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Bobby Fischer en la revista Life (III): Un feroz ganador

Bobby Fischer revista LIFEEn la tarde del sábado Fischer sale impetuosamente del ascensor, en dirección al vestíbulo del hotel. Una multitud aún mayor le aguardaba allí. Mortalmente pálido por el hambre tras un día de ayuno, bajó la cabeza y se dirigió a la calle. Había prometido a una cadena de televisión americana una entrevista esa noche, pero apartó a un lado con impaciencia al cámara. “¡Más tarde, más tarde!”.

El sonido del disparador de las cámaras de fotos suenan por todas direcciones según Bobby sale a la luz del día. Un ronco paparazzo argentino le persiguió disparando su objetivo con insistencia. De pronto Fischer se volvió hacia él, intentó agarrar su cámara sin conseguirlo y entonces le dio dos patadas en la pierna derecha. Antes de que el fotógrafo pudiese recuperar el equilibrio, Fischer dobló la esquina y desapareció. Conmocionado, el fotógrafo se sentó en el parachoques de un taxi cercano. “Bobby está loco”, refunfuñó sacudiendo la cabeza.

Algo misterioso sucedió esa noche en la habitación de Fischer. Se encogió como una tortuga y puso en orden su mundo. Primero encendió una pequeña radio Sony de onda corta y la estuvo manipulando hasta sintonizar un canal por el que emitían rock ligero londinense. Entonces sacó las revistas rusas de ajedrez (Fischer rara vez se aventura más allá del “ajedrez ruso”, pero lee y habla español con soltura). Con los ojos nublados por la introspección, reprodujo 10, 15, 20 partidas a una velocidad enfebrecida, lanzando las piezas por el tablero como si fueran dardos y murmurando crueles, burlones o fascinados comentarios. Era el genio exhibiendo toda su rabia, y duró por una hora, hasta que alzó la vista y recordó que yo estaba allí.

“No debí patearle”, dijo. “No se puede ir por el mundo dando patadas a la gente”.

Entonces sus ojos se nublaron de nuevo y reprodujo doce partidas más. Esto es todo, pensé. Ésta es la vida de Bobby. Duerme todo el día. Devora algo de comida. Se esconde con una radio pequeña, un radio-cassette o una televisión, y juega al ajedrez consigo mismo durante toda la noche. No hay gente en su vida, si él puede evitarlo. Sólo un pequeño entorno de aparatos electrónicos conocidos y que no le exigen nada. Es un hombre solo con una única obsesión, una monomanía.

“No es un mal tipo, supongo”, siguió Fischer, aparentemente sin darse cuenta de que habían transcurrido 20 minutos entre ambas frases. “Lo malo es su trabajo”.

Subió el volumen de la radio. “¡Es Víctor Sylvester!”, exclamó con excitación . “¡Escucha esa música! Sonora, ¿eh?” Tragué saliva y asentí con la cabeza. Víctor Sylvester es el Lawrence Welk británico.

“Desprecio a los medios de comunicación”, continuó, mirándome a los ojos y frunciendo el ceño. “’Adiós, reportero. Esparciendo tu paranoia por el mundo. Creando situaciones que no comprendes’. Están destrozando la realidad, convirtiéndolo todo en noticia”, dijo subiendo el volumen aún más.

Sonó el teléfono. Era el gran maestro yugoslavo Svetozar Gligoric, llamando desde Venecia. Fischer resplandeció. Gligoric es uno de sus más calurosos admiradores. “¡Gligo! Gracias. ¿Qué? Estaba un poco preocupado tras la segunda partida, sí… Bueno, en la quinta él tenía una buena posición pero no intentó ganar… Es cierto, estos matches son de algún modo fáciles para mí… pero siento que he estado en mi mejor momento desde hace muchos años… ¿Spassky? Es muy sólido pero bueno, ya sabes… ¿Felicitaciones de Spassky? No, nada… Adiós, Gligo.”

