Cuando visité a mis padres el pasado octubre, después de haber estado más de 10 meses sin verles, hubo como es obvio muchas cosas de qué hablar. Yo les sorprendí cuando les comenté mis planes de viaje a China, y ellos a mí con sus intenciones de comprar un piso nuevo y vender ése en el que han vivido desde hace casi 30 años.
No sé si ellos tomaron en serio lo de mi futura aventura en oriente (supongo que a estas alturas resulta difícil que nada de lo que hago les cause incredulidad), pero por mi parte yo no di demasiado crédito a sus intenciones de mudanza. Al menos hasta que, en mi último día allí, se presentaron de vuelta de la inmobiliaria: no sólo se habían quedado prendados del piso que les enseñaron, sino que habían apalabrado comprador y precio para el antiguo. El cambio de vivienda era inminente y se haría efectivo en cuestión de una semana, dos máxime. Así de resueltos estaban.
Recuerdo que estaba comiendo cuando se presentaron con la noticia, y a poco más no acierto a llevarme el tenedor a la boca cuando me di cuenta de que aquellos eran mis últimos instantes en el hogar que me vio crecer. Un par de horas más tarde estaría en el aeropuerto, rumbo a otro país, y la próxima vez que regresase de visita ya no lo haría a mi casa, sino a un lugar extraño. Mi último vínculo con mis raíces y mi infancia se esfumaba bajo mis pies.
Casi hubiera preferido haberme enterado después de partir, para evitar aquella sensación: que me hubiesen llamado una vez en Londres o en Berlín para darme la sorpresa. Eso me habría ahorrado el ataque de melancolía al que me rendí durante esa hora y media escasa, en el que me dediqué a lo que podríamos llamar “una despedida visual”. Me asomé a todas las ventanas, recorrí todas las habitaciones, observé todos los muebles y rincones. Menudo trauma.
Y página nueva. Visité por primera vez el flamante piso cuando vine a pasar el fin de semana hace unos 10 días, y no está mal. Todavía no lo han terminado de amueblar, pero es amplio y está bien situado. El tener por fin todas mis pertenencias recogidas en el mismo cuarto (debería llamarlo “almacén” más que habitación, porque básicamente ésa es la función que le asigno) atenúa la sensación de extrañeza. Pero aún no me he acostumbrado del todo, y me siento tremendamente torpe: no encuentro los interruptores de la luz, ni las tazas del desayuno, y muchas de mis pertenencias (las que transportaron mis padres de un piso a otro, y las que acarreé yo desde Londres) siguen metidas en cajas y maletas de contenido aleatorio: fotos con libros, recuerdos con ropa, gorros de invierno con cajas de CDs… Me llevará semanas poner un poco de orden.
[La foto es casualmente del día anterior a recibir la noticia del cambio de casa, y se ve de fondo la que era mi habitación. Salta a la vista la falta de espacio por todos los libros y revistas acumuladas]

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