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Caruso

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El diecisiete de abril de 1906 llegó a la ciudad de San Francisco Enrico Caruso, el eminente tenor italiano, a dar una serie de representaciones de la ópera Carmen en el Tivoli Opera House.

La extraordinaria y sin par voz de Caruso llenaría por primera vez la ópera de la ciudad de San Francisco. En su papel de Don José, lo habitual es que brillara y dejase un registro musical extraordinario. Sin embargo, como circunstancia curiosa, al día siguiente ninguno de los periódicos hablaría sobre su histórica representación.

A las 5:13 del dieciocho de abril de 1906 se produjo un fortísimo terremoto en la ciudad de San Francisco, de aproximadamente 8 grados en la escala de Richter. La primera sacudida duró unos 20 segundos. Luego llegaron otros tantos segundos de calma. Y un segundo temblor de más de cuarenta segundos, que destruyeron prácticamente todos los edificios de la ciudad y en los subsiguientes desastres acabaría provocando la muerte a más de 3.000 personas.

Era un escenario apocalíptico: Las personas medio dormidas y mal vestidas trataban de salir de sus casas, buscaban refugio a cielo abierto. Entre ellos estaba Enrico Caruso, que abandonó su hotel con el escueto equipaje de una enmarcada fotografía autografiada por el presidente Theodore Roosevelt, valioso tesoro para el cantante.

Con todo el aire saturado de polvo, Caruso temió que su portentosa voz de tenor habría resultado dañada. Y para probarla, de entre los gritos de los ciudadanos de San Francisco emergería su estentórea y extraordinariamente única voz. Quizás nunca cantó Caruso con tanta devoción, comprobando que no sufrió daños en su don vocal, y creando al mismo tiempo una imagen terrorífica pero de extraordinaria belleza.

Ésta y muchas otras historias por el estilo salen de Pons Asinorum, uno de los blogs más originales de internet, y uno de los pocos que sigo regularmente desde hace ya casi cuatro años. De hecho este extracto que reproduzco es sólo una introducción a una historia más larga sobre Raymond Schlindler, que continúa aquí.

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Viaje a China

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(San Sebastián, 6 de noviembre de 2009)

nahui

Ya han pasado casi cinco meses desde que sucedió, pero fue una locura tan divertida, y un viaje tan intenso, que merece la pena dejar un recuerdo escrito de ello.

El domingo 14 de Julio, a las 7 de la mañana, yo debía viajar a Guangzhou -con parada en Hong Kong-, para visitar a Alberto y hacer los trámites para echar a andar nuestra pequeña aventura empresarial por tierras chinas, Canton Global Logistic. Para asegurarme de dejarlo todo bien atado, dispuse las cosas para estar allí 11 días.

Pero sucedió que, antes de este viaje, tuve que atender un compromiso importante e irme a Madrid 4 días. Este contratiempo suponía que yo regresaría a casa el sábado a mediodía, cambiaría mi maleta pequeña por mi maleta grande, y tras apenas 17 horas de descanso hogareño volvería a ponerme en marcha.

Era la primera vez que me iba de viaje desde que había nacido la niña y, si ya se me hacía difícil la idea alejarme de ella durante 11 días (aunque había tenido mucho tiempo para mentalizarme), prolongarlo inesperadamente a 15 parecía insoportable.

Recuerdo que le pedí a Cindy que me vinieran a recoger al aeropuerto ese sábado, para exprimir al máximo esas 17 horas que iba a estar con ella y con la niña. Y en el taxi de camino a casa me di cuenta realmente de lo mucho que había echado de menos a la pequeña, y lo cuesta arriba que se me haría volver a marcharme tan pronto.

Acabábamos de comer cuando de repente empezó a ponerme nervioso la idea que se me cruzó por la cabeza: “¿y si nos vamos los tres?” Me senté frente al ordenador a comprobar si quedaban plazas en mi vuelo, y supuse que de haberlas estarían a un precio prohibitivo, pero resultó que no. Costaban lo mismo que había costado mi billete: 450 accesibles euros por Cindy, y la bebé viajaría gratis en un canastito adosado al asiento. Al ver que la posibilidad tomaba forma empezó a acelerárseme el pulso.

Fue impagable ver la cara que se le puso a Cindy cuando le comenté la idea. Los primeros diez minutos me tomó a broma, pero luego, conociéndome, empezó a asumir que estaba ante uno de mis típicos arrebatos. Ya mentalizada para verme marchar y quedarse sola una vez más, lo último que había imaginado ella cuando se levantó esa mañana es que al día siguiente podía estar camino de China. Y no sé si le pesaba más la excitación por hacer un viaje totalmente inesperado a un lugar exótico, o el pánico a emprender un viaje así con una recién nacida que no había cumplido siquiera los dos meses.

A contrarreloj, empezamos a hacer averiguaciones. Por suerte Nahuí tenía su propio pasaporte, expedido apenas dos semanas después de nacer (fui previsor). Y en varias agencias de Hong Kong, un europeo puede tramitar una visa para China en apenas unas horas: si lo solicitas antes de las 11 de la mañana, te la entregan a las 5 de la tarde.

