Salir de una megalópolis como Londres e ir a caer a Portosín, un pueblo de 600 habitantes en la costa gallega, fue todo un shock. Aluciné con eso que llaman la España profunda, con sus lugareños, sus costumbres y su forma de vida.
La casa de Andrés fue mi base de operaciones. Reconforta saber que vaya donde vaya, tengo un amigo dispuesto a prestarme cobijo: Ése es mi mayor patrimonio. Aunque la próxima vez, me buscaré un anfitrión cuya casa esté provista de internet y calefacción, porque cada noche antes de meterme a la cama me vestía de tal forma que más bien daba la impresión de disponerme a subir al Everest: dos camisetas, forro polar y saco de dormir a prueba de bajas temperaturas. Pero que esto no suene como un reproche a la hospitalidad de Andrés ni mucho menos, porque no pudo hacer más por mí el buen hombre: curioseé entre sus libros, me apropié de su móvil, le utilicé de chofer, vestí su ropa y hasta me aproveché de su esqueleto (esto os lo explicaré otro día).
Desde Portosín incursionamos al resto de lugares. Recorrimos casi 1100 kilómetros a lo largo de una semana, para diversas reuniones en Vigo, Santiago, La Coruña… hasta pasar la última noche en un hotel en El Ferrol y desde ahí dirigirnos a Asturias a la mañana siguiente. Optimista de mí, planeaba haber liquidado todos los compromisos en dos o tres días, pero al final tuve que quedarme mucho más, en parte porque el mal tiempo desaconsejaba echarse a la carretera.
¿Cosas buenas de Galicia? Muchas. Toda la gente con la que tuve que entrevistarme se portó con una amabilidad extrema. Redescubrí que eso que en cualquier bar cutrecillo de Galicia llaman “plato del día” es la hostia y consiste de manjares caseros que, por cantidad, darían para alimentar a una familia entera.
[En la foto –¿hace falta decirlo?- la espectacular catedral de Santiago al atardecer]

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