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La cara oculta de trabajar en casa

8 Comentarios

San Sebastián, 6 de febrero de 2007

Una de las ventajas de ciertas profesiones liberales es la de poder trabajar a distancia. Todos mis amigos me expresan su envidia cuando les cuento que ahora mismo, salvo por los viajes puntuales, trabajo así, desde casa. Y yo soy el primero en admitir que tiene muchas más ventajas que inconvenientes.

El pro más notable es que no hay que desplazarse cada día a una oficina, con el consiguiente ahorro de tiempo. Tampoco puedo decir que cuando vivía en Londres y me tomaba 45 minutos llegar al trabajo me importase mucho: mientras iba en metro aprovechaba para leer o meditar sobre la inmortalidad del cangrejo, así que no era tiempo totalmente perdido. Pero también es verdad que se me ocurren cosas mejores en qué emplearlo.

Por supuesto, otra gran ventaja es no tener que salir a la calle en días como hoy, que caen granizos como garbanzos. Si a uno le da la gana puede pasarse el día en pijama y zapatillas; ni hablar de afeitarse cada día y hacerse el nudo de la corbata por las mañanas. Poder tomarse un cafecito que no sea de máquina, escuchar la música que te guste sin tener que ponerse auriculares, flexibilizar los horarios… A simple vista no es que parezca bueno, sino que se antoja ideal.

Sin embargo trabajar en casa tiene también un inconveniente muy serio que no sale a la luz hasta que convives con alguien más. Sobre todo si es con alguna persona que no tiene un trabajo fijo ni obligaciones, y que como es obvio no va a pasarse todo el día en la puta calle (no digamos ya si es mujer, y si es uno de esos marcados en rojo en el calendario).

Bajo esas circunstancias, currar en casa puede convertirse en una situación bastante frustrante, tanto para el trabajador como para quienes le rodean. Hay que tener mucho cuidado de que no se produzcan roces que deterioren la relación. Os voy a explicar por qué:

Yo ya tengo interiorizada una fuerte disciplina: soy muy consciente de que aunque esté en casa, tengo tareas con las que cumplir, y me mantengo vigilante y alerta contra la relajación y las tentaciones. Sin embargo, no puedo pretender –lógicamente- que las personas que están a mi alrededor mantengan el mismo nivel de alerta, de vigilancia. A veces se les escapan comentarios o actitudes que a mí me resultan frustrantes.

La situación más típica es que quienes tienes alrededor no asuman que estás trabajando. Esto me ocurre con frecuencia cuando estoy de visita en casa de mis padres: Siempre llevo mi portátil, y allí tengo una habitación/despacho con conexión a internet y todo lo que puedo necesitar. Pero siempre, invariablemente, soy bombardeado con invitaciones a que me vaya a comer con ellos fuera, o regañinas porque no he ido a visitar a tal o cual pariente… y ellos no pueden comprender que llegue un momento en que tantas invitaciones a hacer esto o lo otro lleguen a hartarme. Siento como si mi trabajo no fuese tomado en serio. O como si las personas a mi alrededor abusaran de la flexibilidad de la que disfruto, tomándose más libertades ellos con ella que yo mismo.

Otra situación típica es que acabo fácilmente quedando como un borde. Por ejemplo, me pasaba mucho con una compañera de piso temporal que tuve este verano aquí en Donosti, y que parecía venir de la tierra de jauja. No le entraba en la cabecita que a mí –que me distraigo con el vuelo de una mosca- no me gustase que pusiera música durante el día, o que no le diera palique cuando volvía contándome los trapitos que había estado mirando en las tiendas esa mañana. Cindy tampoco lleva nada bien que durante X horas al día –pueden ser 5, 8, o hasta 12- yo esté en casa pero ignorándola, concentrado o absorto en lo que estoy haciendo (no digamos ya –repito-, si es uno de esos días marcados en rojo en el calendario).

A veces sucede justo lo contrario: que me reclamen que me paso trabajando todo el día. Que lo primero que hago al levantarme, y lo último antes de acostarme, es sentarme frente al ordenador. Y entonces parece que yo soy el único consciente de que me he levantado a las 11; que después de comer he estado más de una hora tirado en el sofá viendo un documental; que me he dejado entretener charlando por el Messenger… y que, en resumen, tendré que trabajar hasta un poco más tarde para recuperar el tiempo perdido por exceso de relajación.

Un último factor que complica aún más las cosas es cuando parte de tu trabajo consiste en seguir las noticias, leer ciertos libros o revistas, o –como está siendo mi caso últimamente- leer la prensa deportiva y ver retransmisiones de fútbol o tenis, simplemente porque tienes que estar enterado de lo que pasa. Eso me comentaba mi compañero Leontxo que también le pasaba muy a menudo cuando tenía que ver partidos de balonmano grabados. Los comentarios del tipo “¿por qué no dejas ya el dichoso partido y nos vamos a cenar fuera?” (por poner un ejemplo) son constantes. Y la frustración se acumula hasta el punto de hacerte sentir cabreado.

