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#2: Bobby Fischer, ni tan loco ni tan infalible

Existen dos pequeños defectos, muy extendidos entre los seres humanos, de los que a veces no somos plenamente conscientes, y que además yo diría que se dan con inusitada frecuencia entre los practicantes del ajedrez. Uno es la ligereza con la que a veces emitimos juicios sobre nuestros semejantes, y el otro es nuestra tendencia a adoptar posturas inamovibles en nuestras ideas o nuestra forma de interpretar el mundo.

Un personaje tan carismático y conocido como lo fue Bobby Fischer no podía escapar a ello. Todo el mundo tiene su opinión acerca del ajedrecista americano, y éstas suelen ser bastante diferenciadas. Por un lado, la imagen más extendida a nivel popular suele ser la de que Fischer era “un genio loco”, tan admirable en su faceta ajedrecística como deleznable como persona; un mal ejemplo y una triste figura. Y mucho me temo que los periodistas, en nuestra búsqueda del sensacionalismo, tenemos gran parte de la responsabilidad en esto, habiendo alimentado su leyenda negra al extraer de su biografía aquellas declaraciones o anécdotas que ofreciesen un perfil más extravagante y pintoresco.

Por otro lado, están los que pecan de indulgentes con el que fue su gran ídolo. Aficionados al ajedrez que, por su amor al juego, son capaces de perdonarle todo y que, simplificando, vienen a defender la postura de que Fischer no estaba loco, sino que era un incomprendido y que los locos somos los demás. Recuerdo -por citar un caso enternecedor-, el del historiador Ricardo Calvo, cuya admiración por el incorruptible ajedrecista de Brooklyn era tan grande que incluso tenía un pequeño discurso preparado: cada vez que un neófito le planteaba la recurrente pregunta (“Ese tal Bobby Fischer, ¿está como una cabra, verdad?”), Ricardo, siguiendo un protocolo ya establecido, tomaba aire, se armaba de paciencia, contaba hasta diez, y soltaba entonces su educado y lúcido alegato en defensa del ex campeón mundial.

Probablemente lo más aproximado a la realidad, como en tantas ocasiones, se encuentre en un estado intermedio entre una y otra postura. Afirmar que Fischer “estaba loco” es fácil, pero me parece una simplificación excesiva y sin duda injusta. Y al mismo tiempo, negar que sufría ciertos trastornos de la personalidad sería cerrar los ojos a algo bastante evidente, según los testimonios coincidentes de todos aquellos que tuvieron ocasión de conocerle más de cerca.

Su prodigiosa inteligencia, su aislamiento social, y el hecho de no haber recibido una educación convencional, convirtieron a Bobby Fischer en el prototipo de persona hecha a sí misma incluso en lo más profundo; alguien que no tomó prestados de su entorno cultural sus valores y sus ideas sobre el mundo, sino que formó su propio camino. Esta independencia desemboca en un caudal de ideas originales, del que pueden surgir tanto los hallazgos o las creaciones más brillantes, como los errores de juicio más estrepitosos.

Entre las ocurrencias geniales de Fischer -dejando aparte su inmenso legado de innovaciones en la teoría del ajedrez- están, por ejemplo, la patente del reloj con tiempo añadido y su idea del fischer random, modalidad ideada como una tabla de salvación para rescatar el juego del agotamiento teórico en el que progresivamente está cayendo. La primera se ha convertido ya en un estándar del juego; la segunda, aún es pronto para calibrar su acierto, pero poco a poco gana adeptos e incluso Kasparov llegó a reconocerla recientemente como una posibilidad a considerar.

En cuanto a los trastornos de la personalidad que Fischer acusó durante buena parte de su vida, son fácilmente comprensibles si atendemos a algunos detalles de su biografía. Su madre, de orígenes suizos, había cursado la carrera de medicina en Moscú, pero cuando años después se instaló en los Estados Unidos el título no le fue homologado. Eso la condenó a una penosa precariedad laboral que, unida a su temprana separación -cuando Bobby tenía sólo dos años-, obligó a ambos hijos a pasar la mayor parte del tiempo solos y desatendidos.

El pasado de Regina Fischer en la Unión Soviética, unido a sus simpatías izquierdistas, hicieron que durante años fuese vigilada por el FBI, y quien fue su marido, el biofísico Gerhadt Fischer, también era considerado sospechoso de espiar para la RDA. Por no mencionar que la persona a la que algunos biógrafos apuntan como su progenitor biológico, el físico nuclear Paul Nemenyi, era una pieza clave en las investigaciones de la carrera armamentística estadounidense, y todo lo relacionado con él siempre estuvo rodeado de un fuerte secretismo. Así que, habiendo crecido solo y en semejante ambiente de intrigas, cuando se habla de la paranoia de Fischer y de sus exagerados temores a ser espiado, perseguido o asesinado, yo no puedo evitar acordarme de aquel viejo chiste del paciente que le contaba a su psicólogo que había visto un cocodrilo debajo de su cama.

Si a este cóctel explosivo añadimos el juego sucio de los soviéticos en Curaçao (1962), su detención ilegal en Pasadena (1981), o la más reciente traición que sufrió por parte del encargado de velar por sus pertenencias en Estados Unidos (y que terminó con sus bienes y recuerdos de toda una vida saldados en subasta pública), podemos concluir que sí, que Bobby a veces caía claramente en el delirio, pero que conviene ser cuando menos un poco indulgente. Incluso la persona más estable y equilibrada hubiera podido desarrollar cierta paranoia de haber pasado por todo por lo que Fischer atravesó.

Con todo, la biografía de las personas es el fruto de sus circunstancias, y si las circunstancias de Fischer hubieran sido distintas, seguramente no estaríamos hablando ahora de uno de los mayores campeones en la historia de nuestro juego. El ajedrez fue para Bobby su refugio, el terreno donde con más éxito lograba comunicarse con sus semejantes, su mayor pasión y su monomanía. Todos los que amamos este deporte le debemos interminables horas de emoción y disfrute, que ni la más disparatada y triste de sus ocurrencias fuera del tablero conseguirán empañar.

[Escrito en San Sebastián el 19 de enero de 2008; publicado en la revista Jaque nº 618 correspondiente a febrero de 2008]

actualidad, necrológicas, personajes

David Llada @ 18-Marzo-2008

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