San Sebastián, 25 de octubre de 2006

Desplazarse de izquierda a derecha sobre el globo terráqueo -y como dice mi amigo Félix, los aviones pueden hacerlo con decisión si se lo proponen- trae consigo desagradables sensaciones para el cuerpo humano. Brillaba el sol y el reloj marcaba las 10 de la mañana cuando aterricé en Hondarribi, pero para mi castigado organismo eran las 3 de la noche, y yo había salido del hotel a las 7 de la mañana. Veinte horas de viaje en total, con dos escalas (Miami y Madrid) y tres vuelos que fueron a cada cuál más movidito debido a las caprichosas corrientes de aire. Aún estoy esperando que mis tripas vuelvan a su sitio.
Cuando uno llega destruido a causa de un viaje tan largo, la verdad es que no sabe muy bien qué hacer: la sensación es de estar completamente desubicado. Lo que pide el cuerpo es obviamente irse a dormir de inmediato, pero preocupa la posibilidad de pasarse el día entero durmiendo, y quedarse con el ciclo de sueño trastocado por varios días.
La opción es tratar de aguantar como un valiente a base de cafés, pero mi experiencia me dice que al final uno acaba capitulando: se termina mandando todo al carajo y yendo a dormir a una hora tan peregrina como las 4 o las 5 de la tarde, con lo cual se vuelve a despertar en mitad de la noche fresco como una lechuga, y entonces sí que la cagaste Burt Lancaster. Para entenderlo mejor, basta ver esa gran peli titulada “Lost in Translation” con la que tanto me sentí identificado cuando estuve en Shanghai.
Como tengo bastante trabajo acumulado, y el teléfono no para de sonar tras cinco días de ausencia, creo que las circunstancias decidirán por mí. Así que me pongo al tajo.
Me queda pendiente contar qué tal me fue por México y todas esas cosas, que quiero hacerlo con tiempo porque tuvo miga el asunto. De momento basta decir que regresé de allá tan soltero como me fuí (a causa de impedimentos burocráticos, y a que las embajadas de España en el extranjero siguen siendo un chiringuito para que algunos saquen tajada, pero no para prestar servicios a los ciudadanos), y que todo salió redondo en el festival de ajedrez. La foto corresponde a mis 15 minutos de gloria como autor, dedicando copias del libro. Unos 800 me tocó firmar: que tiemble Antonio Gala. Dice un amigo con muy mala lecha que firmando autógrafos me parezco a Zidane…
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1 respuesta hasta el momento ↓
1 Patty // 27.Oct.2006 a las 5:13 pm
Llada sigue soltero… el fin del mundo se ha aplazado xDDDD
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