Por eso, en días como hoy –de mucho trabajo, y marcado en rojo en el calendario-, desearía tener una oficina. Y estar allí de 9 a 5 de la tarde. Y que en esas horas la gente que me rodee en esté en mi misma situación, con la opción “socializar” en modo off y la de “trabajar profundamente concentrado” funcionando.

PD: Y a pesar de la frustración, y del cabreo, aún puedo dar gracias: Cindy es una persona tremendamente comprensiva. Y estoy seguro que dentro de 2 o 3 horas volverá a hablarme.

Categorías: personal · trabajo

8 respuestas hasta el momento ↓

  • 1 marmolillo // 6.Feb.2007 a las 8:29 pm

    Buen artículo.

  • 2 Avro // 7.Feb.2007 a las 11:01 am

    Lo has clavado macho! Yo que tb me distraigo con el vuelo de una mosca, prefiero la oficina, por lo menos me obliga, y a las cinco me piro!

    Saludos

    Alvaro

  • 3 Anonymous // 7.Feb.2007 a las 12:13 pm

    Interesante… por cierto David, en qué trabajas?? Yo me voy a pasar ahora al mundo del freelance, por lo que me ha gustado tu entrada…

    Saludos

  • 4 David Llada // 7.Feb.2007 a las 1:22 pm

    “por cierto David, en qué trabajas??”

    No es una pregunta fácil de contestar :-)

    He hecho de todo… lo único en lo que he mantenido cierta constancia es como periodista, siendo freelance. Pero sinceramente sólo en ciertas etapas he vivido exclusivamente de eso, era algo demasiado inconstante. Normalmente las colaboraciones periodísticas sólo suponían el 30 o el 40% de mis ingresos anuales. Lo complementaba con otros trabajillos temporales, como por ejemplo organizar eventos, actuar de “coordinador” en el lanzamiento de algún proyecto… cosas que me permitieran libertad de movimientos para poder cazar las oportunidades periodísticas que me surgieran. Pero incluso una temporada que no tenía nada mejor que hacer, estuve trabajando en Londres como recepcionista de noche de un hotel, y aprovechaba las larguísimas horas muertas para desde allí escribir artículos :-)

    Ahora mismo podría decir que estoy en un año de vacas gordas: mucho trabajo, pero ingresos regulares y en consonancia. Diría que el 70% de mi trabajo es para un par de particulares que quieren montar varios negocios, y yo estoy ocupándome de hacer los estudios previos y todo el trabajo de campo. El 25% es para un portal de internet sobre deportes y apuestas deportivas, que verá la luz esta misma semana (soloapuestas.com); son básicamente tareas periodísticas, pero también hago de relaciones públicas e incluso estoy gestionando la publicidad y muchas otras cosas. Y como mucho el 5% restante son colaboraciones con revistas especializadas, etc., que las mantengo, más que por un interés económico, por vocación y por no perder los contactos ni las costumbres, o porque me permite algún que otro viaje atractivo.

    Ser freelance es muy jodido, y te advierto que si te lanzas a ello, el escribir y hacer reportajes será sólo el 25% del trabajo (hy me ha dado por expresarlo todo en porcentajes). El 75% restante será buscarte la vida, hacer contactos, convencer a editores de que te hagan un hueco o te saquen un reportaje… y luego perseguir a las pequeñas publicaciones para que liquiden contigo lo que te deben, que parece una tontería, pero hay que ver lo que les cuesta aflojar la pasta a veces :-)

    La única vez que tomé una gran iniciativa como freelance (irme a Iraq poco antes de la guerra, a preparar varios reportajes), tardé un año en recuperar el dinero invertido en la aventura, y año y medio en cerrar el asunto con unos beneficios simbólicos. Fue una gran experiencia y queda muy bonito en el curriculo, pero de eso no se come y la competencia es muy dura.

    De verdad, es muy poco gratificante, salvo que previamente ya hayas estado en la redacción de algún medio, o te hayas formado un nombre, o cuentes con algún otro factor que te allane un poco el camino. Aparte, el régimen de autónomo en España es muy jodido. En otros sitios, si un mes no ingresas no pagas. Aquí, nadie te libra de unas cuotas del copón.

    En cualquier caso, te deseo la mejor suerte y ojalá que puedas conseguir lo que deseas.

  • 5 Garbancita ® // 7.Feb.2007 a las 3:37 pm

    Ánimo yakuza-freelance!!!

    Un beso para tu reina ;)

  • 6 oria // 9.Feb.2007 a las 3:53 am

    Lo has descrito como siempre me lo he imaginado y la verdad es que prefiero tener un lugar físico donde dirigirme cada día porque en casa no me cunde nada de lo que hago.

  • 7 Anonymous // 9.Feb.2007 a las 2:58 pm

    Si te va a perdonar Cyndi, tu sigue publicando en internet los días que tiene la regla.

  • 8 Lucía // 26.May.2007 a las 1:39 am

    Jajaja, me parece genial el artículo.

    Seguro que supiste hacerle un par de carantoñas y redujiste las 3 horas iniciales a 3 minutos.

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