Pero Cindy, mexicana, y en plena psicosis por la gripe porcina, podía tenerlo más difícil. Por medio de Alberto –que no daba crédito- consultamos a una mexicana residente en Guangzhou, para que nos aclarase la situación. Nada estaba seguro, probablemente quedaríamos un poco a expensas del azar, pero decidimos ir adelante: si en el peor de los casos Cindy no conseguía el visado para la China continental, ella se quedaría haciendo turismo por Hong Kong y Macao durante los días que yo tuviese que estar por fuerza en Guangzhou.

El siguiente paso en la carrera de obstáculos era comprar los billetes de avión, porque Air France no lo pone fácil precisamente: no vende por internet con menos de 48 horas de antelación, ni tampoco se pueden comprar sus billetes en agencias como Rumbo o Lastminute. Como si fuera una gymkana, recorrimos las agencias de viajes de medio Donosti, pero resulta que todas cierran los sábados por la tarde. Ya estábamos a punto de tirar la toalla cuando, escondido en un recóndito apartado de la web de Air France, dí con un número donde podía hacer la reserva telefónica, con la condición de estar bien temprano a la mañana siguiente en el aeropuerto de Bilbao para confirmar las plazas. Tendríamos que viajar en diferentes vuelos a París, tanto a la ida como a la vuelta, pero el trayecto de París a Hong Kong podríamos hacerlo juntos.

Ahora ya sí, sorteadas las dificultades, y a falta de 12 horas para despegar, la emoción y la adrenalina empezaron a ceder un poco a las preocupaciones. ¿Nos arreglaremos bien para hacer un viaje tan largo con la niña? ¿Le dolerán los oídos con la presión? ¿Cómo haríamos para aliviarle el calor tropical de Cantón?

El viaje fue plácido. Dormimos en el avión todo lo que los nervios no nos habían dejado dormir durante la noche anterior, así que aterrizamos en Hong Kong acompasados al horario y sin pizca de jet-lag. La niña ni se inmutó en todo el viaje, salvo por poner cara de asombro en su primer despegue. Y tanto en el aeropuerto como en el avión todo el personal se esforzó por hacernos las cosas más fáciles: casi hasta se pelearon entre las azafatas por sostener a la niña en brazos mientras pasábamos el control de seguridad, e incluso el comandante del avión vino a hacerle cariños un rato. Un punto a favor de Air France, sobre todo comparado con la mala experiencia vivida un mes después con Iberia en el viaje a México.

A la llegada pasamos dos noches en Hong Kong, solucionando los visados, aclimatándonos, y turisteando un poco. Uno de los momentos divertidos fue cuando los tres tuvimos que hacernos fotos de carné y la niña no paraba de llorar y menearse: más de una hora estuvimos allí, haciéndole perder la paciencia incluso a los chinos. Y a la tercera mañana tomamos el tren a Cantón.

Como siempre, nada más llegar, más problemas. Ni mi teléfono español ni el que me había comprado en Hong Kong funcionaban en China. Recurrí a uno de los muchos taxistas que nos asediaban en la estación, con el viejo recurso de “te doy 5 dólares si me dejas usar tu móvil un minuto”. Conseguí hablar con Alberto para recibir indicaciones y, unas horas más tarde, nos encontrábamos con él en una estación de metro.

Todo en el viaje tuvo el intenso sabor de lo inesperado. Para mí hubiera sido “un viaje más”: bonito, por reencontrarme con un amigo al que hacía un año que no veía, pero un viaje más al fin y al cabo. Pero el hecho de hacerlo con mi familia lo cambió todo. Y para Cindy, pues qué voy a decir. A ella le había encantado Taiwan cuando estuvimos el año anterior, y tenía muchísimas ganas de conocer la China continental. Estuvo con los ojos abiertos como platos durante los 11 días. Y, como yo, volvió enamorada de la cocina cantonesa, además de que pudo vivir de primera mano muchas de las “curiosidades culturales” sobre China que yo le había contado, y anécdotas muy parecidas a las de mi viaje a Shanghai en 2005.

Sólo me da lástima que Nahuí era demasiado pequeña para ser consciente de nada, máxime teniendo en cuenta que ella fue la máxima protagonista en este viaje. Guangzhou es una ciudad enorme con una presencia relativamente pequeña de occidentales, y fuera de las calles más céntricas, resulta algo relativamente común que algún chino se te acerqué y te pida tímidamente si puede sacarse una foto contigo, como si fueras una rareza andante. Pero además, los pocos occidentales que van por allí suelen ser hombres de negocios que no van acompañados de niños (por lo menos habitualmente, aunque me toque ser la excepción). Un bebé occidental es algo que en China sólo han visto por la tele. Y no os podéis imaginar los remolinos de curiosos que se formaban a nuestro alrededor cada vez que entrábamos en una tienda o un restaurante: los chinos se acercaba a Nahuí y, aunque tímidos, se morían por tocarla, como si no se creyesen que fuese una niña de verdad. Incluso las limpiadoras de nuestro hotel hacían guardia cada mañana en nuestra planta, y se avisaban entre ellas para echársenos encima cuando salíamos a desayunar. Un auténtico circo.

