La chica que me acompaña se ha puesto su mejor vestido, y me lleva a un bonito restaurante en el barrio medieval de Bremen, Schnöor. Elegimos el vino, pedimos la cena, y cuando el camarero se dirige ya a nuestra mesa para servirla, recibo una llamada de la redacción de El Mundo. Me quedo pálido por lo que me cuentan.
Kasparov acaba de anunciar por sorpresa que se retira. Hay que meter la noticia en la edición del día siguiente como sea.
Urge ponerse en marcha de forma inmediata. No queda otra que levantarse y dejar todo en la mesa, sin tocar ni la cena ni el vino ni la chica, por tentadoras y apetecibles que resulten las tres cosas.
Mientras buscamos por los alrededores un cibercafé donde pueda trabajar, me convierto en presa de los nervios, pero también de los remordimientos por no estar donde debería. Tras seis años consecutivos viajando a Linares para cubrir el torneo de ajedrez más importante del mundo, en esta ocasión me planteé por primera vez no acudir. Dudé hasta el último momento, pero la necesidad de buscar durante esas mismas fechas un nuevo piso en Berlín acabó decidiendo por mí. Y el adiós de Kasparov convirtió todo en un error por mi parte: he perdido la oportunidad de vivir un momento importante, que alcanza la categoría de histórico si nos circunscribimos al mundillo ajedrecístico. Hubiera dado algo por presenciar esa última partida e informar de su adiós in situ.
Pero no queda tiempo para lamentaciones, hay que organizarse, salir del apuro, y cubrir la información lo mejor posible dentro de las limitaciones de la distancia. Le paso a Eduardo Castelao, a cargo de la redacción en ese momento, el teléfono de Paco Vallejo, para que haga una pequeña aportación. Mi compañero de la agencia EFE Ángel Asensio, ángel bendito, me dicta por teléfono la trascripción de la rueda de prensa. Me pongo a darle a la tecla como un loco, queda poco más de media hora para el cierre del diario.
Y entonces acaban de joderme. El dueño del cibercafé, un indio con modales bruscos, me dice que es la hora de cerrar, y deja claro que aunque inmigrante es tan estricto con los horarios como cualquier alemán más. Al ver que me hago el remolón desconecta mi terminal. Me siento impotente porque no sé suplicar en alemán; tampoco cagarme en sus muertos (necesito adquirir urgentemente más vocabulario en este idioma).
Llamo angustiado a El Mundo para explicarles lo ocurrido. Por precaución les había enviado un texto a medio hacer, con un esbozo de la estructura y que incluye todas las declaraciones y la información relevante, pero sin acabar de redactar. Alguien tendrá que terminarlo por mí, y le quedan sólo 10 ó 15 minutos. Les pido mil disculpas por cargarles el marrón, pero no puedo hacer nada más aparte de mantenerme en línea con ellos a través del móvil.
Sigo disgustado por lo sucedido con el periódico: La sorpresa y la presión me bloquearon más de lo que esperaba. Pero a la mañana siguiente son mis propios compañeros del diario quienes me dan ánimos. “Son cosas que pasan, apenas había tiempo para reaccionar, es normal”, me dice Luis Fernando López Palomo. Han hecho un buen trabajo completando el texto, y se ganan toda mi admiración como profesionales. Cancelo definitivamente cualquier posibilidad de proseguir mi viaje a Copenhague, y dispongo las cosas para quedarme en Bremen una noche más, porque hoy tocará trabajar de nuevo.
Bonita ocupación la de escribir en prensa, pero qué jodida a veces!

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