En los últimos meses he desarrollado ciertas costumbres más propias de los felinos que de un ser humano. Principalmente durante mi estancia en Berlín, donde en general hice gala de un comportamiento bastante asilvestrado.
Desaparecer sin aviso y regresar tres días más tarde a casa, subir a los tejados a solearme, retozar o hacer barbacoas, obedecer ciegamente a mis instintos, comer cualquier cosa a cualquier hora, andar por ahí con poca o ninguna ropa, pasar tardes enteras sin hacer nada más que dormir, bostezar y estirarme…
Ahora, con la vuelta a Londres, mis hábitos se han serenado un poco. Pero, quizá porque paso demasiado tiempo con Chicho (nuestro gato), sigo manteniendo varias de esas costumbres. Y observándole he aprendido alguna cosa bastante útil: por ejemplo, he descubierto e inventariado todos los lugares soleados de la casa.
Ya conté por aquí que en estas latitudes el sol -o incluso la luz- es un bien escaso y por lo tanto valioso. En Berlín disfrutaba de un balcón en el que daba el sol durante casi todo el día, pero en este nuevo hogar realizar la fotosíntesis que el cuerpo me pide no es tan fácil.
Vigilar a Chicho me ha hecho fijarme en que sólo hay una esquina del jardín donde el sol da decentemente durante parte del día; el resto del tiempo hay un árbol que nos jode con su sombra. En cambio, por la mañana, la mejor terraza posible es el tejado de la cocina, al que se puede salir desde la ventana de mi habitación o desde la del descansillo de la escalera. Y al caer la tarde, los últimos rayos de sol dan en una esquinita de mi cuarto desde donde se pueden tomar fotos muy guapas al atardecer. Ya colgaré por aquí alguna.
NOTA: Lo de la foto no es un gato muerto. Simplemente… es que es así: Chicho no se mueve mucho.

1 respuesta hasta el momento ↓
1 Titania // 19.May.2007 a las 7:46 am
Me encanta tu blog. Lo he encontrado por casualidad buscando fotos de Londres para colgar en el mío y me he quedado embelesada leyendo y leyendo.
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