Alguien dijo –o escribió, seguramente- que la intensidad de la vida no se mide por el número de veces que respiras, sino por la cantidad de ocasiones en las que algo te hace contener el aliento. Si es así, en Shanghai estoy viviendo a un ritmo inusual.
Pasé los dos primeros días vegetando en el hotel, derrotado por el jetlag y condicionado por lo problemas que comentaba en el post anterior. Pero desde entonces, desde que tomé contacto con la ciudad, ando por ahí con los ojos abiertos como platos. Este es el sitio más fascinante que he visitado en mi vida, y la idea de establecerme aquí por un tiempo me anda rondando continuamente.
Uno de los amigos que hice al poco de mi llegada -y que ha visto mucho mundo- me definió esta ciudad como una mezcla entre Manhattan y Calcuta. Y parece una descripción bastante acertada. Paseando por calles salpicadas de rascacielos futuristas te encuentras con frecuencia campesinos paupérrimos que parecen haber sido transportados en un viaje en el tiempo. Recién llegados a la ciudad intentan ganarse la vida vendiendo lo que queda de su cosecha, o ejerciendo en pequeños talleres improvisados en la calle oficios tan humildes y propios de otra época como zapateros, limpiabotas, o mecánicos de bicicletas.
También Lydia, una novia shanghainesa que tuve en Londres por un tiempo, me lo había advertido hace un año, cuando por primera vez estuve a punto de venir: “En todas partes hay gente con dinero y gente sin él. Pero Shanghai es la única ciudad del mundo donde se puede ver un contraste tan grande, tan extremo, entre tantos pobres tan pobres y tantos ricos tan ricos”.
A los occidentales que estamos de paso por aquí se nos clasifica, por defecto, en el grupo de los ricos, aunque algunos estemos muy -pero que muy- lejos de serlo. Siempre hay una persona que al verte llegar te abre la puerta del taxi, la del hotel, la del restaurante. Una persona que te toma el abrigo para guardártelo, un reservado disponible para ti y una botella de champagne sobre la mesa.
Ser tratado como una celebridad tiene su parte agradable, dulce, tentadora. Ser la parte favorecida de una injusticia social, a poca conciencia que se tenga, resulta bastante más incómodo.

3 respuestas hasta el momento ↓
1 PUCK73 // 21.Nov.2005 a las 9:44 pm
A mi me llama mucho la atención las ciudades de ese tipo, tokio, shangai, hong kong(no se si se pone asi) y espero algún día poder visitarlas, pienso que tienen que ser muy caras y tambien impresionantes, verdaderas metropolis, ¿que tal para manejarse en inglés?.
Siempre he tenido curiosidad por saber, cuando esta gente quiere ver campo, digo campo no parques en medio de la ciudad ¿cuantos km han de recorrer? lo digo porque los documentales que veo, las ciudades son inmensas, de km y km de largo de ancho, vamos que sin verlo es dificil de hacerse a la idea ¿por cuanto tiempo te quedarás?, un saludo.
2 ivich // 22.Nov.2005 a las 9:33 pm
Shangai…. mhhh, me gustaria ir algun dia. Tantas vueltas por el mundo…. no necesitas secretaria?
3 David Llada // 23.Nov.2005 a las 5:17 am
Tokio es la ciudad más cara del mundo; Hong Kong no tanto, y Shanghai es bastante barata (en términos occidentales). Un apartamento nuevecito de 150 metros cuadrados te sale por menos de 500 euros al mes, por ejemplo.
El inglés, en Shanghai, lo hablan en algunos hoteles (los de 4 estrellas para arriba). El resto del personal, olvídate. No me enrollo con esto porque ya escribiré un par de posts al menos sobre el tema.
En cuanto al campo… pues en ciudades así lo mejor es contentarse con los parques. En Londres tenemos en el centro Hyde Park, y si te vas a las afueras, hay algún otro enorme, como Hampstead Hill o Greenwich. Salir de ciudades como Londres o Shanghai te puede suponer unos 30 kilómetros o más, que con el tráfico se convierten en… no sé, ¿una hora?
De momento me tengo que ir porque al haber venido con visa de periodista no me la pueden extender. Pero haré lo posible por venirme a vivir aquí una temporada.
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