Bobby Fischer en la revista Life (II): Un feroz ganador
Voces de enfado atraviesan la puerta de la habitación de hotel de Bobby Fischer en el mismo momento que levanto mi mano para llamar a ella. “¡Maldita sea, estoy harto de todo esto!”, le oigo gritar a Bobby. “Estoy harto de ver a gente, necesito trabajar, necesito descansar! ¿Por qué no me preguntaste antes de concertar todas estas citas?”. Entonces escucho la voz, suave y llena de dignidad, del director ejecutivo de la USCF, dirigiéndose al hombre que podría ser el mejor ajedrecista de la historia en un tono sólo ligeramente superior a un lamento: “Bobby, desde que llegamos a Buenos Aires no he hecho nada más que cuidar de ti, día y noche. ¡Eres un desagradecido!”.
Eran las tres en punto de la tarde, un poco temprano para que Fischer estuviese ya levantado. Diez minutos más tarde, en vista de que el hall estaba silencioso, finalmente me atreví a llamar a la puerta, y Fischer abrió la puerta con brusquedad. “Ah, sí, el tipo de la revista Life. Pasa”. Su sonrisa era amplia y juvenil, pero sus ojos eran cautelosos. Alto, ancho y flaco, con una cabeza demasiado pequeña para su gran cuerpo, me recordaba a una pálida versión humana de una escultura de Henry Moore. Le había visto con anterioridad en dos ocasiones, pero nunca antes tan cansado.
Me detuve nada más atravesar el umbral. La habitación era un desastre, peor que un piso de estudiante. La ropa de cama se apilaba en grandes montones sobre el suelo. Calcetines, ropa interior, bolsas, periódicos y revistas formaban un revoltijo en la cama desocupada. Las cajas se apilaban sobre el sofá, y en el suelo, entre los muebles, había una graciosa cáscara de plátano. El único rincón limpio del cuarto era una pequeña mesa junto a la ventana, donde un hermoso tablero de ajedrez de madera había sido colocado. Sereno y hermoso, como un altar entre los escombros de la batalla.
Un campo de batalla es lo que ha sido la vida de Fischer en los últimos 11 meses. En Mayo, tras una racha de siete victorias en partidas de torneo, el prodigio de Brooklyn, de 28 años, comenzó su andadura en el desafío por el campeonato del mundo de ajedrez. En el primero de los tres matches eliminatorios destrozó al ruso Mark Taimanov por 6-0, siendo la primera vez que se daba tal resultado en un encuentro a nivel magistral. En el segundo match Fischer liquidó al danés Bent Larsen con el mismo resultado. En su duelo con el ruso Tigran Petrosian, finalizado dos días antes de mi llegada a Buenos Aires, Fischer elevó su racha de victorias consecutivas a 20, pero entonces se resfrió y perdió una partida. Con el match empatado 2½ – 2½, Bobby cambió de hotel, tomó un buen sueño reparador, y condujo las cuatro últimas partidas contra el ex campeón del mundo como si se tratasen de una brutal exhibición de fuerza. Un día de la próxima primavera, en un lugar aún por determinar, Fischer se enfrentará al ruso Boris Spassky en una batalla al mejor de 24 partidas, estando el juego el título mundial que ostenta el ruso. Spassky es un Gran Maestro formidable, pero incluso algunos de los mejores expertos soviéticos creen ahora que Fischer acabará con los 35 años de dominación rusa en el ajedrez para convertirse en el primer americano de la historia que conquista el Campeonato del Mundo.
- “Felicidades por su victoria”, trato de decir.
- “Sí, sí…”, farfulla Fischer tímidamente y se aparta para coger un abrigo y una corbata. “Tengo que comer. Me muero de hambre. Hablamos después”. Y se va apresuradamente a desayunar con unas 20 revistas de ajedrez rusas plegadas bajo el brazo.
En el vestíbulo la gente se precipita sobre Fischer desde todas las direcciones. Él parece asustado e irritado. En Argentina existe un gran fervor ajedrecístico (hay 60 clubs sólo en Buenos Aires) y durante más de un mes Fischer ha sido acosado día y noche con la típica efusividad latina. Un hombre canoso le agarra y le habla seriamente. Una chica se cuelga de su brazo y le dice algo intenso que le hace recular y después alejarse a zancadas. Un equipo de televisión deportiva estadounidense le toma por el codo para intentar retenerle, pero él no acepta ser interrumpido. “¡Después!”, les espeta Fischer, inclinándose hace adelante, y tambaleándose con sus fuertes y desgarbadas zancadas que le hacen parecer el Capitán Ahab avanzando con fuerte viento.
