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No language man

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Berlín, 30 de marzo de 2005
Ahora que ya se han cumplido unos meses desde que me trasladé aquí, todo el mundo me hace la misma pregunta: ¿Cómo lo llevas con el alemán?

Y la respuesta es que no lo llevo. Ni con el alemán, ni con el inglés, ni con el castellano que mamé desde la cuna, si me apuráis. El idioma de Shakespeare lo estoy olvidando más rápido de lo que aprendo el de Goethe, mientras que con la lengua de Cervantes me siento cada vez más torpe.

Comienzo explicando esto último: A lo tonto, llevo casi año y medio sin apenas pasar por España, salvo de visita. Y por más que me encuentre con españoles allá donde voy (aquí estoy rodeado de ellos, y en Londres convivía con asturianos), el idioma se resiente. Porque aunque no me faltan ocasiones para hablar castellano, hacerlo siempre con la misma gente, o siempre en el mismo contexto, termina causando que el vocabulario se reduzca, que tu propia lengua materna se oxide.

Cada vez con más frecuencia me sucede que voy a decir algo, y la expresión o la palabra que viene a mi cabeza es inglesa. “¿Cuál es el equivalente a esto en español?”, me quedo pensando. Y a veces acaba saliendo, pero otras la palabra precisa se resiste a venir a mi boca. Por no decir que para algunas no existe un equivalente exacto, sin más.

Luego está lo típico: me salen frases en español pero construidas con una estructura ajena a este idioma, o empleo palabras que son puro spanglish. Por ejemplo, se me escapa decir que algo “no hace sentido” (por el to make sense en inglés), o uso el verbo “aplicar” como equivalente a “rellenar una solicitud”.

Del inglés, qué decir. No mejoró apenas en todo el tiempo que viví en Londres, salvo un poquito durante el mes escaso que salí con Lydia (china de nacionalidad, pero con inglés como idioma materno). Y desde que llegué a Berlín he hablado en ese idioma el 90% del tiempo, pero casi siempre con gente que tiene el mismo nivel (o aún peor) que yo, lo cual ayuda muy poco.

En cuanto al alemán, me sorprende a mí mismo lo mucho que he aprendido con sólo “pegar la oreja”. Y cada vez que un amigo me enseña una palabra nueva, o el significado de una frase, juego a buscarla cuando escucho la radio, la televisión, o cualquier conversación que tenga lugar a mi alrededor. He descubierto que tengo más oído de lo que yo pensaba.

Pero de ahí no paso: Teniendo en cuenta que llevo tres meses viviendo en Berlín, y que anteriormente ya había visitado Alemania en algo así como una docena de ocasiones, debería hablar al menos un poquito. Y no es el caso, por culpa de mi puñetera pereza: Tengo un buen curso en DVD que consta de cuatro niveles, cada uno de ellos con 26 lecciones… y aún voy por la décima lección. Del primer nivel, of course.

Mis primeros intentos por emplear alguna frasecita en este idioma también han sido bastante desalentadores a causa de un detalle cultural en el que yo no había reparado hasta que la india (mi actual novia) me lo comentó: Los alemanes son unos interlocutores que colaboran muy poco. Si la frase tiene algún error gramatical, o no la has pronunciado perfectamente, parecen incapaces de reconstruirla debidamente. “Les falta ‘imaginación’ ligüistica”, dice ella, que de germanos sabe un rato. Por el contrario los ingleses me comprendían perfectamente incluso cuando le metía una buena patada al diccionario o hacía gala de mi peor pronunciación.

En resumen: que tardaréis bastantes años en ver aquí algo escrito en alemán. Y dad gracias porque sea capaz de escribiros en un español aún comprensible, sin que tengáis que echar mano de vuestra creatividad lingüística para interpretarlo.

Categorías: berlín · idiomas · personal

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