Mentes prodigiosas
Si tenemos en cuenta que el ajedrez es un deporte mental que ya de por sí exige a sus practicantes un tremendo esfuerzo de concentración, el peculiar desafío vivido durante este fin de semana en Bilbao ha rizado el rizo de la dificultad. El número uno de mundo, Veselin Topalov, y la mejor jugadora de la historia, la antigua niña prodigio Judit Polgar, han medido sus fuerzas en un duelo de ajedrez “a la ciega”, modalidad en la que los contendientes no pueden ver la posición del tablero, y dictan sus jugadas de memoria.
El encuentro, que constaba de seis partidas y que se celebró del jueves al sábado en el auditorio del museo Guggenheim de Bilbao, ha resultado tan espectacular que atrajo la atención no sólo de los aficionados a este deporte, sino también la de multitud de curiosos que llenaron el aforo del teatro, abandonando el local tan asombrados como si hubieran presenciado un truco de magia.
Pero la única magia está en la mente de estos dos portentosos ajedrecistas. Topalov y Judit se sentaban frente a un tablero vacío, sin piezas, y comunicaban sus jugadas al otro mediante un teclado de ordenador. Cuando su oponente las recibía, tenía que reconstruir mentalmente la posición y, a partir de ahí, meditar su respuesta. Para mayor espectacularidad, los primeros compases de cada partida se efectuaban con ambos jugadores de espaldas al tablero y con los ojos vendados. El público, entretanto, sí que podía ver la posición real que ofrecerían las piezas en el tablero -mediante las pantallas gigantes de demostración que quedaban fuera de la vista de Judit y Topalov- al tiempo que disfrutaba de los comentarios técnicos de varios expertos a través de auriculares.
Existen otros torneos, como el de Mónaco, que –con carácter de exhibición, no oficial- incluyen esta modalidad de juego, y en ocasiones algún Gran Maestro de ajedrez acepta el desafío de enfrentarse de forma simultánea a un reducido grupo de aficionados sin ver las piezas. Por ejemplo en la presentación de este evento, y con el propio alcalde de Bilbao, Iñaki Azcuna, como testigo de excepción, el propio Topalov jugó en el ayuntamiento de esta ciudad, y de forma simultánea, tres partidas de este tipo: frente al ex futbolista Julen Guerrero, el ciclista del Euskaltel Atxon Luengo, y el Director General de la ONCE en el País Vasco, Cristino Burgoa.
Sin embargo, hacía más de 150 años que dos jugadores de primera fila mundial no se enfrentaban a la ciega en un match de varias partidas, desde que lo hicieran dos grandes genios del ajedrez del siglo XIX: el austriaco Paulsen y el estadounidense Morphy. Y queda demostrado que la calidad de juego que son capaces de desplegar bajo esas condiciones no desmerece en nada a la que mostrarían de poder ver las piezas. Eso sí, a costa de un desgaste mental mucho mayor.
Hasta tal punto obliga esta modalidad de ajedrez a forzar el cerebro, que también tiene multitud de detractores. Por ejemplo, los prestigiosos maestros de la escuela soviética lo utilizaban ocasionalmente como método de entrenamiento para sus alumnos, pero con la estricta prohibición de no abusar de ello, para que el equilibrio mental de sus pupilos no se alterase por el tremendo esfuerzo. Y el propio Kasparov nunca aceptó ofrecer exhibiciones de este tipo, pese a su portentosa habilidad para analizar partidas sin tener un tablero delante: ‘jugar a la ciega es algo endiablado, pernicioso para el cerebro’, argumentaba.
Otros, en cambio, no lo ven tan dañino. La propia Judit Polgar, cuando tenía seis años, asombraba al mundo jugando partidas sin tablero contra sus hermanas mayores a ritmo rápido, con sólo cinco minutos para que cada jugador completase la partida invisible. Y muchos sostienen que jugar de esta forma no es tan diferente a disputar una partida convencional, ya que en éstas la mayor parte de la acción –las posibles jugadas que se analizan pero posteriormente se desechan- no transcurre en el tablero, sino exclusivamente en la mente del jugador. Eso sí, una mente especialmente aguda y preparada.
[Escrito en Bilbao el 9 de diciembre de 2006; publicado en el diario El Mundo el 10 de diciembre de 2006]
David Llada @ 10-Diciembre-2006