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Las parejas de los parques

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Madrid, 15 de diciembre de 2006

Una de las cosas que recuerdo con más cariño de mi primera novia son los besos y carantoñas en el parque. Allí nos pasábamos horas, en el Parque de Invierno o en el San Francisco en Oviedo, retozando al sol en verano y ateridos de frío en invierno. Y ahora no hay ocasión que vea a una joven parejita en esa tesitura y no me acuerde de ella, porque con nadie más volví a vivir esa etapa del noviazgo: todas las demás que tuve a esa edad fueron simples ligues de discoteca, con quienes nunca quedé entre semana para pasar así las horas muertas.

A los 17 años ella y yo empezamos a tener a nuestra disposición los fines de semana el piso de sus padres. Y a los 18, yo abandoné definitivamente el nido paterno y me agencié mi propio piso -compartido-, una sana costumbre (poco común entre los jóvenes españoles, que prefieren comprarse un coche) que no he abandonado hasta ahora. Descubrimos –más bien, nos cercioramos- que las carantoñas con un techo sobre nuestras cabezas eran mucho más divertidas. Y los bancos de los parques, antiguos aliados, empezaron a parecernos extraños a nosotros.

La nostalgia es un sentimiento triste, y a la vez, bonito.

PS: Hoy tocaba ponerse cursi. Lo siento

Categorías: personal · recuerdos

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