En el London Grill, una réplica del típico pub inglés de agradable y decadente encanto, Fischer se dirigió a una mesa del fondo y pidió dos vasos grandes de zumo de naranja natural, el bistec más grande de la casa, una ensalada mixta y una botella de agua mineral con gas. Cinco minutos después pidió otro vaso de zumo y, para cuando ya se preparaba para un enorme postre de bananas y sabrosísima crema de Chantilly, ya había terminado su cuarta botella de agua mineral. Comía con el vigor oral de una barracuda y hablaba incesantemente de lo buena que era la comida. “¡Mira este zumo: fresco, no helado! ¿Y dónde puedes encontrar un vaso tan grande por menos de 10 centavos? ¡Mira este bistec! Tiene un grosor de 5 centímetros como mínimo. ¡Y puedes saborearlo de verdad! No como esa pésima carne americana, llena de químicos. ¡Esta carne es natural! Lo que yo te diga, la comida argentina es la mejor del mundo, ¡la mejor del mundo! Aquí van a por la calidad. Como la ropa. Aquí puedes conseguir una chaqueta de sastre por menos de 100 $, ¡y duradera! Y zapatos. Aquí tienen los mejores zapatos del mundo. Mira este par que llevo puesto. Éstos que llevo puestos: ¡míralos!” Desata rápidamente un enorme zapato marrón, se descalza y lo pone ante mí sobre la mesa. “¡Mira esa suela! Yo gasto un par normal de zapatos en unos días, ¡en unos días! Pero llevo usando estos durante un año y continúan en buen estado. Quiero decir que amo América y nunca he sido otra cosa que un americano, pero las cosas se están viniendo abajo allí. Que cada uno se ocupe de lo suyo simplemente no funciona. ¡Necesitamos organización! ¡Necesitamos volver a los viejos valores!” Negó tristemente con la cabeza y pidió otro plato de bananas y Chantilly.
A la tarde, como hace todas las tardes de los viernes de su vida, Fischer desapareció en su habitación durante 24 horas para meditar en soledad. Pertenece a la Iglesia de Dios, una iglesia fundamentalista californiana, y se toma la religión en serio. No hablará del tema, de todas formas. No hablará nunca con la prensa de ningún aspecto de su vida privada. Pero es mucho lo que ya se sabe.
Hijo de un matrimonio roto, Bobby creció en Brooklyn con una madre dominante y un padre ausente. Tenía una apariencia solitaria y un poco retraída, sin destacar en absoluto por nada, hasta que un día, cuando tenía 6 años, su hermana mayor trajo a casa un juego de ajedrez. Desde ese día, el destino se apoderó de Bobby. Padre, madre, amigos: toda la gente que necesitaba, la encontró en las figuras del ajedrez, todo el mundo que él quería cabía en el espacio de 30 centímetros cuadrados.
A los 13 años, Bobby ganó el campeonato juvenil de EEUU. Y a los 14, se abrió camino a lo largo de 11 partidas -tres de ellas frente a Grandes Maestros- para convertirse en el campeón de EEUU más joven de todos los tiempos. Sin embargo su madre creía firmemente que no se le valoraba como se debía. Fue a Washington a protestar por Bobby, llegando un día a encadenarse literalmente a la verja de la entrada de la Casa Blanca. Sumamente avergonzado, Bobby la fue empujando fuera de su vida de forma gradual. A los 17, dejó la escuela (“los profesores”, decía, “son gilipollas”) y vivió solo en un laberinto de literatura ajedrecística.
A los 18, Fischer jugaba con una brillantez tan endiablada que los maestros de este deporte estaban seguros de que se convertiría en campeón del mundo al año siguiente. Pero después del torneo de Curaçao, acusó a los rusos de jugar en equipo, dejando ganar a sus mejores jugadores, y luchando como tigres para derrotarle a él. En un ataque de furia producido por la humillación, rehusó enfrentarse a los rusos de nuevo hasta que las normas fuesen modificadas. La prensa se burló de él calificándole de mal perdedor, pero a pesar del altísimo precio que su carrera tuvo que pagar por ello, Fischer no modificó su postura ni un ápice. Ahora, la organización mundial del ajedrez ha desestimado el sistema de torneo para el campeonato del mundo y lo ha sustituido por una serie de enfrentamientos individuales, tal como Fischer reclamaba. Mano a mano, razonaba, el talento decidirá.
El talento y la erudición. Fischer es el más profundo estudiante del ajedrez que jamás ha existido. Lee incesantemente, no olvida nada, convierte el conocimiento en acción con monstruosa precisión y ferocidad. “Ningún otro maestro”, me dijo un experto alemán, “tiene tan tremenda voluntad de ganar. Ante el tablero irradia peligro, e incluso los más fuertes oponentes tienden a quedarse inmóviles, como conejos cuando huelen una pantera. Incluso sus debilidades son peligrosas. Con las blancas su apertura es previsible –puedes hacer planes contra ella- pero tan fuerte que tus planes casi nunca funcionarán. En el medio juego su precisión e invención son fabulosas, y en el final simplemente no puedes vencerle”.
colaboraciones, entrevistas, fotos, historia, personajes
David Llada @ 30-Abril-2007
Sencillamente genial el artículo. Hay información que no conocía. Le agradezco mucho por la publicación.