Londres, 8 de septiembre de 2005 /
San Sebastián, 3 de septiembre de 2006

Escribí esto hace ahora exactamente 360 días, y ya lo había publicado aquí. Perdón por repetirme:
Mi trabajo me ha hecho coincidir con bastantes famosos, tantos que se haría bastante largo citarlos a todos. Pero por encima de la categoría de famoso, está la de leyenda. Y de ésas, sólo he conocido a dos en mi vida: Garry Kasparov y Andre Agassi.
Ambos estaban ya en la cumbre cuando yo tenía entre 10 y 14 años y seguía sus triunfos con interés. Así que la oportunidad reciente de conocerles en persona, tenerles a mi disposición en las ruedas de prensa para hacerles preguntas, o charlar con ellos brevemente entre bambalinas, me produce un cúmulo de sensaciones bastante curiosas que soy incapaz de describir con palabras. Pero la emoción está entre ellas, sin duda.
Del ajedrecista ruso, que a sus 41 años ha dicho finalmente adiós a los tableros cuando aún era el número uno del mundo, ya he escrito bastante en periódicos y revistas. Con el legendario tenista, que acaba de clasificarse a los 35 años para las semifinales del US Open y que está igualmente a punto de poner fin a su carrera, coincidí brevemente por primera vez en Montreal, hace unas semanas.
Hijo de un boxeador olímpico que desde que era niño lo encauzó al tenis, el chico de Las Vegas se convirtió en profesional a los 16 años, y a los 18 ya ocupaba el puesto número 3 del ranking. Tras una carrera brillante, su tormentosa relación con la supermodelo Brooke Shields estuvo a punto de llevarle a la retirada, a una edad, 27 años, en la que no hubiera sido un disparate decir adiós. No para la mayoría de los tenistas.
Pero Andre resurgió de sus cenizas, y la forma en que lo hizo es precisamente uno de los motivos que le destacan por encima de muchos otros grandes del deporte. Tras romper con la modelo y encerrarse durante meses con su entrenador, Gil Reyes, Agassi consiguió regresar a las pistas con una sorprendente fuerza. 1999 fue un año glorioso para él, imponiéndose en los torneos de Wimbledon, Roland Garros y el US Open, y recuperando el puesto de número uno mundial.
Aparte de un fenómeno en las pistas, el americano es un jugador con carisma, y un auténtico showman. Sus destellos de humor y sus declaraciones a la prensa animan cualquier torneo en el que participe. Así fue, por ejemplo, en Montreal: Durante todo el torneo Rafael Nadal, de 19 años, había expresado que para él sería un sueño medirse a Agassi antes de que éste se retirase definitivamente. Así ocurrió: ambos concurrieron en la final, que ganó el español. Y minutos después de su derrota, dirigiéndose a Nadal y al público, el incombustible Agassi lanzó un guiño que fue la anécdota del torneo: “Rafa, ha sido un placer tener la oportunidad de jugar contigo antes de TU retirada”.
Apenas un cuarto de hora después coincidí con él esperando en los pasillos que llevaban a la sala de prensa. Agassi da la impresión de ser un tipo bajito, pero pronto me di cuenta de que es una sensación engañosa: mide 1:80 y aunque su físico no es tan imponente como el de otros tenistas, yo me sentía enanito a su lado. No me hubiera atrevido a decirle nada de no ser porque el tipo tiene una mirada y una sonrisa tan amistosas que invitan a la conversación. Así que estuvimos cinco minutos de palique antes de que comenzara su rueda de prensa. “Creo que el pobre Nadal lo pasó peor cuando tuvo que hablar en inglés al recoger el trofeo, que cuando tú servías”, bromeé. “¡Hey! ¡No he servido tan mal en este torneo!”, protestó entre risas.
Agassi, con sesenta títulos a sus espaldas, disputará el sábado la semifinal del US Open frente a su compatriota Robby Ginepri. Evidentemente, yo tengo un claro favorito para este partido.
Inesperadamente, volví a coincidir con él meses más tarde en una sala de prensa, cuando tuve ocasión de acudir a la Masters Cup de Shanghai. De nuevo un Agassi derrotado pero sonriente, que tras perder el primero de sus partidos anunciaba la retirada del torneo por problemas físicos. Y me imaginé que, esa vez sí, seria la última que le veía en persona, al menos empuñando una raqueta. Ayer, un año después de haberle dedicado yo este texto, Andre disputó en el US Open el último partido de su carrera.

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