Viktor el Terrible (I)
Conjurada la amenaza de Bobby Fischer, a finales de los años setenta un nuevo enemigo puso en jaque a todo el ajedrez soviético. Un enemigo si cabe mucho más odiado, pues había surgido en su propio seno y era considerado un traidor: Viktor Luovich Korchnoi.
Korchnoi había nacido en Leningrado el 23 de julio de 1931, siendo el único vástago de un matrimonio de diferencias extremas. Su padre provenía de una acaudalada familia polaca, de orígenes aristocráticos y religión católica, mientras que la madre en cambio era una profesora de piano mucho más humilde, criada en una localidad judía de Kiev. Tras la ruptura de la pareja, cuando Korchnoi no era más que un niño muy pequeño, ambos acordaron que la tutela correspondiese al padre. “Mi madre me dijo en docenas de ocasiones que la gran tragedia de su vida había sido el verse obligada a abandonarme por no tener nada que darme de comer. Su extrema pobreza siempre me impresionó. En su casa no había más que una cama, una silla, y un trozo de espejo. Su piano había sido alquilado durante toda su vida”.
Viktor crece por tanto al lado de su padre –y del hermano de éste-, cuya buena posición económica le permitía dedicarse a ejercer su vocación como profesor de literatura rusa. “Yo recuerdo vagamente viejos muebles, libros antiguos y conversaciones sobre temas diferentes a ‘qué podremos comer en los próximos meses’”, cuenta Korchnoi en sus memorias. Viktor fue bautizado en la religión católica, y gozó de privilegios como tener un profesor particular de alemán, mientras que su tío se ocupaba de inculcarle el amor por el idioma original de su familia: “si no aprendes polaco, no jugaré más contigo al ajedrez”, le amenazaba en broma cuando el niño empezaba a dar sus primeros pasos en el tablero.
Esta privilegiada situación de la que disfrutaban cambiaría drásticamente al poco de la llegada de Stalin al poder, ya que uno de los primeros planes quinquenales establecidos entonces por el régimen arrastraría a la familia a la ruina, y el padre se vería forzado a subsistir como mecánico. Pero esto no sería nada comparado con lo que vendría cuando, en 1941, el ejército alemán invadió Rusia. Viktor había sido evacuado fuera de la ciudad con sus compañeros de colegio, pero la madre, presa del pánico tras haber oído decir que algunos trenes escolares habían sido bombardeados, corre a rescatarlo e inconscientemente lo devuelve al infierno de Leningrado: una ciudad que inmediatamente después se vería convertida en una trampa mortal, sitiada por las divisiones nazis. Tanto su padre como su tío murieron en el frente, y Korchnoi se ve obligado a enterrar también, con sus propias manos, a su abuela y a la hermana de ésta. Con sólo 10 años, Viktor tiene que ingeniárselas para subsistir a este terrible periodo robando cartillas de racionamiento de alimentos entre los cadáveres, y derritiendo la nieve que cubría el río Neva para obtener agua potable. Si fueron muy pocos los niños que consiguieron sobrevivir al temible sitio de Leningrado, resultan menos aún los que lo lograron estando desamparados y completamente solos en el mundo.
A la vista de las circunstancias, decir que Korchnoi tuvo una infancia difícil, que su amor por el régimen soviético no era demasiado, o que la durísima lucha por la supervivencia en su infancia desataría en él ciertas conductas que rozan la paranoia, supone, en el mejor de los casos, quedarse bastante corto.
Extracto del libro “Karpov, el camino de una voluntad”, que puede adquirirse en www.davidllada.com
anécdotas, historia, personajes
David Llada @ 22-Septiembre-2006