundo personal. Sostuvo que “la medicina era su esposa y la literatura su amante”: cuando se cansaba de una pasaba la noche con la otra, y así “lograba mejorar la relación con ambas”. Hablaba de trabajo en estas afirmaciones, pero el símil elegido es muy revelador al respecto de sus puntos de vista sobre el matrimonio.

En relación con esto, un asunto que me resultó curioso es el papel en esta historia del perrito, cuyo protagonismo me he detenido a estudiar detalladamente. Paradójicamente, en la historia del arte, este animal siempre ha simbolizado la fidelidad. Sobre todo, en las obras pictóricas: hay multitud ejemplos en la pintura flamenca de parejas de recién casados que se hacían retratar junto a un perro como expresión de su juramento de permanecer fieles.

Sin embargo, resulta evidente que éste no es el caso. En este relato el animal es, ya desde el comienzo (¡o desde el mismo título incluso!), un elemento que sirve para caracterizar a la joven mujer que pasea sola por el malecón de Yalta. El hecho de que su compañero de vacaciones sea un perrillo, en lugar de su marido, ya presenta a Anna como una persona que está sola y desamparada. Más aún, gracias a la reiteración, el perro se convierte en un atributo a través del cual Chéjov consigue crear las trazas principales de su personaje en sólo dos párrafos, los dos primeros del relato:

“Decían que por el paseo marítimo había aparecido una cara nueva: una dama con un perrito. Dmitri Dmítrievich Gúrov, que llevaba en Yalta dos semanas y ya se había hecho al lugar, también empezó a interesarse por las caras nuevas. Sentado en la terraza del Pabellón Verne, vio avanzar por el paseo a una señora joven, una rubia de mediana estatura, con boina; tras ella corría un ‘lulú’ blanco. Más tarde se la encontró varias veces en el parque de la ciudad y en la glorieta. Paseaba sola, siempre con la misma boina y el ‘lulú’ blanco. Nadie sabía quién era y la llamaban simplemente ‘la dama del perrito’”

Con estas palabras se presenta la historia, lo que hace a Richard Ford calificar el comienzo de este cuento como “breve, complejo, y sin embargo directo”. Todo un ejemplo de economía narrativa, ya que es difícil decir más sobre un personaje de forma tan sutil y con tan pocas palabras. Y nos hace asimilar ya de entrada que “la dama del perrito” es una forma indirecta de decir “la dama que se siente sola”, un detalle que creo que cobra mucha importancia más adelante.

El perrito cumple también una función destacable en el acercamiento entre Gúrov y Anna. El primero, a quien el narrador ya nos había presentado como un hombre dado a las aventuras extraconyugales y experto conquistador, atrae con carantoñas al animal, para después provocarle un gruñido. De esta forma, aparte de causar el azoramiento de la joven mujer, la forzaba a excusarse, lo cual permitía a Gúrov mostrarse amigable con ella y comenzar una conversación; no era ninguna otra cosa la que pretendía.

Y aquí viene un detalle que me parece crucial en la estructura del cuento: A partir de este momento, una vez desempeñado su papel, no vuelve a saberse más del perrito durante la parte del relato que transcurre en Yalta (todo el segundo capítulo). Desaparece por completo de la acción, y ni siquiera sabemos si el animal acompañaba a la pareja en sus numerosos paseos, que por lo demás quedan profusamente descritos. Tampoco se le menciona cuando Gúrov despide a Anna en el tren; no sabemos si el lulú va en brazos de su dueña, como sería imaginable. El narrador, tan detallista en otras cosas, pasa por alto la presencia del animal, de una forma tan sospechosa que yo interpreto que es deliberada.

Si a través de la exposición anterior llegábamos a la conclusión de que el perro simbolizaba la soledad de la protagonista femenina, siguiendo la misma línea argumental podemos aventurar que la ausencia del perro que se produce tras el contacto entre ella y Gúrov significa que su sensación de desamparo ha desaparecido. Dicho de forma aun más breve: el perro es la soledad de Anna, y tras la aparición de Gúrov, la soledad de Anna se esfuma de repente.

Esta hipótesis que sostengo también encajaría con el estílo típico de Chéjov, quien comunica tanto con lo que dice como con lo que omite: en este caso, la ausencia del animal es una forma de hacernos sentir que Anna ya no estaba necesitada de compañía, porque había encontrado a una persona con quien compartir su vida.

La reaparición del lulú no se producirá hasta el momento en que Gúrov decide viajar a la ciudad de su amada, para tratar de localizar su casa gracias al apellido poco corriente del marido de ésta. La aparición fugaz del perrillo, esta vez sacado a pasear por una viejecita, le confirmaba a Gúrov que la casa ante la que estaba era efectivamente la de Anna Sergéyevna. Allí era donde la mujer a la que él amaba trataba de mitigar como podía su soledad, tocando el piano. De nuevo, la visión del perro viene ligada a una estampa melancólica, reflejo de la soledad de la joven esposa:

“[Gúrov] continuaba paseando por la calle y esperando junto a la cerca aquella ocasión [de encontrarse con Anna]. Desde allí vio cómo un mendigo que atravesaba la puerta cochera era atacado por los perros. Más tarde, una hora después, oyó tocar el piano. Sus sonidos llegaban hasta él, débiles y confusos. Sin duda era Anna la que tocaba. De pronto se abrió la puerta principal dando paso a una viejecita, tras de la que corría el blanco y conocido ‘lulú’. Gúrov quiso llamar al perro, pero se lo impidieron unas súbitas palpitaciones y el no poder recordar el nombre del ‘lulú’.”

