Estuve en Iraq cuando las cosas ya pintaban muy feas. Pasé por la estación de Atocha cinco días antes de la masacre de marzo. Tomé el metro en King´s Cross una semana después del ataque que conmocionó a Londres.
Siempre cerca, siempre rondando, pero sin que las desgracias me afectaran directamente. Alguna vez iba a tener que cambiar mi suerte, y esta vez ha estado a punto.
Lo que según todos los indicios fue una fallida explosión me pilló lejos de allí, en Muswell Hill, un barrio del norte de Londres. Descubrí lo que había sucedido en casa, apenas cuarenta y cinco minutos después, cuando aún no estaba muy clara la gravedad del incidente. Y en cuanto avisé a un par de periódicos y preparé lo imprescindible, bajé pitando para el centro.
Por su relativa proximidad, Warren Street parecía el escenario más adecuado al que dirigirme. Además, se había corrido el rumor de que uno de los terroristas estaba herido y se había refugiado en el University College Hospital, a pocos metros de allí. Me felicité por la decisión que tomé, al trasladarme a Londres, de mantener siempre una batería de la cámara cargada y en reserva para casos como éste.
Llegar no fue fácil. Abordé tres líneas de autobuses distintas, pero ninguna de ellas completó su recorrido: Todos los conductores desalojaban a los circunspectos pasajeros en cierto punto, y luego continuaban de vacío hasta su destino para evacuar de esa forma el centro de Londres. Así que, utilizando el transporte, sólo conseguí llegar hasta Camden: el resto del camino, casi dos kilómetros, lo hice al trote.
Son las 2:35, han pasado apenas dos horas y la policía rodea ya una zona enorme, que comprime las estaciones de Warren Street, Euston Square, y el dichoso hospital [señalado en rojo en el mapa]. Los bobbies no tienen autorización para hablar con la prensa, y los cámaras de televisión se desesperan porque no hay ni una sola imagen interesante que servir a la audiencia, salvo la irreal estampa que supone ver Euston Road acordonada y completamente desierta, sin gente ni tráfico.
Localizo en el mapa la entrada de emergencias del University College Hospital, en un callejón trasero, y decido intentar colarme por allí, o al menos hacer guardia a la puerta. Una idea poco original: Reuters y Sky News tienen aparcada una unidad móvil, y hay docenas de cámaras. Compartimos la poca información que tenemos, hablamos con la gente que sale del hospital. Nos dicen que todo está muy tranquilo, que a pesar de la vigilancia externa ni siquiera han visto policía en los pasillos, tan sólo unos diez o quince efectivos en el hall.
Me alejo un poco hacia otra calle menos concurrida, y veo que cuatro personas con placas que les identifican como empleados del hospital regresan de la hora del almuerzo. Les abordo echándole muchísimo morro (pese a que hablando en inglés suelo ser más tímido que de costumbre) y les digo que si pueden intentar colarme con ellos.
- ¿Por qué quieres entrar ahí?
- Sospechan que hay un terrorista herido…
- Sí, algo hemos oído. ¿Y qué quieres hacer?
Y aquí, con cara muy seria, suelto la primera chorrada que se me viene a la mente:
- Rescatarle
Les hace tanta gracia la broma que aceptan ayudarme y me arropan hasta la entrada. Mi cámara es bastante compacta, así que es fácil ocultarla. Como la policía recordaba haberles visto salir minutos antes, no comprueban nada y nos dejan pasar a todos. Prueba superada: estoy dentro del hospital. Les doy las gracias, me despido, y pululo discretamente haciendo preguntas a la gente que baja de las plantas.
Tan sólo aguanto quince minutos allí dentro. Dos policías reparan en mí y me invitan a acompañarles afuera. Lo dicen con un tono que por un momento me temo que sea en calidad de detenido, pero no: se limitan a escoltarme hasta fuera del cordón policial.
El día no dio para mucho más. Estuve durante un rato en el recinto acordonado para la prensa, e hice amigos entre los bobbies intercambiando botellines de agua por cigarros (algunos de ellos llevaban varias horas al sol sin un relevo).
Volver a casa fue una experiencia más agobiante que difícil. La gente se agolpaba por docenas en las paradas de autobús, y la policía tenía que colocarse junto a las puertas cada vez que llegaba uno para evitar que se formasen avalanchas. Aun así, me llevé empujones y codazos a mansalva antes de conseguir hueco en un bus que me llevase a casa.
Los londinenses se ven confundidos, ensimismados. Al llegar a casa le doy vueltas a una frase que leo en La Vanguardia: “Los tímidos tienen miedo antes del peligro, los cobardes durante, y los valientes después”. Muy bonita, pero no me cuadra: aquí la gente tiene miedo antes, durante y después. Resulta injusto llamarles cobardes, pero inmerecido calificarles de valientes.

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