La aparición del Google marcó un antes y un después en la era internet. Ningún otro buscador podía comparársele en efectividad, y este moderno Aleph borgiano parecía una herramienta creada específicamente para ahorrarme horas y horas de trabajo buscando información y datos.
Ahora, el nuevo lanzamiento de esta empresa, Google Earth, está destinado a cobrárselo. Es decir: a hacerme malgastar por un lado el tiempo que había ganado por el otro.
Por si queda alguien que aún no lo conozca, Google Earth es un programa que permite obtener imágenes por satélite de cualquier lugar del mundo. Con menos definición en las zonas más despobladas, pero asombrosamente nítido cuando apunta su ojo hacia las grandes urbes. La cancha de tenis, el parque o la piscina del vecindario son perfectamente reconocibles.
Si eres uno de ésos que siempre piden asiento de ventanilla cuando toman un vuelo, te gusta viajar aunque sea con la imaginación, o simplemente eres aficionado a la geografía, el nuevo invento se puede convertir en un auténtico vicio. Yo reúno todas las características, así que mi caída en la google-earth-dependencia estaba cantada.
He pasado medio fin de semana punteando en el globo las ciudades que he visitado, y recorriendo –aunque fuese a vista de pájaro- aquéllas que mejor conozco o en las que he vivido por una temporada. Contemplando lugares que pensé que nunca volvería a ver, como la explanada de las pirámides de Teotihuacán, los fiordos de Trondheim, el puente de Rialto, los pantanos de Basora, la islita en medio del lago de Bled…
Habrá quien piense que este programa no aporta nada. Que si uno quiere rememorar sus viajes, o ver imágenes de los lugares a donde le apetece ir, mejor recurrir a las guías o a los documentales de toda la vida, donde las fotografías son de más calidad.
Puede ser un punto de vista. Pero yo me quedo con Google Earth, porque me da la sensación de libertad, de poder callejear y perderme por donde yo quiera, como acostumbro cuando estoy en un viaje real.
Además, el mundo está lleno de lugares que son especiales únicamente para mí y que no voy a encontrar en ninguna guía. Por ejemplo, ciertas calles de Barcelona. También esa placita de Atenas donde se esconde la Mikri Metropoli, una diminuta iglesia –su nombre ya lo dice- que me tiré casi un día entero buscando. O la fuente que hay en el parque de la Isla Margarita, en Budapest. Rincones del mundo que forman parte de mi vida por razones personales, y que ahora puedo revisitar cuando me apetezca.

0 respuestas hasta el momento ↓
Aún no hay comentarios, pero puedes ser el primero en dejar uno.
Deja tu comentario