A toro pasado, aparte de los bonitos recuerdos, creo que el viaje fue muy interesante para nosotros para curtirnos como padres. Fue como tirarse de cabeza a la piscina cuando uno apenas está aprendiendo a nadar. Perdimos muchos de los miedos de cualquier padre primerizo, porque, después de haber arrastrado a Nahuí hasta China teniendo sólo dos meses, ¿qué tontería nos podría amedrentar?

De hecho, quizá lo más importante de todo, fue darnos cuenta de que tener una hija no nos ha restado libertad. Ni siquiera la libertad de improvisar, que es una de las más difíciles de todas.

nahui

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“Mapamundi”, de Eduardo Galeano

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Al sur, la represión. Al norte, la depresión.

No son pocos, los intelectuales del norte que se casan con las revoluciones del sur por el puro placer de enviudar. Prestigiosamente lloran, lloran a cántaros, lloran a mares, la muerte de cada ilusión; y nunca demoran demasiado en descubrir que el socialismo es el camino más largo para llegar del capitalismo al capitalismo.La moda del norte, moda universal, celebra al arte neutral y aplaude a la víbora que se muerde la cola y la encuentra sabrosa. La cultura y la política se han convertido en artículos de consumo. Los presidentes se eligen por televisión, como los jabones, y los poetas cumplen una función decorativa. No hay más magia que la magia del mercado, ni más héroes que los banqueros.

La democracia es un lujo del norte. Al sur se le permite el espectáculo, que eso no se le niega a nadie. Y a nadie molesta mucho, al fin y al cabo, que la política sea democrática, siempre y cuando la economía no lo sea. Cuando cae el telón, una vez depositados los votos en las urnas, la realidad impone la ley del más fuerte, que es la ley del dinero. Así lo quiere el orden natural de las cosas. En el sur del mundo, enseña el sistema, la violencia y el hambre no pertenecen a la historia, sino a la naturaleza, y la justicia y la libertad han sido condenadas a odiarse entre sí.

Del ecléctico pero delicioso Libro de los abrazos de Eduardo Galeano, uno de mis escritores favoritos, de quien recientemente me compré toda su bibliografía -a pesar de conocerla ya bien- para atesorarla en mi estantería.

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Suicidio de Peter Pan

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El artista invitado de hoy es Vanitas:

La hija de una amiga, niña alegre de 8 años, ha decidido que no quiere hacerse mayor.

Su decisión me ha sorprendido, porque tiendo a compadecer a los niños -su dependencia, su fragilidad a merced de las tormentas del hogar. Tal vez me acuerdo, sin querer acordarme, de quien fui y no quisiera volver a ser.

-¿Por qué, por qué no quieres hacerte mayor?

-Porque los mayores sois aburridos.

A uno lo habían llamado de todo en este mundo –pese a que uno no es nada-, pero todavía no le habían llamado aburrido.

Sin duda, para esta criatura, que gusta de brincar por el parque, las actividades favoritas de los adultos que la rodeamos –conversar, comer, beber, fumar, escribir y leer; a realizar preferiblemente sentados-, son un auténtico coñazo.

Si supiera que la actividad por la que suspiramos la realizamos tumbados, se afirmaría aún más en sus puntos de vista. Hay aburrimientos deliciosos, ya tendrá tiempo de aprenderlo –no le quedará más remedio.

Cuando uno pasa revista a sus compañeros de generación, se espanta: el que no se suicidó, lo intentó; el que no lo intentó, se mató de un accidente; al que no murió en un accidente, lo mataron en la calle, o lo dejaron tonto para siempre; el que no huyó de casa, estuvo a tratamiento psiquiátrico; la amiga que no sufrió de anorexia, sufrió de bulimia; la que no emigró, quedó desempleada; los que encontraron mil trabajos, sufrieron explotación absurda; quienes no vivimos con y de los padres, camino de la cuarentena, comemos pasta con tomate en el exilio, y no nos podemos consolar pensando que también éramos ciudadanos de segunda en nuestro propio país; quien no haya sufrido un ataque de ansiedad, que levante la mano; quien levante la mano, que confiese sus depresiones; quien viva libre de depresión, que nos pase la receta de su droga; y si alguno no se droga, no sabe lo que se pierde.

Por eso suelo escribir que lo mío no es una generación, sino una degeneración, y de las más lamentables. Una degeneración sin tiros, sin gritos, agonizante en su resignación.

La hija de mi amiga no sabe que “aburridos” es lo mejor que puede llamarnos.

Reproducido sin la autorización del autor, no vaya a ser que no se me deje. Más perlas de éstas, pueden encontrarlas aquí.

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Medio año

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(San Sebastián, 16 de octubre de 2009)

nahui

Hoy la gordita risueña que tengo por hija cumple seis meses; medio año. Ya nos lo decían los viejitos cuando éramos jóvenes y crecíamos de un verano para otro: ¡Ay qué rápido pasa el tiempo!

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