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Las manos del carpintero

3 Comentarios

San Sebastián, 13 de abril de 2007

Esta mañana he tenido en casa al carpintero, reponiéndome parte del piso de la habitación que habíamos tenido que levantar por culpa de una fuga de agua. A las 8 de la mañana nos sacó de la cama, el cabrón.

Da gusto observar a cualquiera que haga bien su trabajo. Pero si el profesional en cuestión es un carpintero, para mí se convierte en auténtico placer. No es que yo sea un bricomaníaco precisamente, pero me parece uno de los oficios más bonitos que existen.

El tío que vino por aquí esta mañana tenía las manos destrozadas –conozco pocos carpinteros que conserven sus diez dedos completos-, pero hay que ver la eficiencia y rapidez con que las usaba, y la inteligencia con la que iba encontrando soluciones para una reparación que se presentaba bastante complicada. Sus honorarios no sé si los pagaba mi casero o su compañía de seguros, pero si llego a ser yo el que tuviese que aflojar la tela, le habría dado una buena propina. Lo que es más, hasta le perdoné haberme hecho madrugar por el entretenimiento que me produjo observarle haciendo su trabajo.

Ya he dicho varias veces que no tengo mucho aprecio por las instituciones educativas. A mí (que me enseñaron a leer y escribir en casa) las aulas por las que pasé me parecían, más que nada, jaulas donde mantener neutralizados a los niños durante ocho horas al día para que no entorpezcan la productividad de sus progenitores (no vaya a ser que esto del capitalismo se nos vaya al garete por culpa de unos críos revoltosos).

Una de las carencias que le veo a los programas educativos convencionales es precisamente el que a los niños no se les enseñen cosas tan básicas como manipular materias primas, transformarlas y crear con ellas: Cosas como cultivar un huerto, construir una mesa… Lo sé muy bien porque hace años trabajé unos meses en una especie de granja-escuela, donde cada mañana nos visita un colegio distinto de Oviedo para que les metiéramos en el cuerpo una dosis de contacto con la naturaleza. Y las pobres criaturas alucinaban por cosas tan simples como ver un riachuelo, plantar un arbolito, o palmear el lomo de una vaca.

El resultado de esa educación desnaturalizada son unos adultos desvalidos, incapacitados para cualquier tarea relacionada con proveerse un techo, alimento o, incluso en algunos casos extremos, hasta para cocinárselo. Que los dioses no lo quieran, pero si algún día esta civilización desemboca en un apagón tecnológico, la mitad de la población (la del hemisferio norte, principalmente) se nos muere de hambre o de frío. Y no por falta de recursos, sino por gilipollas.

Yo, por si acaso, estoy sembrando estos días unas tomateras en el jardín, ya tengo decidido qué parcela dedicaría a sembrar patatas, y por si las cosas se ponen crudas de verdad, siguiendo la recomendación del sabio mestébanez, me he comprado el Manual del Aventurero, de un tal Rüdiger Nehberg. Porque, ¿quién sabría encender un fuego en caso de necesidad?

Categorías: personal · sociedad

3 respuestas hasta el momento ↓

  • 1 Carmen // 13.Abr.2007 a las 12:09 pm

    Calla, calla, que se me ha ocurrido arreglar el patio (el de las arañas), tengo a los albañiles aquí, y me han contado cada albañil aficionado que es la pera…Gente que se pilla una silla mientras enlosan…para gustos los colores jejejej

  • 2 mestebanez // 13.Abr.2007 a las 2:43 pm

    Gracias por la mención. Espero que te guste el libro.

  • 3 oria // 18.Abr.2007 a las 1:34 am

    Ponte rápido con las patatas que se están encareciendo un montón, además no hay que hacerlas casi caso. Como le cojas gusto ya verás, mis padres están super entretenidos.

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