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El cocodrilo del Papa

Sin comentarios

Berlín, 3 de marzo de 2005

Ayer mencionaba dos noticias que me habían llamado la atención, y con esa tendencia a hacer las cosas a medias que tanto me caracteriza, acabé comentando sólo una.

La otra curiosidad, la que se quedó pendiente, guarda relación con la página web en la que suelo sumergirme mientras desayuno, ‘Periodista Digital’.

Normalmente este portal ofrece un servicio bastante útil como dossier de prensa, pero no suele generar contenidos propios salvo para poner a parir a Pedro J., ajustar cuentas con articulistas que no son de su agrado, o cebarse en los patinazos de cualquier otro miembro del gremio. Un penoso espectáculo del tipo “buitre devora a buitre”.

Sin embargo ayer esta web consiguió redimirse, publicando para variar un artículo de factura propia acerca de los entresijos de la profesión que me resultó muy interesante. Trata de cómo los medios de comunicación están preparándose ante la inminente muerte del patriarca de la secta cristiana: “El Papa ha muerto… mañana”.

Cuando acontezca, será una de las noticias del año, y previsiblemente tendrá (decir “se le dará” resultaría más preciso) una repercusión no tan amplia como la del 11 de septiembre o el 11 de marzo en España -que originaron ediciones especiales de los principales medios-, pero sí superior a otros sucesos más trágicos como, por ejemplo, el reciente tsunami en Asia.

Casi todos los medios tienen ya destacados en Roma y en Polonia equipos de enviados especiales –hasta siete u ocho personas en algunos casos- para reforzar la labor de los corresponsales permanentes. Y todos, sin excepción, tienen preparado desde hace 4 ó 5 años el grueso de la información que van a ofrecer. Semblanzas, resúmenes de su biografía, etc. Algunos incluso con varias versiones, una breve y una larga, para elegir dependiendo de la hora a la que se produzca el suceso y el tiempo de reacción que eso les dé. Lo mismo que hace poco con Arafat.

A estas necrológicas que se preparan por adelantado y se guardan en la nevera hasta que el protagonista finalmente estira la pata yo siempre las conocí como “cocodrilos”. Así las llamaba un veterano de la profesión de quien tuve ocasión de aprender algunas cosas acerca del asunto.

Los cocodrilos tienen que actualizarse periódicamente para ser efectivos, claro está. Y eso resulta un poco tedioso. Pero hay pocas cosas tan fácilmente predecibles como la muerte –a todo el mundo le llega, y las grandes personalidades no son una excepción-, así que estar preparado ahorra un montón de agobio cuando el personaje en cuestión se va al otro barrio y las redacciones se convierten en un caos.

El tema me resulta interesante porque durante un tiempo me planteé dedicarme a esta labor. En un corto periodo llegué a publicar algo así como una docena de necrológicas de personajes dispares, generalmente en distintos medios y firmados con pseudónimo, o sin firma. Y no descarto volver a hacerlo, porque resulta sencillo y entretenido.

Mi método era el siguiente: buscaba personalidades de cierta edad, lo bastante importantes como para que su pérdida merezca unos centímetros cuadrados de papel en el periódico del día, pero no lo suficientemente famosos como para que en el diario decidan encargar la tarea a alguien de la plantilla o a alguna pluma de renombre. Encontrar candidatos no es difícil, y como para todo, el google es una mina.

Hecha la selección, se escriben unas 55 líneas sobre su vida que incluyan 3 ingredientes: dónde nació, cuál fue su aportación a la sociedad, y alguna anécdota de su vida personal que le humanice. Esto resulta la mejor parte, y al menos a mí siempre me gustó escribir semblanzas y notas biográficas. Por último, se reservan otras 5 líneas para, cuando llegue el momento, completar la información añadiendo los datos básicos: lugar y causa del fallecimiento.

La parte difícil viene en tercer lugar: Es fundamental estar desocupado por las mañanas y mantenerse atento a las noticias de última hora (para eso, la radio es lo mejor). En cuanto las agencias lancen el primer breve de que “fulano se ha muerto”, se llama al periódico:

“Oye, os habréis enterado de que fulano se ha muerto… Pues da la casualidad de que escribí algo sobre él hace unas semanas, y si queréis puedo retocarlo un poco y enviároslo de aquí a quince minutos…”

Suele funcionar. En la mayoría de periódicos que conozco no hay nadie dedicado en exclusiva a la sección de “necrológicas”, sino que el muerto se le carga al redactor más ligado al tema. ¿Qué la espicha un escritor? Pues se le empaqueta a algún crítico o a alguien de Cultura. ¿Qué se muere un deportista? Pues a alguien de Deportes. Pero no siempre es fácil dar con la persona adecuada, y además todo el mundo tiene más cosas que hacer en su propia sección. Así que si alguien llama por teléfono ofreciendo el material de forma inmediata, resulta más fácil dejarse solventar la papeleta que encargarle a un redactor la tarea de informarse acerca de la vida y milagros del fallecido.

Lo dejé porque requería dedicación, constancia y –aquí viene el problema- regularidad de horarios. Con tanto viaje me era imposible mantenerme atento a las noticias con la velocidad de reacción necesaria.

Sin embargo, dentro de lo que estoy especializado –el ajedrez- sí que me tocará escribir más necrológicas. Recuerdo cuando se murió el Gran Maestro Ludeck Pachman que me llamaron del periódico para encargarme algo, y yo estaba haciendo una escala de pocas horas en Madrid, sin el portátil a mano. Tuve que irme pitando a un cyber y escribir una semblanza en 40 minutos.

Espero que no vuelva a pasarme. Sobre el Papa, que jugaba al ajedrez en su juventud en Polonia, ya tengo preparado algo para publicar en las revistas especializadas (a no tardar mucho, supongo). Y sobre otros ilustres de este juego, que ya sobrepasan cierta edad, lo mismo: Bronstein, Korchnoi y Smyslov, por citar algunos, ya tienen su cocodrilo esperando en mi nevera.

Categorías: prensa · recuerdos · reportajes · sociedad · trabajo

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