Berlín, 16 de marzo de 2005
Mi amigo Marcos me contó que nunca había entendido realmente esta famosa canción de George Harrison hasta que se fue a vivir a Londres. Una vez allí se dio cuenta de por qué la llegada del sol se convertía en motivo de celebración para los habitantes de las islas británicas.
Yo lo comprendí también –en su verdadera dimensión- hace unos años, en una breve visita a Copenhague a principios de junio. Las muchachas danesas tienen por costumbre dar la bienvenida verano echándose a la calle para hacer top less en cualquier lugar público acariciado por los rayos del sol: Parques, plazas… Todo vale para esta carnal muestra de adoración. Y entre el calorcito y el espectáculo uno se siente revivir.
[Como bien dice Joao, “las danesas son como galletitas de nata”. Seguro que todos entendéis por qué se me había metido en la cabeza viajar allí la semana pasada]
Naturalmente, cuanto más frío haya sido el invierno y menos las horas de luz, más celebrado es el verano. Pero insisto: Hay que haber sentido el paso de las estaciones en algún país del norte para entenderlo realmente, para saborear y deleitarse plenamente con cada sutil cambio en la luz. En España estamos tan acostumbrados a las bondades del clima que no sabemos agradecerlo de igual forma.
Cuento todo esto porque hoy fue el día en el que ocurrió de nuevo ese pequeño milagro: La primavera se presentó en Berlín sin avisar siquiera. Tras un invierno tardío, pero crudo y persistente (aún el sábado estuvo toda la noche nevando), hoy amaneció soleado.
Lo primero que me llamó la atención esta mañana cuando salí al mundo exterior fue oír jolgorio en uno de los balcones de mi calle, en el primer piso. Sus inquilinos habían decidido desayunar al fresco, algo que hubiera sido impensable unos días atrás. A partir de ahí me puse a prestar atención y me di cuenta de lo mucho que había cambiado todo.
No sólo había gente haraganeando en los balcones, sino que todos los cafés de Friedrichshain (el barrio donde vivo) parecían haberse puesto de acuerdo para desplegar sus terrazas en esa mañana. La gente que me cruzaba por la acera había prescindido ya de los guantes y la bufanda, y casi todos llevaban el abrigo colgado del brazo. Los ciclistas pedaleaban con una sonrisa en la cara, en lugar de ese rictus de congelación que mostraban días atrás.
Así que la primavera ha llegado: ya tengo una excusa para mis alteraciones sanguíneas. Y para sustituir mi escritorio y mi sofá por la mesa de la terraza, desde donde os escribo ahora. Aquí pasaré las próximas horas, o los próximos días, deleitándome con la luz y el placer de la música, las cervezas y la lectura al aire libre.
Escuchar “Here comes de the sun”

0 respuestas hasta el momento ↓
Aún no hay comentarios, pero puedes ser el primero en dejar uno.
Deja tu comentario