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Pequeñas casualidades

4 Comentarios

Barcelona, 16 de noviembre de 2006

Se me pegan las sábanas y me levanto con el tiempo justo para tomar una ducha rápida y un café instantáneo, hacer la maleta y salir de viaje. Cuando ya estoy listo y me dispongo a llamar a un taxi que me lleve a la estación, caigo en la cuenta de que no tengo dinero en efectivo. Revolviendo en el cenicero y la taza donde suelo depositar la calderilla, reúno 7 euros y 30 céntimos; es todo lo que hay. Normalmente por ese trayecto me cobran entre 7 y 8 euros, así que lo más probable es que no me alcance. Miro el reloj. Podría llamar al taxi, explicarle la situación, y pedirle que me espere en doble fila mientras me apeo un momento en algún cajero que pille de camino. Pero me jode: sé que sería un fastidio para el conductor porque no hay ningún buen sitio donde estacionarse.Así que salgo y, a paso ligero, voy al cajero más próximo a mi casa, que en realidad lo adecuado sería decir “el menos lejano”. Retiro dinero y vuelvo, a la carrera y sudando: He perdido 15 minutos preciosos, pero por suerte el taxi no se demora mucho en aparecer cuando lo llamo. Llegamos a la estación cuatro minutos antes de que salga el tren, le pregunto al conductor cuánto es, y me responde: “siete euros con treinta“. Ni un céntimo más ni uno menos. Me hubiera gustado tener un par de minutos más para explicarle al buen hombre qué tenía de graciosa su respuesta, porque seguro que se habrá quedado comentado a los colegas: “esta mañana he llevado a un chaval tan trastornado mental que se sonreía como un idiota cuando le dije lo que costaba la carrera…”

El encargado del bar en el tren que me lleva a Barcelona lee mientras yo devoro tranquilamente mi bocadillo, y le observo de reojo. Está tan absorto en su lectura y parece disfrutarla tanto que ya sólo por eso siento un ramalazo de simpatía hacia él. No quiero interrumpirle, pero cuando finalmente le hago un gesto para que se acerque a cobrarme, posa el libro al lado del mostrador, y veo con sorpresa que se trata del mismo que yo iba leyendo en mi vagón unos minutos antes. La coincidencia no tendría nada de extraordinario si estuviésemos hablando de un título como “El Código Da Vinci”, “La Sombra del Viento”, el último Premio Planeta o algún otro bestseller por el estilo. Pero no: se trata de una obra histórica sobre la conquista de México por parte de los españoles, un libro fascinante y poco común de encontrar por ahí, sobre el que ya hablaré en otra ocasión.

Cambio con el camarero/revisor algunas impresiones sobre el libro, y aunque parco en palabras, descubro que es un tío afable y muy leído. En particular, parece saber mucho más sobre México (y toda la América precolombina) que yo mismo, que tuve oportunidad de viajar allí en seis ocasiones. Me pregunto qué hemos hecho al revés para que haya tanto borrego dando clases en la Universidad, y en cambio este modesto sabio se encuentre tras la barra de un bar sobre raíles. O quizá su sitio realmente sea ése, viendo relajadamente la vida pasar a través de la ventanilla del tren y las páginas de los libros.

Categorías: chorradas · personal · viajes

4 respuestas hasta el momento ↓

  • 1 marmolillo // 17.Nov.2006 a las 9:42 pm

    Fantástica entrada.

  • 2 AnnA // 18.Nov.2006 a las 2:07 pm

    Totalmente de acuerdo con marmolillo. :-)

    Besos.
    Anna

  • 3 Anonymous // 22.Nov.2006 a las 11:54 am

    Yo no calificaría como genial una generalización insultante hacia un colectivo. Pero cada uno es libre…

  • 4 David Llada // 22.Nov.2006 a las 12:47 pm

    Que yo sepa, no hice ninguna generalización en lo que escribí, por eso me ha extrañado tu comentario.

    Por lo de “insultante”, deduzco que te refieres a lo que dije acerca de las universidades, eso de que “hay mucho profesor borrego”.

    Me parece innecesario aclararlo, pero no he dicho que “la mayoría de los profesores universitarios sean unos borregos”, sino que “hay mucho”. Y además “mucho” dentro de un contexto: Se supone que el profesorado, a tales niveles, es un colectivo donde la borreguez debería de ser casi inexistente, y por desgracia no es así. Con que uno de cada diez profesores, o uno de cada veinte, sea un borrego, ya me parece dentro de lo inadmisible.

    Y ahora sí que sí que voy a hacer una generalización: creo que en este país nos sobra corporativismo, nos sobra corrección política, y nos falta comprensión lectora.

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