Por último, y una vez repasadas las características más representativas de este relato, es necesario detacar el final del cuento, que también responde a lo habitual en multitud de obras de Chéjov. Se trata de un final completamente abierto, indefinido, en el que el autor no nos da la más mínima orientación sobre el destino que aguarda a los amantes:

“Y les parecía que pasado algún tiempo más podría encontrarse una solución, y que entonces empezarían una vida nueva y maravillosa; y ambos veían claramente que el final estaba todavía muy lejos, y que lo más complicado y difícil no había hecho más que empezar.”

Es obvio que, aunque las palabras concluyen, en la imaginación del lector la historia no termina. Y es que, como apunta Nabokov sobre este final predilecto de Chéjov: “mientras las personas sigan vivas no hay conclusión posible y definida de sus conflictos, sus esperanzas o sus sueños”.


BIBLIOGRAFÍA:

A. CHÉJOV: Cuentos imprescindibles. Edición y prólogo de Richard Ford. Ed. Debolsillo. 2003, Barcelona. Traducción: Ricardo San Vicente.

A. CHÉJOV: La sala número 6 y otros cuentos. Ed. Aguilar. 1967, Bilbao. Traducción: Luis Abollado, A. Aguilar, E. Podgursky.

V. NABÓKOV: Curso de Literatura Rusa. Ediciones B. 1997, Barcelona. Traducción: María Luisa Balseiro.

V. LÓPEZ QUESADA: Chéjov: El brillo perdido y la apatía existencial. Artículo publicado en la revista digital de cultura “Sitio al Margen”.

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Estoy bastante satisfecho del resultado. No es un comentario “formal”, del tipo “autor-narrador-personajes-tema-estructura”, y además me temo que pequé de breve. Pero me pareció mejor omitir lo que me resultaba obvio, y centrarme en cambio en lo que consideraba más característico y más interesante de la obra a tratar. En pocos párrafos creo que demuestro un buen dominio del autor y su estilo, contextualizado con referencias a otras de sus obras, a detalles de su vida personal, y citas de diversos críticos que han analizado las técnicas narrativas de Anton Chejov. Y la teoría de que el perrito simbolizaba la soledad de la protagonista (siendo un recurso para caracterizarla), me sigue pareciendo correcta ahora que lo releo. Haber aportado una observación original, en un comentario de texto sobre un autor tan estudiado como éste, no resulta fácil. Por eso no quedé del todo conforme con el notable que me cascaron.

Categorías: libros · personajes · personal

11 respuestas hasta el momento ↓

  • 1 oria // 28.ago.2007 a las 9:13 am

    jeje, me ha encantado la última frase. Ante todo tu muy digno, el notable es tuyo no de tu ex.

  • 2 David Llada // 28.ago.2007 a las 10:15 am

    Hombre, faltaría más! Lo mismo que mi aprobado en Física de segundo de BUP no es mío, sino de mi vecino de la mesa de al lado, que aún me lo recuerda cada vez que me ve ;-)

  • 3 Anonymous // 11.sep.2007 a las 11:41 am

    Te invito a ver un corto amateur basado en un cuento del Chejov:

    http://7potosi.blogspot.com/search/label/El%20talento

  • 4 David Llada // 11.sep.2007 a las 11:08 pm

    Gracias por el enlace!

    Ahora mismo estoy de viaje (y robando wifi por ahí), pero en cuanto llegue a casa lo veré.

    Saludos y gracias de nuevo,
    David

  • 5 David Llada // 19.sep.2007 a las 9:05 pm

    Mensaje privado: ¿Qué hace alguien del MIT leyendo una página como ésta? Da saludos, hombre!

  • 6 José María Sánchez-Ros Gómez // 22.ene.2009 a las 12:18 pm

    Sobresaliente. Me ha servido mucho para hacer una reseña en tertuliaporvenirxxi.blogspot.com.
    Gracias.

  • 7 mercedes // 30.may.2009 a las 2:11 pm

    muy interesante vuestro comentario, estoy realizando un taller literario y estamos estudiando chejov. desde argentina un saludo.

  • 8 Isabel // 25.mar.2011 a las 3:28 pm

    Hola, me gustó mucho tu comentario sobre el cuento. Ahora mismo estoy realizando un taller sobre cuento e internamente he hecho la misma conjetura que tú: el perro es la soledad de Ana. Yo misma abrazo a mi perro cuando me siento sola o desamparada. Es un gran consuelo. Curioso ¿no? Saludos desde México, Isabel.

  • 9 David-Moisés // 6.nov.2011 a las 7:06 am

    Hola, tocayo. Me gustó tu trabajo.
    Saludos.

  • 10 eva elisa michel // 12.feb.2013 a las 1:12 pm

    hola alguien me podrá decir el nombre de la pelicula donde menciona la novela de la dama del perrito? muchas gracias.

  • 11 Alejandra // 22.ago.2013 a las 5:08 pm

    Sé que la novela se menciona en la película “The reader” protagonizada por Kate Winslet, Ralph Fiennes y David Kross muy buena por cierto, como también lo es el análisis de la novela aquí presente. Saludos!!!!

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