Hace poco llegué a la conclusión de que mi vida está demasiada llena de gente, y que eso de hacer continuamente nuevas amistades consume un montón de energía y desequilibra bastante. Decidí que sería mejor cultivar las que ya tengo y, no cerrarme a conocer gente nueva, pero sí ser más selectivo con las personas a las que permito incorporarse a mi círculo de amigos.
Sin embargo, a veces vas y te tropiezas con personas a las que es imposible no tomarles afecto. Eso es lo que me ha pasado con Luis, el novio cubano de mi compañera de piso, que apenas lleva dos semanas aquí con nosotros y ya nos hemos convertido en amigos para siempre.
Cuando le conocí me cayó simpático, pero sin más. Y como me pasa a veces, a mí me costó un tiempo romper el hielo, aparte de que la comunicación no era tan fluida como cabría esperar entre dos personas que supuestamente comparten idioma: Me costó un montón acostumbrarme a su forma de hablar, con unos giros y unas expresiones tan distintas de mi propio lenguaje. También su carácter es muy diferente.
Para él, en cambio, yo me convertí muy rápido en su primer y único amigo en Berlín, y eso –lo sé por experiencia- tiene mucha importancia para un recién llegado que se encuentra envuelto en un ambiente completamente extraño donde no conoce a nadie.
Ahora, con el paso de los días, me he rendido a su efusividad, y a través de la convivencia el cubano y yo hemos ido desarrollando una complicidad de lo más cómica. Compartimos cervezas, cigarros, quebraderos de cabeza estudiando alemán, y pasamos horas y horas juntos en la cocina: los tres –Alexandra, él y yo- hemos ganado un par de kilos desde que está aquí. También hacemos pequeñas chapuzas en la casa, y un viejo televisor ha sido la última víctima (la próxima será el ordenador).
Nuestro sentido del humor y nuestras gamberradas tienen loca a la pobre Alexandra, quien al mismo está divertidísima y muy contenta de que nos llevemos tan bien, y de que el ambiente en la casa sea tan chispeante.
No sé qué pasará con ellos como pareja. No sé si el cariño que se tienen será suficiente como para vencer las diferencias culturales –y de todo tipo- que les separan. Yo confío en que sí.
Pero independientemente de su futuro, a este tipo “me lo quedo” como amigo. Y estoy casi seguro de que, antes de que termine el año, me dejaré caer por La Habana. “Porque ya tú sabes, allí tienes tu casa y mi mamá estará encantada de conocer al hermano de su Luisito”.

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