Roma, 18 de julio de 2006
Ya no soy tan fácilmente impresionable cuando visito un lugar nuevo. Por decirlo de alguna manera, no es la primera vez que salgo de casa y veo cosas distintas a las de todos los días. He podido presenciar tantos paisajes, tantas ciudades, tantas catedrales, museos y monumentos que, aunque siga disfrutando con ello, no dejo que el entusiasmo salte tan a la ligera como antes.
Y sin embargo volveré de este último viaje a Italia –el quinto ya- rendidamente enamorado de un lugar. Es un pequeño pueblo situado unos 40 km al norte de Roma, que por algún extraño motivo ha logrado eludir estar presente en la lista de “visitas obligadas” de las guías de viaje.
Quizá sea precisamente la proximidad a la capital con más historia del mundo lo que ha eclipsado a esta minúscula villa, salvándola de la invasión. Roma es abrumadora, por larga que sea la estancia no da tiempo a ver todo lo que ofrece, y muy pocos turistas están dispuestos a sacrificar un día en ella por ir a visitar un pequeño lugar a las afueras. Tan sólo los lugareños lo tienen como destino para escapadas veraniegas o de fin de semana, y por uno de ellos fui llevado hasta allí.
La ciudad de piedra* está construida sobre un risco de unos 100 metros de altura, que sobresale abruptamente en medio de un bosque clasificado como reserva natural. Es como una fortaleza aislada, o como una isla en un mar de verde. Y a los pies de este risco corre rodeándolo de catarata en catarata un riachuelo, que es el responsable de haber excavado esta curiosa figura en la roca volcánica. Quien conozca el Tajo de Ronda podrá hacerse una idea, ya que ambos lugares se asemejan bastante, pero el que yo describo es para mi gusto más impresionante aún. El entorno resulta más paradisíaco, el emplazamiento parece más hecho a capricho. “En invierno, muy a menudo la niebla suele flotar por debajo del nivel de las casas, de forma que mi terraza parece un mirador celestial”, me contó uno de los afortunados residentes.
La mayor peculiaridad de este pueblo es que se levanta sobre roca volcánica, muy porosa y ligera, fácil de labrar para construir con ella. Estas cualidades fueron apreciadas ya por los Etruscos, los primeros pobladores del lugar que se asentaron allí nada menos que en el siglo VII antes de Cristo. Las excavaciones para extraer piedra llevadas a cabo a lo largo de esos veintisiete siglos de ocupación humana hicieron que todo el cerro esté completamente horadado: la ciudad entera se encuentra llena de túneles, galerías y cuevas artificiales, que fueron aprovechadas como almacenes, o como vías de escape y medio defensivo contra invasores. Es decir, que el pueblo fue creciendo al mismo tiempo hacia arriba y hacia adentro.
Así a ojo, y comparando las cifras de diversas fuentes, calculo que el máximo de habitantes que pudo llegar a tener este lugar sería de unos 500, aunque en algunos recuentos parece evidente que se incluye a quienes vivían extramuros, elevando la cifra hasta 800. Sin embargo, parte de la población huyó despavorida en 1908, cuando Europa sufrió el peor terremoto de su historia, con epicentro en Messina, y que sacudió toda Italia con una fuerza descomunal.
A partir de ahí la ciudad de piedra dejó de ser considerada un lugar seguro y unas décadas más tarde, temiendo su derrumbe total, las autoridades comenzaron a planificar su evacuación, construyendo un nuevo asentamiento a pocos kilómetros para acoger a sus habitantes. El abandono se consumó en 1950, cuando fue finalmente desalojada y declarada inhabitable.
Sin embargo el lugar seguía fascinando a quien llegaba a conocerlo. Hippies, jóvenes, artistas, entusiastas e inconformistas de todo tipo decidieron instalarse en él durante la década de los 60, llevando a cabo poco a poco tareas de rehabilitación. Astutamente, se valieron de los antiguos túneles y cuevas para ocultarse y huir en un par de ocasiones en las que las autoridades intentaron desalojarlos para demoler el pueblo.
Tras ser dotado de agua corriente, electricidad (posteriormente, incluso teléfono), y sobrevivir a los terremotos de 1976 y 1980, el pueblo volvió a ser calificado como habitable, y los nuevos vecinos pudieron formalizar su situación legal como inquilinos adquiriendo las viviendas que habían reconstruido por una cantidad simbólica [Un proceso que me recuerda mucho a lo sucedido en Berlín, después del masivo abandono de los barrios del Este tras la caída del muro].
Ese es el es espíritu que aún hoy se respira en este encantador pueblo al norte de Roma. Una pequeña comunidad de unas 100 personas -durante el crudo invierno, la cifra desciende por debajo de las 40- que, lo mismo que a la ciudad, se han reconstruido a sí mismas, y que viven de la forma lo más autosuficiente posible, con su propio colegio y programa educativo, y su propia asamblea. Muchos dejaron atrás trabajos y vidas convencionales para instalarse aquí. Los únicos negocios existentes son las tiendas de artesanía, un par de hospedajes y varias de las cafeterías y restaurantes más bonitos que he visto nunca.
Por si faltara añadirle unos toques de encanto, todo el lugar huele a pan horneado en casa y está repleto de gatos
* Evidentemente, omito el nombre a propósito. No quiero contribuir en lo más mínimo a que este lugar pueda popularizarse, masificarse y perder su encanto. Lo siento! Pero a quien realmente le haya interesado, le he dejado suficientes pistas como para que, tomándose un par de molestias, pueda saber cuál es el nombre del pueblo y cómo llegar a él.



2 respuestas hasta el momento ↓
1 marcos // 6.Ago.2006 a las 7:03 pm
osea que no solo te dedicas a tajerte en tus “viajes”. tambien te culturizas…impresionante.
por cierto, que menudo falansterio deben tener montao en el pueblin ese los italicos…no saben na. habra que pasarse por alli, a ver.
2 rO // 2.May.2007 a las 5:32 pm
esta ciudad me parece fantastica.
simbolo de la represion urbana en la rev.industrial cuando el hombre empezo a domesticar y supo que la naturaleza estaba en sus manos…de ahi nuestro planeta moribundo.
esta ciudad parece un gato acorralado…se defiende y con esto sobrevive.
saludos desde chile
pia
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