Colgó el teléfono sonriendo. “No he recibido felicitaciones de Spassky todavía. Creo que le mandaré un telegrama: ‘FELICIDADES POR GANAR EL DERECHO A ENFRENTARTE A MI POR EL CAMPEONATO DEL MUNDO’”.

Alrededor de la una de la madrugada salimos a cenar. No había fotógrafos en el vestíbulo, pero Fischer no quiso correr ningún riesgo. Descendimos por las escaleras traseras, salimos por una puerta lateral y bordeamos un muro hasta que estuvimos a dos manzanas del hotel. “Creo que nos hemos sacado de encima a esos imbéciles”, dijo Fischer. Entonces caminó unas 20 manzanas a un paso que me hizo sentir como Dopey the Dwarf (el enano estúpido en la versión americana del cuento), luchando por mantener el ritmo de la gente grande. Las calles estaban abarrotadas de parejas jóvenes paseando enlazadas y besándose. Fischer miraba por encima de sus cabezas y apretaba el paso. Me preguntaba si reparaba en ellos hasta que lanzó una mirada a un coche aparcado en el que un hombre de unos 40 ó 50 años estaba besuqueándose con una chica joven. “¿Has visto eso?”, explotó. “¡Es repugnante!”

Comimos en un restaurante chino. Fischer pidió dos platos principales, uno con pato y el otro con cerdo, creo recordar, y los remezcló con el tenedor hasta obtener una especie de sopa medio derretida. “¡Aquí tienen una comida fenomenal!”, masculló con los ojos relampagueantes.

Después de cenar salimos a dar un paseo hasta que nos dieron las 5 de la madrugada; a buen paso, recorreríamos no menos de 13 kilómetros. Fischer hablaba con ruidosa impaciencia juvenil acerca de sus temas favoritos: ajedrez, dinero, los rusos, aparatos electrónicos, ajedrez, ropa, comida, los rusos, ajedrez, ciencia, ecología, problemas urbanos, ruido. Para ser un hombre de quien popularmente se asume que tiene una inteligencia estrecha de miras –limitada al tablero-, muestra un notable abanico de intereses. Pero cuanto más hablaba, más quedaba en evidencia que toda esa información era factual, no emocional. Procedía de libros, revistas, periódicos, televisión –los medios de comunicación que despreciaba. Poco antes del alba estaba diciéndome qué horribles son las ciudades para la gente, cuánto ama la naturaleza y el campo abierto. Le hablé de una gran rancho que yo conocía y sugerí que podíamos volar en una avioneta hasta allí a pasar el día siguiente. Al principio se mostró encantado con la idea, pero entonces me miró, el color desapareció de sus mejillas, y su mandíbula se desencajó, como si hubiese sido golpeado en la barriga. “No sé nada de esa avioneta”, dijo con lentitud. “Supón que los rusos –por ejemplo, hicieran algo al motor, cualquier cosa. Quiero decir, la gente no se da cuenta de lo importante que es el ajedrez para su imagen. Les gustaría muchísimo poder quitarme de en medio ahora mismo.”

[CONTINUACIÓN]

colaboraciones, entrevistas, fotos, historia, personajes

David Llada @ 15-Mayo-2007


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Comentarios

  1. Gabriel Fernandez Armas Febrero 2, 2008 @ 10:12 pm

    Bobby Fischer uno de los jugadores de ajedrez más completos de la historia, sino el mejor. A pesar de verlo como una mente atormentado, creo que fue un hombre feliz por la pasión que le dedicó al juego. Un ejemplo a seguir.

  2. Gabriel Fernandez Armas Febrero 2, 2008 @ 10:12 pm

    Bobby Fischer uno de los jugadores de ajedrez más completos de la historia, sino el mejor. A pesar de verlo como una mente atormentada, creo que fue un hombre feliz por la pasión que le dedicó al juego. Un ejemplo a seguir.

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